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Hay películas que parten de una idea llamativa y terminan descubriendo que lo más interesante estaba en otra parte. Aquí podría haberse construido simplemente un thriller ingenioso alrededor de un joven con un oído extraordinario capaz de utilizarlo para algo bastante más peligroso que afinar pianos. Sin embargo, lo que acabó interesándome de Un talento único fue mucho más humano: qué ocurre cuando aquello que te hace especial también condiciona tu vida, qué hacemos con nuestros errores y si todavía podemos encontrar una segunda oportunidad.
Leo Woodall consigue que Niki funcione precisamente porque nunca parece un héroe convencional. Es reservado, vulnerable, obsesivo y por momentos toma decisiones equivocadas, pero hay algo en él que hace muy fácil acompañarlo. Dustin Hoffman aporta calidez y una sensación de experiencia que encaja perfectamente con esa relación entre maestro y discípulo, mientras Havana Rose Liu introduce una dimensión emocional que termina siendo fundamental. Daniel Roher, en su primer largometraje de ficción después de Navalny, no necesita convertirlos en personajes extraordinarios para que acabemos preocupándonos por ellos.
El sonido es mucho más que un recurso vistoso. La película intenta que percibamos el mundo de Niki desde dentro, convirtiendo ruidos mínimos, vibraciones y frecuencias en parte de la narración. Ahí el trabajo de diseño sonoro de Johnnie Burn resulta esencial. Su talento auditivo puede parecer inicialmente casi un superpoder, pero poco a poco entendemos que también es una carga. Y esa contradicción —el mismo don que abre posibilidades y al mismo tiempo puede encerrarlo— le da bastante más profundidad a la historia de la que esperaba encontrar en un thriller sobre un afinador de pianos que descubre otra utilidad para su oído.
La parte criminal quizá sea la menos especial. Funciona, mantiene la tensión y proporciona a la película el movimiento que necesita, pero no creo que sea ahí donde esté su verdadera fuerza. Tampoco pretende reinventar el thriller y algunas situaciones pueden anticiparse. Lo importante es lo que ocurre alrededor: la relación con la música, la culpa, los afectos, las decisiones que ya no pueden deshacerse y el intento de reparar algo antes de que sea demasiado tarde. Ahí es donde la película deja de ser simplemente simpática y empieza a importarme.
Y el tramo final fue lo que terminó de ganarme. Sin necesidad de explicar exactamente lo que ocurre, hay una pérdida que afecta al centro mismo de la identidad de Niki y que podría haber convertido el desenlace en puro melodrama. Pero la película encuentra algo mucho más bonito: aquello que hemos amado profundamente puede permanecer dentro de nosotros incluso cuando cambia nuestra capacidad de experimentarlo. La música, la memoria y una composición que significa mucho más que una sucesión de notas terminan uniéndose de una forma que me hizo llorar. No porque el final sea manipulador, sino porque entiende perfectamente qué es lo que realmente ha perdido el personaje y, sobre todo, qué parte de ello todavía puede conservar.
No es una película perfecta ni necesita serlo. Su trama criminal podría tener más fuerza y hay elementos bastante convencionales, pero tiene algo que valoro mucho más: corazón. Acabé creyéndome a sus personajes, deseando que encontraran una salida y sintiendo de verdad lo que les ocurría. Es elegante sin presumir demasiado, triste sin recrearse en la tristeza y emotiva sin obligarme a emocionarme. Al final, lo que permanece no es el truco de las cajas fuertes, sino una idea mucho más sencilla y hermosa: pueden quitarnos muchas cosas, pero algunas de las que realmente nos han formado encuentran la manera de seguir sonando dentro de nosotros.
Leo Woodall consigue que Niki funcione precisamente porque nunca parece un héroe convencional. Es reservado, vulnerable, obsesivo y por momentos toma decisiones equivocadas, pero hay algo en él que hace muy fácil acompañarlo. Dustin Hoffman aporta calidez y una sensación de experiencia que encaja perfectamente con esa relación entre maestro y discípulo, mientras Havana Rose Liu introduce una dimensión emocional que termina siendo fundamental. Daniel Roher, en su primer largometraje de ficción después de Navalny, no necesita convertirlos en personajes extraordinarios para que acabemos preocupándonos por ellos.
El sonido es mucho más que un recurso vistoso. La película intenta que percibamos el mundo de Niki desde dentro, convirtiendo ruidos mínimos, vibraciones y frecuencias en parte de la narración. Ahí el trabajo de diseño sonoro de Johnnie Burn resulta esencial. Su talento auditivo puede parecer inicialmente casi un superpoder, pero poco a poco entendemos que también es una carga. Y esa contradicción —el mismo don que abre posibilidades y al mismo tiempo puede encerrarlo— le da bastante más profundidad a la historia de la que esperaba encontrar en un thriller sobre un afinador de pianos que descubre otra utilidad para su oído.
La parte criminal quizá sea la menos especial. Funciona, mantiene la tensión y proporciona a la película el movimiento que necesita, pero no creo que sea ahí donde esté su verdadera fuerza. Tampoco pretende reinventar el thriller y algunas situaciones pueden anticiparse. Lo importante es lo que ocurre alrededor: la relación con la música, la culpa, los afectos, las decisiones que ya no pueden deshacerse y el intento de reparar algo antes de que sea demasiado tarde. Ahí es donde la película deja de ser simplemente simpática y empieza a importarme.
Y el tramo final fue lo que terminó de ganarme. Sin necesidad de explicar exactamente lo que ocurre, hay una pérdida que afecta al centro mismo de la identidad de Niki y que podría haber convertido el desenlace en puro melodrama. Pero la película encuentra algo mucho más bonito: aquello que hemos amado profundamente puede permanecer dentro de nosotros incluso cuando cambia nuestra capacidad de experimentarlo. La música, la memoria y una composición que significa mucho más que una sucesión de notas terminan uniéndose de una forma que me hizo llorar. No porque el final sea manipulador, sino porque entiende perfectamente qué es lo que realmente ha perdido el personaje y, sobre todo, qué parte de ello todavía puede conservar.
No es una película perfecta ni necesita serlo. Su trama criminal podría tener más fuerza y hay elementos bastante convencionales, pero tiene algo que valoro mucho más: corazón. Acabé creyéndome a sus personajes, deseando que encontraran una salida y sintiendo de verdad lo que les ocurría. Es elegante sin presumir demasiado, triste sin recrearse en la tristeza y emotiva sin obligarme a emocionarme. Al final, lo que permanece no es el truco de las cajas fuertes, sino una idea mucho más sencilla y hermosa: pueden quitarnos muchas cosas, pero algunas de las que realmente nos han formado encuentran la manera de seguir sonando dentro de nosotros.
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