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*Maspalomas* me encantó: los Moriarti nunca fallan. La película destila elegancia, sensibilidad y un tono muy cuidado. Una historia íntima y visualmente preciosa que confirma el talento y la coherencia de este equipo creativo. El protagonista está estupendo.
Una pelicula diferente, exquisita y muy especial. La maravillosa actuación de Jose Ramón Soroiz en todas las facetas, generosa y valiente, hacen de esta película una obra redonda!
Sus realizadores Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi ante un guión valiente y sin reparos quieren hacer una película sobre la opresión y la homofobia: sobre las implicaciones que tiene para un hombre gay de setenta años que estaba disfrutando libremente de su sexualidad, hasta entrar en una residencia para ancianos para recuperarse de un ictus que le ha paralizado parte del cuerpo. La imposición de compartir habitación con personas que, en palabras de la propia psicóloga del centro, “pueden llegar a insultarle” por su orientación sexual después de haber vivido los últimos años con absoluta libertad en Maspalomas, es decir, la obligación de volver a vivir en silencio por miedo a las posibles represalias que el odio de sus nuevos compañeros pueda provocar, es el núcleo dramático alrededor del que los cineastas diseñan la película. Sin embargo,
Goenaga y Arregi no llegan a explorar en ningún momento lo que verdaderamente significa para el protagonista volver a enfrentarse a la represión; más bien, explotan emocionalmente dicha situación para apelar de forma tramposa a los sentimientos de los espectadores. El guión de Goenaga está plagado de pinceladas psicológicas que te obligan a ponerte en la piel de este hombre que lo ha perdido todo. El guión intenta llevarte a ponerte en la piel de este hombre que lo ha perdido todo y que lucha interesante por controlar su vida y lo que es en la vejez y sentirse solo.
La literalidad y a la vez falta de matices es una constante en las decisiones, tanto estéticas como narrativas. La primera parte me sorprendió por su explicitud y exuberancia visual, pero rápidamente este gesto osado se desvela como una forma de yuxtaposición traumática, reforzada por la aparición tardía del título del film. Un mecanismo efectista y ligeramente cruel, entendiendo lo que supone este cambio para Vicente. Superados estos primeros veinte minutos la película adopta unas tonalidades distintas. La vida en la residencia es ardua y estática, consecuentemente el ritmo de la cinta se ralentiza para ir en consonancia con su protagonista. La película sigue rigurosamente al personaje de Vicente y no se despega de él en ningún momento. En esa proximidad se encuentra lo bello de la obra. Somos cómplices de Vicente en su soledad y en su deseo y somos los únicos testigos de su transformación ante un volver al armario.
Goenaga y Arregi no llegan a explorar en ningún momento lo que verdaderamente significa para el protagonista volver a enfrentarse a la represión; más bien, explotan emocionalmente dicha situación para apelar de forma tramposa a los sentimientos de los espectadores. El guión de Goenaga está plagado de pinceladas psicológicas que te obligan a ponerte en la piel de este hombre que lo ha perdido todo. El guión intenta llevarte a ponerte en la piel de este hombre que lo ha perdido todo y que lucha interesante por controlar su vida y lo que es en la vejez y sentirse solo.
La literalidad y a la vez falta de matices es una constante en las decisiones, tanto estéticas como narrativas. La primera parte me sorprendió por su explicitud y exuberancia visual, pero rápidamente este gesto osado se desvela como una forma de yuxtaposición traumática, reforzada por la aparición tardía del título del film. Un mecanismo efectista y ligeramente cruel, entendiendo lo que supone este cambio para Vicente. Superados estos primeros veinte minutos la película adopta unas tonalidades distintas. La vida en la residencia es ardua y estática, consecuentemente el ritmo de la cinta se ralentiza para ir en consonancia con su protagonista. La película sigue rigurosamente al personaje de Vicente y no se despega de él en ningún momento. En esa proximidad se encuentra lo bello de la obra. Somos cómplices de Vicente en su soledad y en su deseo y somos los únicos testigos de su transformación ante un volver al armario.
Hay películas que te gustan mientras las estás viendo y otras que, sin levantar demasiado la voz, se quedan contigo después. Esta pertenece claramente a las segundas. Me parece una gran pequeña película, íntima y aparentemente sencilla, pero llena de cosas que siguen dando vueltas cuando termina. José Mari Goenaga y Aitor Arregi hablan de la vejez, de la homosexualidad, del deseo, de la familia y de la dependencia, pero sobre todo de algo que me parece especialmente doloroso: la posibilidad de pasar media vida luchando por ser quien eres y descubrir, cuando creías que esa batalla estaba ganada, que el miedo puede volver.
