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Christian Martínez
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3,5
Publicada el 9 de marzo de 2026
Interesante, cómoda y, en el fondo, motivadora.
Desde la honestidad más absoluta, mi interés previo por la figura de Leiva era prácticamente inexistente. No es un artista musical que me haya acompañado en algún momento de mi vida. Ni su música me había llamado la atención, ni su historia me había despertado curiosidad. Por eso, cuando decidí ver este documental, lo hice más por disciplina que por entusiasmo. El hecho de que la película estuviera nominada a los Goya en la categoría de mejor película documental, fue razón suficiente para darle esa oportunidad que tanto cuesta dar a veces.
Lo que más me gusta de este documental es que sabe qué quiere ser y cómo serlo. Durante su hora y media de trayecto, la sensación predominante de la de una experiencia bien construida, cómoda en su propio sitio, que no busca impresionar a través del exceso sino mediante la cercanía. Aunque esa cercanía funciona relativamente, porque surtirá más efecto en los más allegados.
Gran parte del mérito de que me haya gustado, lo tiene el montaje. Consigue que el relato avance con fluidez, evitando el estancamiento o la reiteración. Evita que me aburra en cualquier momento. Además, tiene un estilo llamativo ensamblando imágenes, testimonios y momentos íntimos. Parece buscar una estética que yo consideraría más bien "underground", pero sin perder la profesionalidad en su ejecución. Es una mezcla curiosamente efectiva. Me invita a verlo desde dentro, a vivirlo mismamente. Y casi que lo consigue.
Esa decisión estilística es casi todo lo que consigue que me interese por lo que se me cuenta. Más allá de la música, lo que realmente emerge en el documental es el retrato de alguien profundamente comprometido con su oficio. Hay algo reconfortante en contemplar a una persona que vive su trabajo con una entrega tan grande y dedicada. Incluso sin compartir su entusiasmo, resulta inevitable percibir la intensidad de ese vínculo entre el artista y su arte. Y curiosamente, ese ha sido el mayor efecto que la película ha tenido en mí. Días después de haberla visto, sigo sin sentir una necesidad de escuchar su música, pero ha cambiado mi forma de verlo como creador.
Otro elemento que consigue que me entregue como espectador, es la humana forma en que se muestran las dificultades, los esfuerzos y las vulnerabilidades. Sin caer en el papel de víctima, la película deja entrever momentos en los que el artista se enfrenta a sus propias limitaciones. Es triste, melancolía silenciosa. Tampoco es una tristeza mostrada para manipularme. Más bien surge de manera natural, como consecuencia.
La duración podría ser un detallito menor, pero saber cuándo detenerse es lo mejor que tiene. Dura exactamente lo que tiene que durar. Ni más, ni menos. Es un equilibrio agradable, que evita la saturación y la sequedad.
Una película muy correcta, consciente de lo que cuenta y de sus virtudes. No pretende ser grandilocuente ni revolucionario, pero consigue ser sincero y entretenido al mismo tiempo. Sin grandes artificios, logra meterme dentro de su mundo, su forma de pensar, de crear y de sentir. Y si a mí me ha gustado, que parto desde la indiferencia inicial, me imagino el impacto emocional que tendrá en los fans. Será, la forma de sentirse todavía más cerca de la voz que llevan años escuchando.