Hay comedias que viven del exceso, del chiste lanzado sin red y de la sensación de estar viendo algo descaradamente incorrecto. Mal ejemplo intenta jugar en ese terreno, pero rara vez da en el blanco. Tiene un par de golpes que funcionan —muy pocos para su duración— y alguna idea simpática, pero la mayoría del tiempo parece esforzarse demasiado por resultar graciosa.
El problema no es tanto la estupidez como la insistencia. La película repite esquemas, alarga situaciones que ya han dado de sí y confía en que el volumen sustituya a la chispa. Cuando acierta, se nota; cuando no, que es lo habitual, el humor se vuelve ruidoso y cansino. Da la sensación de que busca la carcajada por agotamiento más que por ingenio.
Lo más salvable está en el reparto y en algún diálogo puntual que consigue levantar la escena. También hay una curiosidad casi involuntaria en cómo se asoma a cierto universo friki, aunque nunca termine de aprovecharlo del todo. Podría haber sido más afilada, más mala leche, menos complaciente consigo misma.
Además, esa necesidad de cerrar con moraleja pesa como una losa. La película quiere ser gamberra, pero también simpática; irreverente, pero entrañable. Y en ese equilibrio forzado se diluye lo poco que tenía de personalidad. El resultado es una comedia que se queda a medio camino de todo.
No es un desastre absoluto, pero sí una oportunidad desaprovechada. De veinte mil intentos, apenas un par hacen gracia de verdad. El resto pasa sin pena ni gloria, dejando una sensación de ruido, azúcar y poco recuerdo.