Lo que más me impresionó fue esa transición casi física entre la libertad y el encierro. Al principio hay luz, cuerpos, sexo, ganas de vivir, la sensación de que Vicente todavía decide sobre su tiempo y sobre sí mismo. Su homosexualidad no se presenta como un problema ni como una cuestión que necesite explicación: es simplemente parte de su vida. Después cambian las circunstancias y llega la residencia. Nadie necesita encerrarlo en una habitación ni prohibirle nada de manera explícita para que empiece a esconderse otra vez. Mide las palabras. Mide los gestos. Mide qué parte de sí mismo puede mostrar y ante quién. Esa idea me parece demoledora porque recuerda algo de lo que se habla muy poco: salir del armario no tiene por qué ocurrir una sola vez. Hay personas que, después de haber conquistado su libertad, pueden verse obligadas por la edad, la dependencia o el entorno a recorrer el camino en sentido contrario.
José Ramón Soroiz está enorme. Pero enorme de verdad. No interpreta "a un anciano homosexual" ni "a una víctima"; interpreta a Vicente, y eso hace que el personaje funcione muchísimo mejor. Vicente puede ser orgulloso, egoísta, vulnerable, cariñoso o cobarde según el momento. Tiene pasado, deseo y contradicciones. Soroiz consigue que muchas veces entendamos lo que está pasando antes de que diga una palabra. La película confía mucho en su rostro y hace bien: en sus ojos se ve cuándo disfruta, cuándo disimula, cuándo siente vergüenza, cuándo se protege y cuándo vuelve a aparecer ese hombre que se niega a desaparecer. Hay interpretaciones que necesitan grandes discursos; esta vive de miradas, silencios y pequeños movimientos. Y precisamente por eso resulta tan verdadera.
También me parece muy valiente la normalidad con la que se habla del sexo y del deseo en la vejez. Y digo normalidad porque debería ser exactamente eso. El cine acepta sin problemas que una persona mayor recuerde, sufra, cuide nietos, enferme o espere la muerte, pero todavía parece sorprenderse cuando desea. Aquí hay cuerpos viejos, sexo, necesidad de tocar y ser tocado, ganas de sentirse atractivo, celos, ternura, soledad y placer. Algunas imágenes son explícitas, sí, pero nunca tuve la sensación de que estuvieran ahí para provocar. Al contrario: esconderlas habría sido mucho más falso. Cumplir setenta u ochenta años no convierte a nadie en un ser asexual ni borra la necesidad de afecto y de contacto. La película entiende algo muy sencillo y a la vez muy poco representado: envejecer no significa dejar de estar vivo.
Goenaga y Arregi cuentan todo esto con una sensibilidad enorme y, algo que agradezco todavía más, sin ponerse continuamente delante de la historia para recordarnos lo importante que es el tema. Hay reivindicación, por supuesto, pero primero hay personas. También hay familia, culpa, dependencia, miedo a quedarse solo y una pregunta que sobrevuela toda la película: ¿qué significa realmente vivir con dignidad cuando empiezas a necesitar a los demás? El ritmo es tranquilo y en algún tramo puede volverse más costumbrista, pero yo necesitaba ese tiempo. Necesitaba conocer a Vicente, observarlo, acompañarlo, para que después sus pequeños cambios de comportamiento me importaran. La fotografía y los espacios acompañan muy bien ese tránsito entre apertura y encierro.
Al final, lo que más me quedó fueron precisamente esas pequeñas cosas. Una mirada. Una conversación que no sale como debería. Una mano buscando otra. El deseo de seguir siendo visto cuando el mundo empieza a tratarte como si ya hubieras terminado. Me parece una película sobre la homosexualidad y la vejez, sí, pero sobre todo una película sobre la libertad, la vulnerabilidad y el derecho a seguir siendo uno mismo hasta el final. No necesita ser grandiosa ni convertir cada escena en una declaración. Su grandeza está en acercarse muchísimo a una vida concreta y, desde ahí, hablar de algo que cualquiera puede entender: el miedo a perder aquello que tanto costó conquistar. Por eso me parece exactamente eso: una gran pequeña película. De las que no hacen ruido al entrar, pero dejan algo cuando se van.
