Una película de Timothée Chalamet corriendo de un lado para otro.
Desde hacía semanas que esperaba con ansias poder ver 'Marty Supreme'. Unas ansias que a veces rozaban la impaciencia. Era una de las anticipaciones que uno espera con entusiasmo y sospechas. Cuando el consenso crítico popular es tan unánime, cuando la peor crítica hacia esta película dice que está un poco sobrevalorada pero que no es mala, algo dentro de mí se pone en guardia. Claro que habrá gente a quien no le guste este filme, pero todavía no conozco a nadie que hable mal de ella y han pasado varias semanas, casi dos meses, de su estreno. A mí me daba cada vez más miedo verla porque la estaba poniendo ya en un pedestal, y colocar así las películas que aún no has visto, es peligroso. Muy peligroso. Casi siempre intento ir a la película lo más neutral posible, pero aquí me di el lujo de poder irme arriba y decir que iba a ser una gran experiencia, además de única. Y no, no es una obra perfecta, pero es tan buena que cuesta reconocer e identificar los fallos que tenga.
Siendo completamente sincero, es la primera película dirigida por Josh Safdie que veo. Al menos, no recuerdo haber visto ninguna otra antes de él. Me basta únicamente esta primera vez para admitir que tiene un talento y un don para contar historias a través de imágenes que es imposible que alguien quede indiferente ante tales resultados. No se trata única y especialmente de virtuosismo técnico. Considero que ningún plano espera ser destinado a ser un póster. Tampoco es la fotografía que más me entusiasma. Pero hay algo mucho más difícil de controlar a la perfección: control del ritmo. Safdie no solo dirige escenas; dirige pulsaciones. Cada decisión de montaje, cada transición, cada acumulación de tensión... el espectador prácticamente no encuentra descanso. Es absorbente y desbordante en su estructura. En su narrativa.
Su guion, escrito junto a Ronald Bronstein, tiene esa cualidad que tanto me encanta, que es lo imprevisible. Se permite irse por las ramas, explorar momentos hasta el detalle, perderse en las escenas sin miedo a que las tomas duren más de lo necesario. Ahí está el truco. Todo construye un mundo y una obsesión narrativa. Son dos horas y media, y solo miro el reloj una vez. La película no se siente vacía en ningún momento. Es más, da la sensación de estar ante una acumulación de sucesos constante.
Hay momentos que no espero para nada, pero que me encantan. Pienso en momentos destacados, y no puedo quitarme de la cabeza esos fotogramas de la miel o de la bañera. Las partes más íntimas y más censurables, cuando se juntan Chalamet y Gwyneth Paltrow o Odessa A'zion. Juntos, son el motor emocional. En especial, Chalamet y A'zion; tienen una química electrificante, sensacional.
Sin embargo, mi gran espina es el ping pong. La película lo utiliza como marco, como territorio simbólico, no tanto como el jugo esencial de todo esto. Más tensión, más efecto, más intercambios de pelotas, más duelo psicológico entre jugadores. Entiendo que la historia no trata del deporte en sí, sino de la obsesión en el deporte. Aun así, eché en falta sentir más estrategia, más guerra en el juego, más ping pong, en general.
Ahora, una de las cosas más comentadas en los últimos meses y más, desde el estreno. La actuación de Chalamet. Qué decir. Su interpretación es total. Es uno de los mejores actores de los últimos tiempos. No hay fisuras en la construcción de su personaje. Construye a Marty Mauser como un ser brillante y perturbador al mismo tiempo: frío, calculador, egocéntrico, obsesivo. Y, paradójicamente, es fascinante. Es una actuación que no busca car bien, pero que lo consigue. Una actuación que sí busca imponerse, y lo consigue. Será uno de los papeles más y mejor recordados de todos los tiempos. Su mirada calibra el mundo a su forma, y yo, como espectador, veo el mundo exactamente desde su visión. Eso, solo se consigue con una actuación brillante. Una sensación única de que estoy viendo a alguien capaz de cualquier cosa con tal de alcanzar su objetivo. Hacía tiempo que no veía una actuación tan fuerte y segura.
Me gustaría hablar en detalle de Gwyneth Paltrow, pero simplemente cumple con solvencia. Aporta un equilibrio funcional capaz de sostener capas de emociones en su relato, aunque a veces me dé la sensación de que su personaje existe únicamente como estructura que como impulso narrativo. No desentona, pero no se me queda grabada.
La verdadera gran sorpresa recae sobre los hombros de Odessa A'zion. Su salto desde 'Until Dawn' --una adaptación que pasó sin demasiado impacto--, hasta una producción de este calibre es significativo y admirable. Más allá de su salto, lo que importa es su esencia. No es un simple apoyo narrativo: es un contrapeso emocional. Su personaje no roba el protagonismo, pero sí lo reconfigura. Siempre que comparte plano con Marty, la película respira un aire distinto. Me alegra personalmente mucho ver a esta actriz en este tipo de películas demostrando de lo que está hecha, y así poder verla más a menudo en grandes producciones, con grandes actores.
'Marty Supreme' no habla de deporte, sino de ambición, de sacrificio, de esa zona donde la determinación se convierte en obsesión. Marty no solo quiere ganar; quiere trascender, ser recordado. Ese deseo arrasa con todo lo que se encuentra. No moraliza, no juzga. Observa el proceso y deja que el espectador se haga preguntas incómodas: ¿Cuánto estaríamos dispuestos a sacrificar por un sueño? ¿En qué momento la grandeza deja de ser admirable y empieza a ser inquietante? ¿Vale la pena tanto por una simple causa? Es un nivel de egocentrismo y seguridad en uno mismo que da miedo. Daría miedo interponerse en el camino de este personaje.
Visualmente no es revolucionaria. La fotografía no me deslumbró, pero la ambientación sí me encantó. Su música me fascinó, pero ya no recuerdo su banda sonora. Las divagaciones de esta historia se sienten completamente correctas. No es perfecta, pero sí será uno de los mejores biopics del cine, aunque desconozca su fidelidad.