En 1995, España estaba rendida ante un cómico convertido en fenómeno social: su forma de hablar y sus muletillas se colaban en la conversación diaria, la televisión y hasta en actos institucionales. Figuras públicas y celebridades imitaban su estilo mientras su popularidad parecía imparable. Entonces, el espacio más seguido de una cadena privada lanza una jugada inesperada: introduce a un imitador casi idéntico, un doble humorístico con rasgos y expresiones sospechosamente familiares. La copia empieza a ganar foco, contratos y atención, desplazando al original ante millones de espectadores. Para el artista real, que había tardado décadas en alcanzar el reconocimiento, la situación se convierte en una amenaza directa: no solo a su carrera, sino a su propia autoría. Se desata así un enfrentamiento legal tan extraño como mediático, un choque por los derechos sobre un personaje que el público sentía suyo y por la dignidad de quien luchaba por no ser reemplazado por su reflejo.