Nota media
2,6
18 notas
5
1 crítica
4
0 crítica
3
0 crítica
2
1 crítica
1
1 crítica
0
0 crítica
Ordenar por
Filtrar por:
Todas
No se porque coño he visto esto un puto jueves 4 de Junio.
Me pareció muy mala. No me interesan especialmente las motos, así que la película ya necesitaba venderme muy bien sus carreras, sus personajes y su historia para engancharme. Y no lo consiguió. Al contrario: cuanto más intentaba ser intensa, romántica, deportiva y épica, más artificial me parecía todo.
El gran problema para mí son Óscar Casas y Ana Mena. No me creí a ninguno de los dos. Él me pareció flojísimo como protagonista: mucha pose, mucha mirada de piloto atormentado, mucho gesto de chico con talento y demonios interiores, pero poca verdad. La película quiere que veamos en Edu a un joven impulsivo, dañado, ambicioso y carismático, pero yo vi un personaje de manual interpretado con muy poca naturalidad.
Ana Mena tampoco me funcionó. Como Luna, debería aportar frescura, deseo, refugio emocional y una vía de escape frente al mundo competitivo de las motos, pero me resultó igual de forzada. La química entre ellos, que tendría que ser uno de los motores de la película, me pareció prácticamente inexistente. Si el romance no entra, todo lo demás se hunde un poco más.
Y encima está el mundo de las motos, que a mí no me despierta ninguna pasión. Puedo disfrutar una película deportiva aunque el deporte no me interese si hay emoción, tensión y personajes sólidos, pero aquí las carreras no me hicieron vibrar. Hay ruido, velocidad, circuitos, entrenamientos y adrenalina fabricada, pero muy poca emoción verdadera. Para quien ame MotoGP quizá tenga otro atractivo; para mí fue una cuesta arriba.
La película tiene empaque de producción, eso sí. Se nota que quiere ser un producto comercial potente, con circuitos reales, motos, sponsors, música, drama familiar, romance y estética de anuncio caro. Pero precisamente por eso me molestó más lo vacía que me resultó. Todo parece montado para parecer grande, joven, intenso y vendible, sin que debajo haya demasiado pulso.
La historia del piloto que se estrella, recibe una segunda oportunidad, debe entrenar con un padre ausente y tiene que elegir entre disciplina, amor y ambición es más que conocida. No pido originalidad absoluta, pero sí que los tópicos estén contados con fuerza. Aquí me sonó todo a plantilla: el talento rebelde, el mentor/padre duro, la chica que aparece en el peor momento, el sacrificio, la redención, la carrera decisiva.
Claudio Santamaria, como Antonio, aporta algo más de oficio, pero tampoco logra darle al conflicto padre-hijo la profundidad que la película necesita. Se supone que ahí debería estar el peso emocional: heridas antiguas, abandono, culpa, orgullo y reconciliación difícil. Sin embargo, muchas escenas me parecieron escritas con brocha gorda, como si bastara con poner caras serias y hablar de pasado doloroso para que el drama funcionara.
También me cargó ese tono de película que quiere parecer todo el rato aspiracional. Los cuerpos, las motos, los tatuajes, la música, la noche, los circuitos, las miradas, los silencios… todo parece diseñado para vender una imagen de pasión y peligro. Pero una cosa es tener energía comercial y otra confundirla con emoción. A mí me pareció más videoclip alargado que drama deportivo de verdad.
Las críticas positivas hablan de eficacia, de producto sólido, de acción deportiva bien empaquetada, y puedo entenderlo desde fuera. Técnicamente no parece una película pobre. Tiene medios, movimiento y una vocación comercial clara. Pero eso no basta si los personajes centrales no funcionan y si el corazón de la historia parece prefabricado.
La crítica que decía “velocidad sin emoción” me representa mucho más. Eso es exactamente lo que sentí: mucho motor, mucho ruido y mucha promesa de adrenalina, pero muy poca sustancia dramática. La película avanza, se esfuerza, acelera, pero no me importa demasiado quién gana, quién pierde o quién se besa después de la curva.
Lo peor es que ni siquiera me divirtió como producto tontorrón. Hay películas malas que al menos entretienen por exceso, por torpeza simpática o por descaro. Esta me pareció demasiado calculada para ser divertida y demasiado floja para ser emocionante. Se toma muy en serio una historia que yo veía cada vez más hueca.
Tampoco ayuda que el romance sea tan central. Si Edu y Luna tuvieran chispa, quizá la película ganaría algo de humanidad. Pero como Óscar Casas y Ana Mena me parecieron tan poco convincentes, cada escena íntima se me hizo pesada. No veía deseo, ni complicidad, ni dolor: veía a dos intérpretes intentando vender una historia que no me creía.
Al final, la dejo en un 2 porque algo de producción tiene y porque las carreras, para quien entre en ese mundo, pueden tener cierto atractivo visual. Pero para mí fue una experiencia muy pobre: protagonistas malísimos, romance sin fuerza, drama familiar de manual y un universo de motos que no me interesó nada. Una película comercial con gasolina, sí, pero sin alma, sin química y sin emoción.