Lo que más me impresionó fue esa transición casi física entre la libertad y el encierro. Al principio hay luz, cuerpos, sexo, ganas de vivir, la sensación de que Vicente todavía decide sobre su tiempo y sobre sí mismo. Su homosexualidad no se presenta como un problema ni como una cuestión que necesite explicación: es simplemente parte de su vida. Después cambian las circunstancias y llega la residencia. Nadie necesita encerrarlo en una habitación ni prohibirle nada de manera explícita para que empiece a esconderse otra vez. Mide las palabras. Mide los gestos. Mide qué parte de sí mismo puede mostrar y ante quién. Esa idea me parece demoledora porque recuerda algo de lo que se habla muy poco: salir del armario no tiene por qué ocurrir una sola vez. Hay personas que, después de haber conquistado su libertad, pueden verse obligadas por la edad, la dependencia o el entorno a recorrer el camino en sentido contrario.
José Ramón Soroiz está enorme. Pero enorme de verdad. No interpreta "a un anciano homosexual" ni "a una víctima"; interpreta a Vicente, y eso hace que el personaje funcione muchísimo mejor. Vicente puede ser orgulloso, egoísta, vulnerable, cariñoso o cobarde según el momento. Tiene pasado, deseo y contradicciones. Soroiz consigue que muchas veces entendamos lo que está pasando antes de que diga una palabra. La película confía mucho en su rostro y hace bien: en sus ojos se ve cuándo disfruta, cuándo disimula, cuándo siente vergüenza, cuándo se protege y cuándo vuelve a aparecer ese hombre que se niega a desaparecer. Hay interpretaciones que necesitan grandes discursos; esta vive de miradas, silencios y pequeños movimientos. Y precisamente por eso resulta tan verdadera.
También me parece muy valiente la normalidad con la que se habla del sexo y del deseo en la vejez. Y digo normalidad porque debería ser exactamente eso. El cine acepta sin problemas que una persona mayor recuerde, sufra, cuide nietos, enferme o espere la muerte, pero todavía parece sorprenderse cuando desea. Aquí hay cuerpos viejos, sexo, necesidad de tocar y ser tocado, ganas de sentirse atractivo, celos, ternura, soledad y placer. Algunas imágenes son explícitas, sí, pero nunca tuve la sensación de que estuvieran ahí para provocar. Al contrario: esconderlas habría sido mucho más falso. Cumplir setenta u ochenta años no convierte a nadie en un ser asexual ni borra la necesidad de afecto y de contacto. La película entiende algo muy sencillo y a la vez muy poco representado: envejecer no significa dejar de estar vivo.
Goenaga y Arregi cuentan todo esto con una sensibilidad enorme y, algo que agradezco todavía más, sin ponerse continuamente delante de la historia para recordarnos lo importante que es el tema. Hay reivindicación, por supuesto, pero primero hay personas. También hay familia, culpa, dependencia, miedo a quedarse solo y una pregunta que sobrevuela toda la película: ¿qué significa realmente vivir con dignidad cuando empiezas a necesitar a los demás? El ritmo es tranquilo y en algún tramo puede volverse más costumbrista, pero yo necesitaba ese tiempo. Necesitaba conocer a Vicente, observarlo, acompañarlo, para que después sus pequeños cambios de comportamiento me importaran. La fotografía y los espacios acompañan muy bien ese tránsito entre apertura y encierro.
Al final, lo que más me quedó fueron precisamente esas pequeñas cosas. Una mirada. Una conversación que no sale como debería. Una mano buscando otra. El deseo de seguir siendo visto cuando el mundo empieza a tratarte como si ya hubieras terminado. Me parece una película sobre la homosexualidad y la vejez, sí, pero sobre todo una película sobre la libertad, la vulnerabilidad y el derecho a seguir siendo uno mismo hasta el final. No necesita ser grandiosa ni convertir cada escena en una declaración. Su grandeza está en acercarse muchísimo a una vida concreta y, desde ahí, hablar de algo que cualquiera puede entender: el miedo a perder aquello que tanto costó conquistar. Por eso me parece exactamente eso: una gran pequeña película. De las que no hacen ruido al entrar, pero dejan algo cuando se van.
Ha logrado no decepcionarme.
No sabría exactamente por dónde empezar con 'Maspalomas'. Es de esas pelis que no se acomodan fácilmente en una emoción concreta al terminar. La termino con la sensación de haber atravesado una experiencia más que una historia. Eso implica que ha sido efectiva. Se me hace completamente imposible quedarme entre el "me gusta" o "no me gusta". Hay imágenes que permanecen en mi memoria habiendo pasado un par de días de haberla visto y procesado. Hay gestos que todavía flotan en el aire. Hay silencios que pesan mucho más que los diálogos y que dicen más que las palabras. Sé lo que he visto. Sé lo que he experimentado. Pero es como si la película prefiriera quedarse suspendida en una zona insegura --dentro de mi cabeza--, sin ofrecerme un cierre emocional claro.
