Debería aprender lenguaje de signos.
Esta película roza algo extraordinario. No es perfecta, pero sí es muy buena. La comienzo con expectativas moderadas y confieso que incluso algo prejuiciado: temía encontrarme ante un ejercicio solemne, casi mudo, más preocupado por el concepto que por el pulso narrativo. La premisa --la maternidad reciente de una mujer sorda en un entorno oyente-- me hacía imaginar una experiencia fría, distante, tal vez demasiado contemplativa.
Pero me equivoqué.
Miriam Garlo, actriz debutante, sostiene este conmovedor relato con una naturalidad que desarma. No "interpreta" la sordera: la vive. Y cuando descubrí que no era una construcción actoral sino parte de su propia vivencia, la dimensión del trabajo cobró otro espesor. Es pura verdad. Y me descubro pensando en lo que implica vivir así. En lo cotidiano convertido en desafío. En aprender lengua de signos, en leer labios, en descifrar un mundo que muchas veces no se detiene a adaptarse. La película, sin sermones, me pregunta: ¿quién se adapta a quién? Es una pregunta que llega a hacerme sentir, en parte, incómodo.
Me sorprendo también en varios momentos porque no todo es desafío y conflicto interno, sino también felicidad, ternura. Hay una sensación de cuidado real cuando el entorno responde con afectividad e inteligencia emocional ante la llegada del bebé, y en el propio trato con una persona sorda. Al menos, como se muestra en esta película. La maternidad no está tratada desde el drama fácil, sino desde lo más profundo del ser humano.
Desconecto un poco a tramos, pero no siento que la película me pierda. Me interesa todo lo que se me cuenta. Me interesa observar cómo se vive bajo esta condición. Cómo la adaptación debería ser un gesto mutuo y no una concesión unilateral.
El mundo no siempre acompaña. Aparecen también fricciones, malentendidos, esa sensación de no ser completamente tenida en cuenta y comprendida. El guion en alguna ocasión roza un poco el victimismo fácil, pero es necesario dentro del contexto narrativo. No se edulcoran las tensiones. Y valoro especialmente el abanico de actitudes que se plantea: desde la firmeza de quien lucha por ocupar su espacio en cualquier entorno, hasta la tentación de pensar que todo debería girar alrededor de uno mismo, para ser incluido. Hay matices. Y los matices siempre son importantes.
Álvaro Cervantes aporta una naturalidad que parece ajena al artificio. Su personaje no parece escrito, sino que es completamente vivido. La película también observa --con discreción y sensibilidad-- lo que implica amar a alguien cuya experiencia del mundo es distinta a la tuya. La gestión emocional, los silencios, las tensiones sí y no verbalizadas... Todo se siente orgánico.
El guion es casi impecable. En sus últimos momentos echo en falta un poco más de desarrollo, que se termine de expandir lo que ya estaba tan bien planteado. No es un tropiezo grave, pero sí un pequeño escalón que impide que la película sea completamente redonda. Aun así, la dirección de Eva Libertad convierte todo en una obra sólida, delicada y profundamente humana. No busca la lágrima fácil --y en mi caso no la consigue--, pero sí una conmoción más silenciosa. No me hace llorar; me hace pensar e incluso sentir. Y hacer sentir, a veces, pesa más que la propia perfección.
Por estas películas, es que la IA nunca podrá reemplazar a los humanos transmitiendo emociones.