Durante doce años, Mercedes ha sostenido una cámara como quien sostiene un puente. A través de ella ha ido registrando la vida de su hijo Airam, diagnosticado con TEA y PANDAS, dos realidades que atraviesan su día a día con una intensidad imprevisible. Los brotes llegan sin previo aviso: irrumpen, crecen y lo desbordan todo, como un volcán que rompe la quietud del paisaje. La calma puede durar horas o días, pero siempre existe la posibilidad de una sacudida repentina que cambie el ritmo del hogar. La película acompaña ese pulso inestable y profundamente humano: el de una madre que filma para comprender, para resistir y para no perderse dentro de la tormenta. Rodar se convierte en su forma de respirar, de ordenar el caos y de transformar el miedo en relato. La cámara no solo observa: también protege, traduce y crea un espacio donde madre e hijo pueden encontrarse de otro modo.