Me alegro de haberle dado una oportunidad.
Generalmente me acuerdo de las películas por momentos exactos, por cómo me hicieron sentir al verlas, por cómo acabaron y me dejaron pensando en lo que acababa de ver. Esta película, 'La buena letra', se me queda en la memoria por cómo está construida, por su atmósfera tan bien lograda y por sus actuaciones. Son de los factores más importantes para que una película sea buena. Es como que todo vive por sí mismo. A veces me meto tan de lleno que olvido que es un conjunto de actuaciones y escenarios recreados, es decir, todo es falso, pero no estoy con esa idea en la cabeza. Claro que hay momentos que pienso en lo buenos actrices que se me hacen Loreto Mauleón y Enric Auquer, el Adrien Brody español, pero es lo contrario a un aspecto negativo.
La ambientación es, sin duda, uno de los pilares más fuertes. La casa no es un simple escenario, medio por el que transcurre la historia. Es, en el fondo, un personaje más, pero pasa casi desapercibido y hay que tener atención al detalle y saber qué cuentan para darse cuenta de lo que supone la casa. Si es que no busca tampoco deslumbrar. Parece un hogar real, reconocible, cotidiano, familiar. Los vestuarios, por supuesto, hablan por sí solos: hablan de clase social, de actitudes. La visualidad es de los puntos que más disfruto.
Más que la arquitectura de su espacio narrativo, es la estructura narrativa de esta película. El cómo se cuenta esta historia, con qué precisión. Puede haber escenas más superfluas que otras, pero todas están definidas. Se sabe quién habla y con qué intenciones lo hace. Las relaciones entre Ana, Antonio, Isabel y Tomás se despliegan armónica y jerárquicamente. Todos tienen su espacio y su peso. El eje es Ana, pero el resto son las consecuencias y los focos en los que también hay que prestar atención importante.
Lo que comienza en un acto de generosidad y caridad --dar techo a alguien que acaba de salir de prisión--, se va transformando en suplantación y reemplazo. Esa transición, es uno de los mayores logros de la obra. No hay un punto exacto en el que todo cambie, sino que es la suma de pequeños detalles. La atención pasa a ser invasión. Celia Rico ha sido una maestra de la narración en este caso.
Se observa mediante Ana cómo su vida se va desmoronando. El desgaste. Esa explotación no solo la siente ella, sino que se la transmite al resto de personajes. Es un proceso incómodo y dramático, una tensión incansable. Loreto Mauleón es quien da vida a la protagonista. Sostiene el mayor peso de la película. Su continua presencia nunca se hace agotadora. Siempre me invita a quedarme. No necesito que me diga muchas palabras, porque con su gestualidad, ya sé qué quiere decir. Con su mirada, sé qué piensa. Siento compasión y admiración. Vulnerable, pero no débil. Una actuación palpitante.
Enric Auquer me sorprende por su efectividad. Su rostro me recuerda a Adrien Brody, incluso ambos tocan el piano. Lo que me gusta de este actor es cómo ocupa el espacio. Su simple presencia hace que me sienta incómodo, pesa tanto dentro como fuera del plano. Verle me transmite tensión, y mira que nunca busca amenazar. Ana Rujas cumple eficazmente, pero no logra satisfacerme del todo, así que no tengo demasiado que decir de ella. Roger Casamajor también es una sorpresa. No suelen gustarme los personajes que tienen siempre la cara larga y tienen la mirada al frente negando o aceptando la realidad, pero aquí lo acepto y me gusta. Sí es cierto que no logro sentir demasiado empatía con él.
El ritmo se me hace denso a veces. No existe la prisa. Todo se ralentiza mucho con las miradas y los silencios. Quizá se demore más de lo necesario, pero no está mal. La lentitud es importante para que la tensión crezca, para impregnarme del malestar progresivo. Es un drama asfixiante. Y la cinematografía me tiene atrapado desde el primer momento. La forma de iluminar los espacios, la sensación de familia e intimidad inicial. La escenografía consigue pasar de ser cotidianidad a inquietud.
No recuerdo las últimas imágenes, pero sí tengo recuerdos vívidos sueltos de momentos aleatorios. Para alguien con mala memoria como yo, es algo importante. Ha dejado una huella, aunque sea pequeña. Es una película incómoda, tensa y candente. Me mantiene en alerta constante, incluso con sus altibajos. Se me puede hacer espesa, pero no pierdo el interés. La disfruto, pero no cambia mi vida.