No me disgusta, en absoluto. Tampoco me conquista de inmediato. Su primera hora me resulta especialmente exigente. No porque esté atravesada por el sexo explícito o por una representación del deseo gay, sino por la forma en que se presenta. El que casi parezca una porno es lo que me echa para atrás. Me recuerda a 'Y tu mamá también', obra con la que nunca conecté. Siento que la película insiste demasiado en lo físico para subrayar algo que ya está perfectamente expresado en el protagonista, en José Ramón Soroiz: es su mirada, su manera de moverse, la forma en que observa el mundo. No necesita hablar con las palabras, sino con la gestualidad. Es un trabajo actoral espectacular. No necesito tanta reiteración visual para entender su orientación o su conflicto interno.
Esa insistencia explícita del sexo termina resultándome hasta casi invasiva. Hay una secuencia concreta, dominada por las luces rojas, que me hizo pensar que iba a tornarse todo a un camino muy mentalmente agresivo, de tortura, a lo 'Irreversible', pero no. Me habría sorprendido mucho. Entiendo todavía el porqué de esas decisiones. Comprendo el gesto político y narrativo que hay detrás. Simplemente la forma inicial no me parece atractiva. Aun así, la acepto, sigo adelante con todo.
Durante ese primer tramo también me vino inevitablemente a la cabeza 'Carmen y Lola'. Y la razón fue por hacerme la siguiente pregunta: ¿por qué contar esta historia desde un hombre homosexual? No está mal cuestionar las razones. La respuesta es sencilla y honesta: porque de eso va esto. No lo siento como inclusión forzada ni como propaganda woke. Funciona naturalmente. Hay pullas ideológicas/políticas, aunque están integradas como parte del paisaje social narrativo, no como discurso impuesto protagonista.
A partir de la segunda mitad es cuando 'Maspalomas' empieza a convencerme más. La película deja atrás --parcialmente-- su punto más físico y explícito, y se desplaza a un territorio más mental, más íntimo, más personal. Empieza a interesarse menos por mostrar y más por sugerir. Menos por provocar y más por acompañar. Y ahí es donde encuentro su verdadera fuerza. El relato se vuelve más atento al mundo interior de nuestro protagonista, más dispuesto a explorar sus duelos.
Lo que más me interesa del film es su reflexión sobre la identidad. El reconocimiento de uno mismo frente a un entorno atravesado por prejuicios conservadores, que no entienden de generaciones ni edades. La idea de ser quien eres sabiendo que eso puede implicar rechazo, incomodidad o aislamiento. Y, sobre todo, la pregunta que atraviesa todo: si se está dispuesto a asumir ese coste emocional. No se trata solo de aceptar quién eres, sino de decidir si tienes lo que necesitas para sostener esa verdad frente al mundo.
Gran parte de lo bien que se entiende todo lo que no se dice directamente, es gracias a la dirección. José Mari Goenaga y Aitor Arregi. Son buenos contando y expresando. El pulso tranquilo, sin prisa, permitiendo que el espectador se adapte al entorno al mismo tiempo que lo hace nuestro protagonista. No pienso que haya lecturas personales; la idea principal está bastante clara. El estilo funciona: es visualmente agradable, aunque al principio me cueste aceptar la explicitud.
Lo que sí me resulta casi imperdonable es el tratamiento del sonido y el doblaje. La vi en VOSE y noté una especie de artificialidad o robotización en las voces. Ni siquiera sé si el problema es la forma en que la vi --no puede ser, solo me pasa con esta peli--. El doblaje al español directamente es un espanto: forzado, poco natural. El problema no son lo diálogos, sino la forma de hablarlos. Me parecen horrorosos. Me resultan tan repugnantes que prefiero verla en un idioma que no es el mío, aunque sea subtitulada. Es que las voces a veces no me parecen correspondiente con los rostros.
'Maspalomas' no me entusiasma. No la termino fascinado ni con ganas de más. Estoy bien. Sí creo que es sólida, que sabe qué quiere contar y cómo. Cuando abandona la provocación más evidente y se atreve a mirar hacia dentro. Es ahí, cuando todo empieza a resonar de verdad.
