Convencer a los ateos y hacer dudar a los creyentes.
La esencia de 'Los domingos' podría resumirse en tratar de convencer a los ateos de la existencia de Dios, e intentar hacer dudar a los creyentes. Es una premisa que me llama la atención. Y todo orbita en torno a un término del que queda claro que les encanta, porque no paran de mencionarlo: <>. Una expresión que aquí sirve como campo de batalla ideológico y emocional. Y hablar de esta película me hace situarme inevitablemente en una postura ideológica. Me considero más ateo que agnóstico. Siempre me ha parecido injusto que se recurra al "gracias a Dios" o al "Dios así lo quiso" para justificar escenarios y desmeritando gente, por ejemplo, a los médicos. Como atajo para asumir el azar o la responsabilidad. Me parece correcto indicar mi opinión porque condiciona mi mirada ante esta película. Quizá, por eso me ha interesado tanto 'Los domingos'.
Todo, o casi todo, gira en torno a Ainara (Blanca Soroa), una joven que se plantea ingresar en la vida religiosa. Las voces de su alrededor tratan de hacerla dudar de su convicción. Pero como se diría en estos casos, su convicción es tan fuerte como su amor por Dios. Cuestionar la fe no es un ataque, sino como una fase necesaria del proceso. Incluso me parece saludable: poner en tela de juicio cualquier creencia, religión o ideología. Es como cuando me preguntan si realmente quiero ser director de cine o si mi vocación es otra cosa. No está mal hacer dudar. Lo problemático aparece cuando el cuestionamiento pasa a ser imposición. Se puede confrontar con argumentos, con contradicciones, pero no se puede obligar a nadie a dejar o no de creer. Iñaki (Miguel Garcés) es quien deja claro esta diferencia. Es el personaje con el que más conecto. Su mirada crítica y respetuosa hacia la institución religiosa --que percibe como engaño--, no se traduce en desprecio, sino en respeto. Maite (Patricia López Arnaiz) es una personaje a la que entiendo, pero no comparto sus formas. Invasiva y áspera. Me gusta su actitud porque da fuerza a la película, pero no coincido personalmente con ella.
Ainara (Blanca Soroa) está al centro de todo. Habla de su fe serenamente. Compone a su personaje con detalle, con contención y firmeza. Aunque hay veces que siento cierta rigidez, como si la convicción fuese actuación. No me disgusta su trabajo, pero en ocasiones percibo que está siguiendo un guion para una película, y no vive lo que realmente dice sentir. Interpreta más que es. Eso sí, sostiene mi interés, al igual que Iñaki y Maite, pero el resto de personajes se me hacen tan planos y superficiales como indiferentes.
Tampoco es una película que me deslumbre visualmente. Echo en falta una mayor ambición contemplativa, especialmente en los espacios religiosos. No tanto desde la simbología --ya está implícita--, sino desde su materialidad arquitectónica. Las iglesias y los interiores, podrían haber sido mostrados con más detenimiento. Apenas recuerdo más de dos imágenes escenográficos.
Siento, además, una reiteración de los mismos argumentos, mismas dudas, mismas conclusiones, mismos escenarios y mismas palabras que parecen repetirse una y otra vez. Se me empieza a hacer todo un poco pesado en la última media hora. Sigo interesado, pero con la impresión de estar dando vueltas en el mismo eje. Y en algún punto me pregunto si realmente la película trata de convencerme de la fe cristiana desde la empatía con su protagonista. Si ese era el propósito, no funciona. Más bien refuerzo mis convicciones. Y eso, aunque pueda parecer que sí, no invalida el valor cinematográfico de esta obra. Si es que lo que más disfruto es su guion.
No me parece la mejor película española del año, pese a su reconocimiento social y premiado al Goya como mejor película. Pero sí considera una propuesta atractiva e interesante, valiente en su forma de acomodar las preguntas. Sobrevalorada, pero arriesgada. Imperfecta, reiterativa y entretenida.