Me pareció entretenida, trabajada y bastante especial dentro de su modestia, pero no llego a verla como la obra maestra que algunos defienden. Tiene una premisa muy potente, de esas que te obligan a seguir escuchando aunque la película apenas se mueva: un profesor universitario se despide de sus compañeros y, en mitad de la conversación, deja caer una posibilidad tan enorme que cambia por completo el tono de la reunión.
Lo mejor está clarísimo: el guion. Es una película de palabras, de ideas y de reacciones. No necesita persecuciones, explosiones ni grandes efectos porque todo se apoya en una pregunta fascinante: ¿y si alguien pudiera haber vivido miles de años y estuviera sentado delante de ti contándolo como si fuera algo casi cotidiano? A partir de ahí, la película va probando hasta dónde llega nuestra credulidad y cuánto pesan la religión, la historia, la ciencia y la necesidad humana de encontrar certezas.
También me gustó cómo cambia la actitud del grupo. Al principio hay curiosidad, incluso cierto juego intelectual. Luego aparece la incomodidad, la irritación, la fascinación, el miedo, el rechazo y hasta la necesidad de desmontar aquello como sea. Esa evolución está bastante bien llevada, porque cada personaje representa una forma distinta de enfrentarse a una idea que, si fuera cierta, rompería demasiadas cosas.
La parte teatral es evidente. Casi todo sucede en un mismo espacio, con un grupo de personas hablando alrededor de una hipótesis. Eso tiene encanto, porque parece una obra de cámara filmada, pero también marca sus límites. Hay momentos en los que la película es más interesante como conversación que como cine. La puesta en escena es funcional, correcta, pero no especialmente rica. Lo que te atrapa no es cómo está filmada, sino lo que se está diciendo.
Los actores, dentro de esa modestia, funcionan bien. No son interpretaciones deslumbrantes, pero sí sostienen el juego. David Lee Smith tiene que resultar sereno, ambiguo y creíble sin convertir a John Oldman en un iluminado ridículo, y lo consigue bastante. Lo interesante es que nunca sabes del todo si está confesando una verdad imposible, contando una historia brillantemente inventada o probando a sus amigos por alguna razón emocional.
Me gusta que la película no trate al espectador como tonto. Te deja escuchar argumentos, objeciones y contradicciones. Cuando entran la antropología, la biología, la religión o la historia, el guion tiene ese placer de la ciencia ficción clásica que no necesita enseñar el futuro, sino plantear una idea y dejar que los personajes la discutan hasta sus últimas consecuencias. En ese sentido, entiendo perfectamente el culto que ha generado.
Pero también entiendo mis reservas. A veces es demasiado parlanchina, demasiado expositiva. Hay momentos en los que los personajes no parecen personas hablando de forma natural, sino piezas colocadas para hacer avanzar un debate. Uno representa la fe, otro la ciencia, otro la sospecha, otro la emoción. Funciona, pero se nota el mecanismo. Y cuando el mecanismo se nota tanto, la película pierde algo de vida.
El tramo religioso es seguramente el más arriesgado y también el que más puede dividir. Tiene una audacia evidente, porque toca una zona delicada y plantea una reinterpretación muy provocadora. A mí me pareció interesante, pero también sentí que ahí la película roza el exceso de tesis. La idea es poderosa, sí, pero la forma de soltarla y de hacer reaccionar al grupo puede resultar algo subrayada.
Tampoco me parece que tenga un impacto emocional enorme. Intelectualmente engancha, y bastante, pero emocionalmente se queda más corta. Me interesaba saber hasta dónde iba a llegar la conversación, qué iban a creer los demás y cómo se iba a cerrar, pero no sentí una conexión profunda con los personajes. La película funciona más en la cabeza que en el estómago.
Aun así, tiene mucho mérito. Con muy poco dinero, muy pocos espacios y una idea central, consigue mantenerse viva durante casi todo el metraje. Eso no es fácil. Muchas películas con más medios no tienen ni la mitad de personalidad. Aquí hay una confianza total en el diálogo, en el concepto y en la inteligencia del espectador. Y aunque no todo sea fino, esa apuesta se agradece.
El final me parece eficaz, aunque quizá algo demasiado cerrado para una película que vive tan bien en la duda. Me gusta más cuando permite que no sepamos del todo qué creer, cuando la historia existe en ese punto intermedio entre confesión, experimento, delirio y posibilidad fantástica. Cuando intenta rematar con más contundencia, funciona, pero pierde un poco de misterio.
Al final, me queda como una buena película de ciencia ficción de ideas: original, entretenida, muy escrita y con alma teatral. No la pondría en el altar de las obras maestras, porque cinematográficamente es limitada y a veces se nota demasiado su estructura de debate. Pero sí tiene una premisa magnífica, una conversación absorbente y la capacidad de quedarse dando vueltas en la cabeza después de verla. Buena, sí; obra maestra, para mí, no.