Uno tan diferente como yo tiene todos los ingredientes para funcionar.
Una historia real.
Personas de mundos completamente distintos.
Una amistad inesperada.
Culpa.
Redención.
Fe.
Pérdida.
Y uno de esos relatos que inevitablemente terminan buscando que el espectador salga emocionalmente tocado.
Y sí.
Terminé llorando.
El problema es que no estoy seguro de que la película se haya ganado completamente esas lágrimas.
Porque durante buena parte de la historia me ocurrió algo bastante extraño:
no me creía a los personajes.
Y eso resulta especialmente problemático cuando la primera frase que acompaña a una película es “basada en hechos reales”.
Si ocurrió de verdad, ¿por qué la versión cinematográfica consigue que algunas relaciones parezcan tan fabricadas?
Ahí está para mí el principal problema.
La historia de Ron Hall, su mujer Debbie y Denver Moore tiene evidentemente algo extraordinario. Un matrimonio acomodado empieza a colaborar en un centro para personas sin hogar y termina estableciendo una relación profunda con un hombre que vive completamente fuera de su mundo.
Eso, por sí solo, ya tiene fuerza.
No hacía falta empujarlo tanto.
Pero la película parece tener miedo de que no sintamos lo suficiente.
Así que subraya.
Después vuelve a subrayar.
Y cuando cree que todavía podemos resistirnos, vuelve a hacerlo.
La música.
Las conversaciones.
Las miradas.
Las revelaciones.
Todo parece orientado constantemente hacia la siguiente emoción.
Y llega un momento en que empiezas a notar demasiado la mano del guion.
Greg Kinnear funciona bien precisamente porque tiene una forma bastante natural de interpretar a hombres imperfectos. Ron no empieza siendo especialmente admirable y eso es interesante.
Es egoísta.
Está demasiado cómodo dentro de su vida.
Ha cometido errores importantes.
Y la película tiene ahí un personaje con bastante material.
Renée Zellweger aporta calidez a Debbie, pero el guion corre el riesgo de convertirla demasiadas veces en una especie de conciencia moral perfecta.
Ella comprende.
Ella perdona.
Ella insiste.
Ella ve lo que los demás todavía no pueden ver.
Y cuando un personaje está construido permanentemente para representar lo correcto, empieza a perder algo de humanidad.
Con Denver ocurre algo parecido, quizá incluso más evidente.
Djimon Hounsou tiene presencia suficiente para hacer que muchas escenas funcionen solo con su voz y su mirada.
Pero el personaje pasa por transformaciones que en pantalla parecen demasiado rápidas.
Primero es prácticamente inaccesible.
Después empieza a abrirse.
Y poco después el guion parece necesitar que se convierta en la persona capaz de pronunciar las grandes verdades sobre la vida.
Puede que todo eso tenga una base real.
No lo discuto.
Pero el cine tiene que construir el camino.
No basta con decirme que ocurrió.
Tengo que creer cómo ocurrió.
Y ahí es donde la película me pierde varias veces.
La relación entre Ron y Denver debería ser el corazón absoluto de la historia, pero algunas etapas parecen existir porque sabemos que ambos tienen que terminar siendo importantes el uno para el otro.
Se llega al lugar correcto.
No siempre veo bien el camino.
Y eso debilita precisamente aquello que la película pretende celebrar.
También está la cuestión religiosa.
La fe forma parte de la historia y no tengo ningún problema con que esté ahí.
De hecho, me parece mejor cuando aparece de manera natural en las decisiones y en la forma que tienen los personajes de entender lo que hacen.
El problema empieza cuando la película se acerca demasiado al “cine con mensaje”.
Porque entonces cada personaje parece representar algo.
Uno necesita aprender.
Otro enseñar.
Otro perdonar.
Otro recibir una segunda oportunidad.
Y las personas empiezan a parecer funciones del mensaje.
Eso es exactamente lo contrario de lo que necesitaba una historia como esta.
Necesitaba imperfección.
Silencios.
Contradicciones.
Momentos incómodos.
Tiempo.
Porque una relación entre personas tan diferentes no puede resultar sencilla.
Y seguramente en la realidad no lo fue.
Cuando la película se permite bajar el volumen, funciona bastante mejor.
Los actores tienen nivel.
Kinnear.
Zellweger.
Hounsou.
Incluso Jon Voight.
Hay momentos en que simplemente estar con ellos resulta suficiente.
Pero demasiado a menudo el guion parece pensar que necesita ayudarlos.
Y entonces llega el sentimentalismo.
Lo paradójico es que termina funcionando.
Las lágrimas llegan.
Hay momentos difíciles de resistir emocionalmente.
Pero para mí una película no se convierte automáticamente en buena porque consiga hacerme llorar.
Hay muchas maneras de conseguirlo.
La cuestión es qué queda cuando termina la emoción.
Y aquí me queda sobre todo la sensación de que detrás había una historia mucho mejor que la película que la cuenta.
Eso quizá sea lo más frustrante.
Porque no estamos hablando de una ficción diseñada para manipularnos.
Estamos hablando de personas que existieron.
De relaciones que existieron.
De cambios que ocurrieron.
No hacía falta hacerlos más grandes.
Hacía falta hacerlos más humanos.
Uno tan diferente como yo tiene buenas intenciones.
Tiene un mensaje positivo.
Tiene actores capaces de emocionar.
Y consigue finalmente aquello que busca:
que llores.
Pero una historia real debería tener una ventaja enorme.
Es una pelicula inspiradora, muestra cómo podemos cambiar nuestro entorno, si dejamos de ser indiferentes a quienes tenemos alrededor y nos comprometemos. La recomiendo, te hace volver a tener confianza en la humanidad.
En esta película es notable el cambio físico en su cara,está irreconocible.Se quito grasa de mejillas,prótesis en barbilla(parece prognata) y ojos más abiertos producto de cirugía plástica.No estaba mal,pero ahora se nota su baja autoestima.En fin cada quien su vida. La película es regular.