A comienzos del siglo XX tres investigadores inventaron una máquina capaz de registrar las emociones para detectar mentiras. Lo que nació como una herramienta para combatir el crimen, descubrir infidelidades o controlar el trabajo se transformó en un fenómeno social: el “detector de mentiras”.
Millones de personas fueron sometidas a su juicio, cambiando destinos y decisiones. Con el paso del tiempo, la máquina trascendió su propósito original y se convirtió en un símbolo de poder y control, un instrumento temido que revelaba tanto como ocultaba.