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Me llegó muchísimo. Estas películas tristes, cuando no chantajean sino que entran de verdad, me suelen ganar. Empecé viendo una ruptura más o menos cotidiana, una discusión que rompe una pareja, y acabé llorando con una mujer que aprende a despedirse de su vida sin dejar de buscar belleza en cosas pequeñas.
Alba Rohrwacher está maravillosa. Tiene esa fragilidad luminosa hecha para personajes atravesados por pérdidas, y aquí sostiene la película. La vi y pensé otra vez en La amiga estupenda y en Fuera de temporada, esa película francesa preciosa y triste del reencuentro con un antiguo amor junto al mar. Parece que siempre le tocan vidas rotas, pero es que sabe habitarlas como pocas.
Marta empieza como alguien herida por el abandono, pero la película cambia de piel cuando entiende que ese malestar físico, esos vómitos, esa pérdida de apetito y esa sensación de que algo no encaja no eran solo dolor emocional. Cuando le dicen que tiene metástasis, todo se recoloca de forma brutal. Él justo se está dando cuenta de que quiere volver, y ella recibe una noticia que cambia cualquier posibilidad de futuro. A veces la vida es una mierda.
Lo más duro es que la enfermedad ya estaba ahí, escondida detrás de síntomas que ella no supo leer. Eso duele porque resulta creíble: uno normaliza señales, las atribuye al estrés o a la ruptura, hasta que llega un diagnóstico que ya no permite mirar hacia otro lado. Que el médico hable de convivir con el cáncer no lo hace menos demoledor; solo cambia la forma de la esperanza.
Lo bonito es que Marta no queda reducida a “mujer enferma”. Sigue siendo profesora, hermana, expareja, amiga, alguien que se enfada, desea, aprende coreano, rescata una figura de un cantante de la basura y se inventa una compañía con la que hablar. Esa figura coreana podía haber sido una rareza ridícula, pero acaba teniendo ternura: una presencia imaginaria para no estar tan sola.
También me gustó Francesco Carril como Agostino. Me hizo gracia reconocerlo de Los años nuevos, con ese aire hispano-italiano que encaja perfectamente. Su personaje aporta otro afecto, no como sustitución barata del amor perdido, sino como gesto de vida cuando todo se cierra. El beso con él, hacia el final, tiene algo de despedida y de último permiso para sentirse viva.
La escena de las dos niñas que se cortan los brazos es durísima. Marta está enfrentándose a su propio cuerpo roto y de pronto ve otro dolor, otro sufrimiento escondido. La película insiste así en una idea muy triste: hay heridas que están delante de todos, pero solo se ven cuando alguien mira de verdad. Igual que ella no atendió a tiempo sus señales, esas chicas también están pidiendo ayuda desde un lugar terrible.
El paseo junto al Tíber fue el momento en que me rompí. Ella dejándole no porque no le quiera, sino porque sabe lo que viene, porque está empezando a despedirse antes de morir. Es una escena preciosa y cruel, con la tristeza limpia de las decisiones tomadas desde el amor. Ahí Coixet acierta de pleno: no necesita gritar para hacer daño.
El final me parece devastador. La fiesta en su casa, organizada por su hermana como ella había pedido, con música, gente, comida y celebración, rompe más precisamente porque intenta no hundirse. Marta no quiere desaparecer convertida solo en ausencia; quiere que los demás la recuerden viviendo. Y por eso duele tantísimo.
También me emocionó el restaurante, cuando él lee una crítica bonita y come lo mismo que comió cuando la conoció. Es un gesto pequeño, pero lleno de memoria. Ella ya no está, pero sigue ahí: en el plato, en el lugar, en el sabor, en lo que él recuerda y en lo que no supo sostener a tiempo.
Puede ser algo más poética en algunos recursos, sobre todo con la figura coreana que parece cobrar vida de forma simbólica al final. Pero a mí no me molestó. Me pareció coherente con la necesidad de transformar el dolor en algo soportable, raro y tierno. Coixet tiene ese gusto por los objetos, los mensajes y las pequeñas supersticiones emocionales.
No me parece perfecta en todo. Algún detalle puede parecer calculado, pero conmigo funcionó por completo. Lloré porque Marta me importó, porque la enfermedad no anuló su humanidad y porque la despedida se convierte en gestos: aprender un idioma, caminar junto al río, besar, cocinar, celebrar, recordar.
Al final, para mí es un 9 claro. Una película triste, preciosa y muy humana sobre morir, sí, pero también sobre seguir viviendo mientras se puede. Alba Rohrwacher está enorme, Coixet encuentra una delicadeza que no siempre cae en el sentimentalismo y el cierre deja una pena muy bonita. De esas películas que duelen porque han entrado dentro.
