El frío pulso de la voluntad.
'Gattaca' es una de esas películas que me dejan con una indiferencia absoluta, como si el viaje hubiera sido correcto pero emocionalmente distante. No es problema de la historia -porque la premisa funciona y resulta estimulante-, sino de atmósfera. Su mundo sobrio, áspero, contenido y frío acaba levantando una barrera difícil de atravesar en casi todo el metraje. Todo está medido, limpio, calculado... y esa misma rigidez es la que, paradójicamente, me mantiene a distancia como espectador.
Lo que es difícil de ignorar es la espectacular fotografía. Un trabajo magnífico de Slawomir Idziak, con colores intensos y llamativos, casi agresivos -que por momentos me deslumbran, literalmente-, que terminan seduciéndome. Una belleza encontrada en cada encuadre, una voluntad estética muy clara. Donde empiezo a desconectarme es en la escenografía: espacios muy controlados, casi asépticos, que refuerzan el enfoque y concepto del film pero que también contribuyen a esa sensación de frialdad que lo impregna todo.
El núcleo temático de 'Gattaca' es sólido y reconocible: la idea de que el ser humano no puede reducirse a datos ni a estadísticas, la superación de los límites, cruzarlos y cuestionar hasta qué punto lo medible define la identidad. Un discurso interesante, tratado elegantemente, aunque nunca llega a sacudirme del todo en lo emocional.
Ethan Hawke sostiene gran parte de ese peso dramático con una interpretación afinada. Nunca lo había visto tan definido, tan consciente de lo que representa su personaje y de cómo transmitirlo. Su presencia es contenida, pero tensa, y cuya tensión es contagiosa cuando la historia empieza a desarrollarse. Uma Thurman lo acompaña con liderazgo, determinación y una mezcla muy humana de fortaleza y afecto. Juntos funcionan con una química serena, casi silenciosa, pero efectiva.
La primera media hora se me hace cuesta arriba. No por falta de ritmo, sino porque tardo en encontrar el punto donde realmente empieza a hervir todo. Cuando lo hace, todo gana cuerpo y logra que me incline en la silla, siguiendo el pulso emocional que marca Hawke. El guion, sorprendentemente, consigue hacer creíbles algunos clichés narrativos que podrían haberse sentido forzados, gracias a una ejecución honesta y bien medida. Lo más a destacar del guion son los diálogos. Una de las películas con mejores diálogos por su ingenio y elocuencia. Wow, digo cuando los escucho en varias ocasiones. Simplemente, brillantes.
Me parece una buena obra que no llega a convencerme del todo, pero tampoco me provoca rechazo. No la recordaré como una de mis películas favoritas de la ciencia ficción, ni como una experiencia transformadora, pero sí como una distopía culta, elegante y entretenida, de esas que dejan un recuerdo amable, aunque algo frío, con el paso del tiempo.