Hay remakes que pueden tener sentido, aunque solo sea por reinterpretar una idea o darle otra lectura. Este no es el caso. Aquí no hay una mirada nueva ni una necesidad real de volver a contar nada. Lo que hay es la sensación constante de estar viendo una copia sin alma, una versión diluida de algo que ya funcionaba perfectamente y que no pedía ser tocado.
El problema principal está en el guion. No tiene coherencia interna, no construye tensión de verdad y toma decisiones que parecen arbitrarias. Las motivaciones cambian según conviene a la escena y los giros no nacen de la historia, sino de la urgencia por parecer intensa. Todo avanza a trompicones, sin lógica emocional ni narrativa, y eso acaba desconectándote por completo.
Compararla con la original es inevitable, y sale perdiendo en todos los frentes. Aquella funcionaba porque sabía jugar con el suspense, con la ambigüedad y con una villana inolvidable. Aquí no hay ni misterio, ni amenaza real, ni esa incomodidad que se te iba metiendo poco a poco bajo la piel. Lo que antes era tensión ahora es ruido.
Ni siquiera las interpretaciones, que en otros contextos podrían haber sostenido el conjunto, logran salvarla. Hay talento, sí, pero está atrapado en un material que no les permite construir personajes creíbles. Todo queda en gestos, miradas forzadas y situaciones que no terminan de cuajar. El clímax, en lugar de cerrar la historia, la remata de forma torpe y vacía.
Visualmente tampoco aporta nada destacable. Es plana, funcional y olvidable. No hay atmósfera, no hay identidad, no hay riesgo. Da la impresión de ser un producto diseñado para rellenar catálogo más que una película con algo que decir.
Lo más frustrante es la sensación final: no solo no mejora el original, sino que lo traiciona. Volver a una historia tan potente para entregarla así resulta difícil de justificar. Un remake innecesario, fallido y decepcionante.