Alba Rohrwacher está maravillosa. Tiene esa fragilidad luminosa hecha para personajes atravesados por pérdidas, y aquí sostiene la película. La vi y pensé otra vez en La amiga estupenda y en Fuera de temporada, esa película francesa preciosa y triste del reencuentro con un antiguo amor junto al mar. Parece que siempre le tocan vidas rotas, pero es que sabe habitarlas como pocas.
Marta empieza como alguien herida por el abandono, pero la película cambia de piel cuando entiende que ese malestar físico, esos vómitos, esa pérdida de apetito y esa sensación de que algo no encaja no eran solo dolor emocional. Cuando le dicen que tiene metástasis, todo se recoloca de forma brutal. Él justo se está dando cuenta de que quiere volver, y ella recibe una noticia que cambia cualquier posibilidad de futuro. A veces la vida es una mierda.
Lo más duro es que la enfermedad ya estaba ahí, escondida detrás de síntomas que ella no supo leer. Eso duele porque resulta creíble: uno normaliza señales, las atribuye al estrés o a la ruptura, hasta que llega un diagnóstico que ya no permite mirar hacia otro lado. Que el médico hable de convivir con el cáncer no lo hace menos demoledor; solo cambia la forma de la esperanza.
Lo bonito es que Marta no queda reducida a “mujer enferma”. Sigue siendo profesora, hermana, expareja, amiga, alguien que se enfada, desea, aprende coreano, rescata una figura de un cantante de la basura y se inventa una compañía con la que hablar. Esa figura coreana podía haber sido una rareza ridícula, pero acaba teniendo ternura: una presencia imaginaria para no estar tan sola.
También me gustó Francesco Carril como Agostino. Me hizo gracia reconocerlo de Los años nuevos, con ese aire hispano-italiano que encaja perfectamente. Su personaje aporta otro afecto, no como sustitución barata del amor perdido, sino como gesto de vida cuando todo se cierra. El beso con él, hacia el final, tiene algo de despedida y de último permiso para sentirse viva.
La escena de las dos niñas que se cortan los brazos es durísima. Marta está enfrentándose a su propio cuerpo roto y de pronto ve otro dolor, otro sufrimiento escondido. La película insiste así en una idea muy triste: hay heridas que están delante de todos, pero solo se ven cuando alguien mira de verdad. Igual que ella no atendió a tiempo sus señales, esas chicas también están pidiendo ayuda desde un lugar terrible.
El paseo junto al Tíber fue el momento en que me rompí. Ella dejándole no porque no le quiera, sino porque sabe lo que viene, porque está empezando a despedirse antes de morir. Es una escena preciosa y cruel, con la tristeza limpia de las decisiones tomadas desde el amor. Ahí Coixet acierta de pleno: no necesita gritar para hacer daño.
El final me parece devastador. La fiesta en su casa, organizada por su hermana como ella había pedido, con música, gente, comida y celebración, rompe más precisamente porque intenta no hundirse. Marta no quiere desaparecer convertida solo en ausencia; quiere que los demás la recuerden viviendo. Y por eso duele tantísimo.
También me emocionó el restaurante, cuando él lee una crítica bonita y come lo mismo que comió cuando la conoció. Es un gesto pequeño, pero lleno de memoria. Ella ya no está, pero sigue ahí: en el plato, en el lugar, en el sabor, en lo que él recuerda y en lo que no supo sostener a tiempo.
Puede ser algo más poética en algunos recursos, sobre todo con la figura coreana que parece cobrar vida de forma simbólica al final. Pero a mí no me molestó. Me pareció coherente con la necesidad de transformar el dolor en algo soportable, raro y tierno. Coixet tiene ese gusto por los objetos, los mensajes y las pequeñas supersticiones emocionales.
No me parece perfecta en todo. Algún detalle puede parecer calculado, pero conmigo funcionó por completo. Lloré porque Marta me importó, porque la enfermedad no anuló su humanidad y porque la despedida se convierte en gestos: aprender un idioma, caminar junto al río, besar, cocinar, celebrar, recordar.
Al final, para mí es un 9 claro. Una película triste, preciosa y muy humana sobre morir, sí, pero también sobre seguir viviendo mientras se puede. Alba Rohrwacher está enorme, Coixet encuentra una delicadeza que no siempre cae en el sentimentalismo y el cierre deja una pena muy bonita. De esas películas que duelen porque han entrado dentro.
Muy buena. Nostalgica, en la linea de la obra de Isabel Coixet. El amor, la muerte, el viaje. Temas esenciales, tanto de su directora, como de nosotros mismos. Que bonito suena el italiano :-)
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