Me pareció otra parida. Venía ya con poca paciencia después de La momia, y esta me dio enseguida la sensación de querer ser gamberra, salvaje y estilosa a base de copiar superficies de otras películas mejores. Quiere tener algo de Kill Bill, algo de acción hiperviolenta, algo de cómic, algo de terror satánico y algo de sátira contra los ricos, pero casi siempre me sonó a imitación barata.
El problema no es que sea exagerada. A mí el exceso me puede gustar mucho cuando hay talento detrás, ritmo, personalidad y una idea clara. Kill Bill era una locura, sí, pero tenía elegancia, humor, música, coreografías, personajes memorables y una puesta en escena que sabía exactamente cuándo ponerse seria y cuándo reírse de sí misma. Aquí, en cambio, muchas veces vi postureo: sangre, poses, frases supuestamente chulas y violencia para aparentar estilo.
La premisa podía tener gracia: una mujer metida en un edificio de lujo, una élite rarísima, violencia, conspiración, culto, ricos inmortales o casi inmortales y una protagonista obligada a abrirse paso entre golpes y carnicería. Sobre el papel no suena mal. Pero la película se enamora tanto de su propio ruido que acaba perdiendo lo que podía hacerla interesante. Más que una historia, parece una colección de ocurrencias.
Zazie Beetz sostiene lo que puede. Tiene presencia, se mueve bien y resulta fácil ponerse de su lado porque la película necesita una protagonista con energía para sobrevivir a tanta acumulación. Pero también me dio la sensación de que merecía una película mejor. Ella intenta dar cuerpo y humanidad al disparate, mientras alrededor todo se empeña en ser cada vez más chillón, más sangriento y más “mira qué loco soy”.
La acción tiene momentos que se dejan ver, no lo niego. Hay golpes, cuchilladas, sangre, cuerpos estampados y una energía física que, en algunos tramos, evita el aburrimiento. Pero incluso cuando una escena funciona un poco, la comparación con sus modelos le hace daño. Le falta precisión, le falta belleza en el caos y le falta esa sensación de que la cámara controla el delirio. Muchas veces parece violencia montada con entusiasmo, pero sin verdadera finura.
También me molestó que todo parezca reciclado. No lo viví como homenaje, sino como fotocopia. Hay influencias de Tarantino, de Sam Raimi, del splatter moderno, de la acción coreografiada tipo videojuego y de la comedia de terror, pero casi ninguna aparece digerida de verdad. La película no transforma esas referencias en una voz propia; las va enseñando como cromos.
La parte satírica tampoco me convenció. El discurso sobre los ricos, la explotación, los poderosos encerrados en su mundo y la gente de abajo convertida en carne de cañón está ahí, pero tiene poca mordida. Para ser una película tan violenta, curiosamente no resulta demasiado afilada. Grita mucho, mancha mucho y rompe muchas cosas, pero cuando toca decir algo con mala leche, se queda bastante en la superficie.
El tono va dando tumbos. A ratos quiere ser terror, a ratos comedia negra, a ratos acción brutal, a ratos fantasía satánica y a ratos crítica social de trazo grueso. Eso podría haber sido divertido si tuviera más control, pero aquí me pareció más bien desorden. No sentí una libertad salvaje, sino una película intentando parecer más loca e ingeniosa de lo que realmente es.
Además, cuando una película presume tanto de exceso, necesita sorprender. Y a mí dejó de sorprenderme pronto. Cada muerte nueva, cada giro, cada personaje raro y cada estallido sangriento parecía venir del mismo manual. Llega un momento en que la violencia, por muy bestia que sea, se vuelve rutina. Y ahí ya no escandaliza ni divierte: simplemente cansa.
Lo que más me sacó fue esa sensación de “quiero ser cool” todo el rato. La película parece mirarse al espejo en cada escena, encantada de su propia estética. Pero una cosa es tener estilo y otra estar enamorado de la idea de tenerlo. Aquí noté demasiado el esfuerzo. Quería que yo pensara “qué barbaridad más divertida”, y muchas veces pensé más bien “qué copia más cutre”.
Aun así, no la bajaría al fondo absoluto porque algo de energía tiene y porque Zazie Beetz no se rinde. Hay algún tramo entretenido, algún golpe bien resuelto y una voluntad de pasarlo todo de vueltas que puede funcionar para quien entre en ese juego. Entiendo que haya espectadores que la disfruten como atracción de feria sangrienta. A mí, sin embargo, me dejó fuera muy pronto.
Al final, me queda como una película pesada, derivativa y bastante tonta. Quiere ser Tarantino, Raimi, exploitation moderno y sátira anticapitalista a la vez, pero sin la personalidad necesaria para unirlo todo. Mucha sangre, mucho grito, mucha pose y poca alma. Una parida violenta que copia el estilo de Kill Bill en plan cutre y que, salvo momentos sueltos, me pareció más agotadora que divertida.