Una noche de verano, Suzanne aparece sin avisar en casa de su hermana Jeanne, acompañada de sus dos hijos pequeños. El reencuentro resulta desconcertante: llevan meses sin verse y, desde el primer momento, Jeanne percibe en Suzanne una inquietante distancia, como si estuviera ausente, perdida en sus propios pensamientos. A la mañana siguiente, la sorpresa se transforma en desconcierto cuando Jeanne descubre que su hermana se ha marchado, dejando atrás a los niños y una breve nota como única explicación. La incredulidad pronto da paso a la angustia y la rabia: en la gendarmería le informan de que no pueden iniciar una búsqueda, ya que Suzanne se ha ido por voluntad propia.