No es necesaria tanta palabrería.
Si hay una razón de peso por la que veo 'Blue Moon', no es el interés, sino compromiso cinéfilo. No es una película que me genere interés. Y menos, expectativas. Quizá mi poco interés sea a causa de mi pobre relación espectador-actor con Ethan Hawke, quien siempre me ha parecido un actor competente, alguien que sabe perfectamente lo que hace delante de la cámara, pero que casi nunca me produce una verdadera fascinación. En cambio, con Margaret Qualley me ocurre algo distinto, porque sí es alguien a quien considero interpretativamente extraordinaria, atractiva en pantalla --en cuanto a actuación se refiere--, y más cómoda de seguir el rollo.
Y eh, la película funciona. Pero la siento como un podcast cinematográfico, una larga y tediosa reflexión sobre la identidad del artista, sobre el miedo a perder el momento, sobre esa sensación amarga de haber sido relevante una vez y sospechar que ya no se es. Todo gira en torno a preguntas como: qué significa realmente crear algo valioso, cuándo un artista pasa al olvido por muy relevante que fuera, o incluso el hecho de considerar obras propias como "obras maestras" y sea por amor propio y no por egocentrismo. Debería ser un conjunto de reflexiones y cuestiones interesantes y profundas. Sin embargo, lo que termina generándome una distancia --esperada, he de decir--, no es tanto el contenido de ese discurso, sino la manera en que se expresa. El personaje de Hawke vive atrapado en una especie de espiral verbal, una necesidad imperiosa y constante de justificarse, de explicarse, de reafirmar su lugar. Y mientras lo escucho, la reacción que me despierta no es empatía, sino condescendencia. No pienso "qué razón tiene", sino más bien "pobrecito", y no en el buen sentido.
El guion se me hace excesivamente denso. Hay una acumulación pesada de palabras, reflexiones y proclamaciones que parecen querer abarcar demasiadas cosas a la vez. Tengo la impresión de que lo verdaderamente importante se reduce a unas pocas frases dispersas de las que ya ni me acuerdo. Únicamente retengo en mi mala memoria palabras sueltas como: <>, <>, <<20 y 47>>, <>. Y mira que durante los primeros minutos sí me seduce la introducción. Su estructura me recuerda constantemente a mi película favorita '12 hombres sin piedad': un espacio limitado, un grupo de personajes en una misma habitación, y el diálogo como motor absoluto de la narración. En ambos casos, todo consiste en discutir una idea, confrontar perspectivas.
La diferencia es que aquí no gira la cosa en torno a la vida de un joven, sino alrededor de la identidad de un artista. Un creador frustrado tratando de autoconvencerse y de convencer al resto, de que todavía vale como lo que es. De hecho, comparto la idea de que cualquiera puede ser artista, y que nunca es tarde para serlo. El problema es que a medida que se desarrolla todo, empiezo a sentirme que todo se repite una y otra vez, como que quieren llegar a conclusiones y nunca las alcanzan. Como de que dicen siempre las mismas palabras y las mismas frases y realmente, en el fondo, no me dicen nada. Las frases se acumulan, pero el pensamiento no avanza.
Lo que más me molesta personalmente, es comparar esta obra con '12 hombres sin piedad'. Me molesta porque no tiene comparación una con la otra y es como decir que se parecen, cuando son distintas situaciones. Al menos, si la comparase con otra película que sí me transmite lo mismo o algo parecido a la dirigida por Sidney Lumet...
Llega un momento en el que la conversación ya me da igual. Las palabras de la gente ya no me interesan. Al menos hay elementos que me agradan la experiencia: la fotografía, los planos, la música. No es desagradable de ver. Al contrario, es fácil envolverse de la preciosa cinematografía. Es a mitad de metraje cuando desconecto y empiezo a pensar en mis cosas más que en las del personaje.