No sabría exactamente por dónde empezar con 'Maspalomas'. Es de esas pelis que no se acomodan fácilmente en una emoción concreta al terminar. La termino con la sensación de haber atravesado una experiencia más que una historia. Eso implica que ha sido efectiva. Se me hace completamente imposible quedarme entre el "me gusta" o "no me gusta". Hay imágenes que permanecen en mi memoria habiendo pasado un par de días de haberla visto y procesado. Hay gestos que todavía flotan en el aire. Hay silencios que pesan mucho más que los diálogos y que dicen más que las palabras. Sé lo que he visto. Sé lo que he experimentado. Pero es como si la película prefiriera quedarse suspendida en una zona insegura --dentro de mi cabeza--, sin ofrecerme un cierre emocional claro.
No me disgusta, en absoluto. Tampoco me conquista de inmediato. Su primera hora me resulta especialmente exigente. No porque esté atravesada por el sexo explícito o por una representación del deseo gay, sino por la forma en que se presenta. El que casi parezca una porno es lo que me echa para atrás. Me recuerda a 'Y tu mamá también', obra con la que nunca conecté. Siento que la película insiste demasiado en lo físico para subrayar algo que ya está perfectamente expresado en el protagonista, en José Ramón Soroiz: es su mirada, su manera de moverse, la forma en que observa el mundo. No necesita hablar con las palabras, sino con la gestualidad. Es un trabajo actoral espectacular. No necesito tanta reiteración visual para entender su orientación o su conflicto interno.
Esa insistencia explícita del sexo termina resultándome hasta casi invasiva. Hay una secuencia concreta, dominada por las luces rojas, que me hizo pensar que iba a tornarse todo a un camino muy mentalmente agresivo, de tortura, a lo 'Irreversible', pero no. Me habría sorprendido mucho. Entiendo todavía el porqué de esas decisiones. Comprendo el gesto político y narrativo que hay detrás. Simplemente la forma inicial no me parece atractiva. Aun así, la acepto, sigo adelante con todo.
Durante ese primer tramo también me vino inevitablemente a la cabeza 'Carmen y Lola'. Y la razón fue por hacerme la siguiente pregunta: ¿por qué contar esta historia desde un hombre homosexual? No está mal cuestionar las razones. La respuesta es sencilla y honesta: porque de eso va esto. No lo siento como inclusión forzada ni como propaganda woke. Funciona naturalmente. Hay pullas ideológicas/políticas, aunque están integradas como parte del paisaje social narrativo, no como discurso impuesto protagonista.
A partir de la segunda mitad es cuando 'Maspalomas' empieza a convencerme más. La película deja atrás --parcialmente-- su punto más físico y explícito, y se desplaza a un territorio más mental, más íntimo, más personal. Empieza a interesarse menos por mostrar y más por sugerir. Menos por provocar y más por acompañar. Y ahí es donde encuentro su verdadera fuerza. El relato se vuelve más atento al mundo interior de nuestro protagonista, más dispuesto a explorar sus duelos.
Lo que más me interesa del film es su reflexión sobre la identidad. El reconocimiento de uno mismo frente a un entorno atravesado por prejuicios conservadores, que no entienden de generaciones ni edades. La idea de ser quien eres sabiendo que eso puede implicar rechazo, incomodidad o aislamiento. Y, sobre todo, la pregunta que atraviesa todo: si se está dispuesto a asumir ese coste emocional. No se trata solo de aceptar quién eres, sino de decidir si tienes lo que necesitas para sostener esa verdad frente al mundo.
Gran parte de lo bien que se entiende todo lo que no se dice directamente, es gracias a la dirección. José Mari Goenaga y Aitor Arregi. Son buenos contando y expresando. El pulso tranquilo, sin prisa, permitiendo que el espectador se adapte al entorno al mismo tiempo que lo hace nuestro protagonista. No pienso que haya lecturas personales; la idea principal está bastante clara. El estilo funciona: es visualmente agradable, aunque al principio me cueste aceptar la explicitud.
Lo que sí me resulta casi imperdonable es el tratamiento del sonido y el doblaje. La vi en VOSE y noté una especie de artificialidad o robotización en las voces. Ni siquiera sé si el problema es la forma en que la vi --no puede ser, solo me pasa con esta peli--. El doblaje al español directamente es un espanto: forzado, poco natural. El problema no son lo diálogos, sino la forma de hablarlos. Me parecen horrorosos. Me resultan tan repugnantes que prefiero verla en un idioma que no es el mío, aunque sea subtitulada. Es que las voces a veces no me parecen correspondiente con los rostros.
'Maspalomas' no me entusiasma. No la termino fascinado ni con ganas de más. Estoy bien. Sí creo que es sólida, que sabe qué quiere contar y cómo. Cuando abandona la provocación más evidente y se atreve a mirar hacia dentro. Es ahí, cuando todo empieza a resonar de verdad.
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