Una burla paródica sin miedo a Franco.
Una burla paródica a Franco y a su dictadura que, lejos de optar por la solemnidad, decide dinamitar el pasado desde la comedia negra. Y la premisa ya es, en sí misma, un gesto provocador: unos comunistas obligados a preparar la cena al dictador. Una sinopsis que funciona casi como un chiste conceptual. Irónica, llamativa, diseñada también para atraer la atención de quienes sienten curiosidad por la historia española y que, además, disfrutan de un humor sin red de seguridad. Pero no lo interesante no es solo la idea, sino cómo se ejecuta.
Lo mejor de todo es su efecto. En el inicio se consigue algo que realmente esperaba: hacerme sentir oprimido. Desde esa tensión de tener que medir cada palabra para no provocar un castigo severo. Hay algo inquietante en imaginarse dentro de ese contexto histórico, donde el lenguaje podía ser una trampa y el silencio, una estrategia de supervivencia.
Claro que la película no pretende ser un tratado sobre el franquismo, pero sí juega sin miedo a las características de la época. Se permite utilizar expresiones peligrosas e incómodas, y lo hace con seguridad, revelando muy claro qué quiere transmitir. No hay tibieza. Hay una voluntad consciente de no querer censurarse.
Durante una buena parte del metraje me pregunté si la figura del dictador aparecería físicamente o si quedaría reducido a esa amenaza suspendida en la frase: "Esta noche, Franco cenará aquí con sus generales". Me lo pregunto por supuesto, desde la consideración del coraje a mostrarlo. Es decir, el tener miedo o no a la censura.
Yo quería verlo como una encarnación del horror, al nivel de intensidad que puede transmitir Asier Etxeandia en sus mejores momentos: alguien que imponga miedo con solo estar en el plano. Sin embargo, y como era de esperar, la película elige otro camino. Entendí entonces que su esencia se acerca más al espíritu burlón de 'Scary Movie' que al retrato psicológico. Aquí, el dictador queda reducido al chiste, a la caricatura, a la risa. Y su apariencia --exagerada--, refuerza ese gesto paródico.
Mario Casas tiene momentos sólidos, pero en ocasiones me resulta forzado, como si la intensidad no siempre estuviera bien calibrada. Hay escenas que me gustan, otras en las que simplemente pienso: "meh".
En cambio, repito, es Etxeandia quien me sorprende. Tiene esa capacidad de sostener el tono incluso cuando la película roza el disparate. Es de esos actores que elevan el material con su sola presencia. El resto del elenco entiende bien qué hace y cómo hacer las cosas.
No me he reído a carcajadas, pero sí me he divertido. Y eso, en una propuesta que camina constantemente en el mal gusto y la incorreción, es bastante.
Confieso que estudié la historia de España para aprobar, y no para aprender. A día de hoy, me arrepiento de no haber aplicado el interés que tengo hoy por descubrir las raíces históricas de mi país. 'La cena' no pretende ser didáctica, ni mucho menos, pero sí se atreve a aplicarse en el contexto. Eso es lo que valoro enormemente. Mostrar explícitamente a Franco y no limitarse a la mención, exige coraje. Sobre todo cuando se trata de un territorio sensible.
Tiene irregularidades, no me gusta todo el tiempo, y el humor no siempre me hace gracia. Pero me fascina la forma en que se aborda todo. Es una de las películas españolas de las que siempre me acordaré. No por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta.