Me pareció un truño truñete, de esos que ni con Maribel Verdú delante consiguen levantar cabeza. Y mira que ella me encanta desde pequeño y entro ganado cada vez que aparece, pero aquí no hay manera. La película es mala de solemnidad: quiere ser terror psicológico, cuento oscuro de vecinas inquietantes, drama de madre sobrepasada y thriller de edificio maldito, pero termina siendo una cosa sin pies ni cabeza, torpe, pesada y bastante ridícula.
La premisa podía tener un punto: una madre se muda con sus dos hijos a un piso demasiado bueno para ser verdad, en un edificio elegante, con un alquiler sospechosamente bajo y unas ancianas del piso inferior que empiezan a molestar, vigilar y asustar a los niños. Ahí había material para hacer algo incómodo, con paranoia vecinal, maternidad, culpa, clase social y esa sensación de que tu propia casa deja de ser refugio para convertirse en trampa.
Pero la película no sabe construir miedo. Si debía dar miedo, se lo dará al que la escribió, porque como espectador lo que provoca es más bien incredulidad. Todo está contado con una solemnidad que no se corresponde con lo que enseña. Las vecinas podrían ser inquietantes, pero acaban pareciendo un trío grotesco colocado ahí para que pensemos “uy, qué siniestras”, sin que la historia consiga convertirlas en una amenaza verdaderamente perturbadora.
Maribel Verdú es lo mejor, claro, porque tiene oficio, presencia y una capacidad enorme para hacer creíble casi cualquier cosa. El problema es que aquí le piden que salve un guion que no tiene arreglo. Isabel debería ser una madre atrapada entre la protección de sus hijos, el miedo al edificio y la sospecha de que nadie va a creerla, pero muchas veces queda reducida a sufrir, mirar raro, alterarse y moverse dentro de un mecanismo que se cae por todos lados.
Los niños tampoco consiguen darle la emoción que necesitaría. La idea de que el terror entre a través de ellos, de sus miedos, de sus ruidos, de lo que oyen debajo o de lo que creen ver, podía haber funcionado. Pero la película repite demasiado la misma fórmula: algo molesta, alguien se asusta, Isabel se inquieta, las vecinas ponen cara de misterio y vuelta a empezar. En vez de acumular tensión, acumula cansancio.
La lentitud me mató. No porque una película de terror tenga que ir deprisa, sino porque aquí la lentitud parece una forma de disimular que no hay mucho que contar. Quiere enseñar poco, insinuar, dejar que el mal rollo crezca, pero para eso hace falta precisión. No basta con alargar silencios, meter planos oscuros y mantener a los personajes dando vueltas por el edificio. El resultado no es inquietante: es pesado.
También falla como thriller psicológico. La película intenta jugar con la duda de si Isabel está viendo algo real, si se está desquiciando o si el edificio esconde algo más retorcido. Pero ese juego nunca está bien afinado. Las pistas son torpes, las reacciones poco creíbles y las revelaciones no iluminan la historia, sino que la vuelven más absurda. En lugar de pensar “qué giro”, acabas pensando “pero qué tontería”.
El tramo de las ancianas y la especie de secta vecinal es especialmente malo. Podía haber sido una idea desagradable, incluso con cierta mala leche social: un edificio bonito por fuera y podrido por dentro, una comunidad que selecciona, controla y devora a los vulnerables. Pero la película lo lleva de una manera tan basta que termina rozando lo involuntariamente cómico. Las viejas no dan miedo: dan ganas de que alguien revise el guion.
Y el final ya es el remate. No voy a destriparlo del todo, pero ese giro sobre las ancianas, los niños, la supuesta locura y lo que realmente estaba pasando me pareció un disparate. La película quiere que todo encaje con una lógica de pesadilla, pero lo que consigue es que mires hacia atrás y veas agujeros, trampas y decisiones que no se sostienen. Es el típico desenlace que pretende elevar la historia y solo confirma que no había base.
Técnicamente tiene alguna cosa decente: un edificio con posibilidades, una puesta en escena más o menos cuidada, unos créditos con cierto gusto y una actriz protagonista muy por encima del material. Pero nada de eso compensa la falta de tensión, de originalidad y de sentido. Hay películas malas que al menos son divertidas, excesivas o desvergonzadas. Esta ni eso: se toma muy en serio mientras se hunde sola.
Al final, me queda como una película muy mala, irregular, aburrida y fallida en todo lo importante. No funciona como terror, no funciona como thriller psicológico y tampoco como drama familiar. Tiene a Maribel Verdú, que siempre es un motivo para mirar la pantalla, pero ni ella puede rescatar una historia tan torpe. Un pisazo barato, unas vecinas raras y mucho misterio impostado para acabar en una caca sin fuerza, sin miedo y sin cabeza.