El gran problema para mí son Óscar Casas y Ana Mena. No me creí a ninguno de los dos. Él me pareció flojísimo como protagonista: mucha pose, mucha mirada de piloto atormentado, mucho gesto de chico con talento y demonios interiores, pero poca verdad. La película quiere que veamos en Edu a un joven impulsivo, dañado, ambicioso y carismático, pero yo vi un personaje de manual interpretado con muy poca naturalidad.
Ana Mena tampoco me funcionó. Como Luna, debería aportar frescura, deseo, refugio emocional y una vía de escape frente al mundo competitivo de las motos, pero me resultó igual de forzada. La química entre ellos, que tendría que ser uno de los motores de la película, me pareció prácticamente inexistente. Si el romance no entra, todo lo demás se hunde un poco más.
Y encima está el mundo de las motos, que a mí no me despierta ninguna pasión. Puedo disfrutar una película deportiva aunque el deporte no me interese si hay emoción, tensión y personajes sólidos, pero aquí las carreras no me hicieron vibrar. Hay ruido, velocidad, circuitos, entrenamientos y adrenalina fabricada, pero muy poca emoción verdadera. Para quien ame MotoGP quizá tenga otro atractivo; para mí fue una cuesta arriba.
La película tiene empaque de producción, eso sí. Se nota que quiere ser un producto comercial potente, con circuitos reales, motos, sponsors, música, drama familiar, romance y estética de anuncio caro. Pero precisamente por eso me molestó más lo vacía que me resultó. Todo parece montado para parecer grande, joven, intenso y vendible, sin que debajo haya demasiado pulso.
La historia del piloto que se estrella, recibe una segunda oportunidad, debe entrenar con un padre ausente y tiene que elegir entre disciplina, amor y ambición es más que conocida. No pido originalidad absoluta, pero sí que los tópicos estén contados con fuerza. Aquí me sonó todo a plantilla: el talento rebelde, el mentor/padre duro, la chica que aparece en el peor momento, el sacrificio, la redención, la carrera decisiva.
Claudio Santamaria, como Antonio, aporta algo más de oficio, pero tampoco logra darle al conflicto padre-hijo la profundidad que la película necesita. Se supone que ahí debería estar el peso emocional: heridas antiguas, abandono, culpa, orgullo y reconciliación difícil. Sin embargo, muchas escenas me parecieron escritas con brocha gorda, como si bastara con poner caras serias y hablar de pasado doloroso para que el drama funcionara.
También me cargó ese tono de película que quiere parecer todo el rato aspiracional. Los cuerpos, las motos, los tatuajes, la música, la noche, los circuitos, las miradas, los silencios… todo parece diseñado para vender una imagen de pasión y peligro. Pero una cosa es tener energía comercial y otra confundirla con emoción. A mí me pareció más videoclip alargado que drama deportivo de verdad.
Las críticas positivas hablan de eficacia, de producto sólido, de acción deportiva bien empaquetada, y puedo entenderlo desde fuera. Técnicamente no parece una película pobre. Tiene medios, movimiento y una vocación comercial clara. Pero eso no basta si los personajes centrales no funcionan y si el corazón de la historia parece prefabricado.
La crítica que decía “velocidad sin emoción” me representa mucho más. Eso es exactamente lo que sentí: mucho motor, mucho ruido y mucha promesa de adrenalina, pero muy poca sustancia dramática. La película avanza, se esfuerza, acelera, pero no me importa demasiado quién gana, quién pierde o quién se besa después de la curva.
Lo peor es que ni siquiera me divirtió como producto tontorrón. Hay películas malas que al menos entretienen por exceso, por torpeza simpática o por descaro. Esta me pareció demasiado calculada para ser divertida y demasiado floja para ser emocionante. Se toma muy en serio una historia que yo veía cada vez más hueca.
Tampoco ayuda que el romance sea tan central. Si Edu y Luna tuvieran chispa, quizá la película ganaría algo de humanidad. Pero como Óscar Casas y Ana Mena me parecieron tan poco convincentes, cada escena íntima se me hizo pesada. No veía deseo, ni complicidad, ni dolor: veía a dos intérpretes intentando vender una historia que no me creía.
Al final, la dejo en un 2 porque algo de producción tiene y porque las carreras, para quien entre en ese mundo, pueden tener cierto atractivo visual. Pero para mí fue una experiencia muy pobre: protagonistas malísimos, romance sin fuerza, drama familiar de manual y un universo de motos que no me interesó nada. Una película comercial con gasolina, sí, pero sin alma, sin química y sin emoción.
Peliculón! No me lo esperaba. Acción a raudales magníficamente rodada y subtramas de los personajes que funcionan como un reloj.
Los prejuicios con el cine Español se te quitan de golpe
Los prejuicios con el cine Español se te quitan de golpe
- Las últimas críticas de SensaCine
- Las mejores películas
- Las mejores películas según los medios