La premisa de Fe de etarras es potente y, sobre el papel, incluso valiente: un comando de ETA escondido en un piso mientras España celebra el Mundial de 2010. El contraste está ahí, la ironía es evidente y el punto de partida tiene algo provocador que invita a pensar en una comedia incómoda, afilada y quizá necesaria. El problema es que, una vez arranca, la película rara vez consigue convertir esa buena idea en algo realmente gracioso.
El humor de Borja Cobeaga nunca ha terminado de conectar conmigo, y aquí vuelve a pasar lo mismo. Hay una insistencia constante en un tipo de gag muy básico, casi infantil por momentos, que choca con lo delicado del tema. No porque no se pueda hacer humor con esto —se puede y se debe—, sino porque la película parece conformarse con lo obvio, repitiendo esquemas y chistes que no terminan de despegar.
El tono es extraño: quiere ser mordaz, pero a menudo se queda en lo plano; quiere incomodar, pero rara vez llega a hacerlo de verdad. Se nota el esfuerzo por equilibrar lo político, lo humano y lo absurdo, pero el resultado no termina de cuajar. Hay diálogos ingeniosos y algún destello aislado, sí, pero no lo suficiente como para sostener el conjunto.
El reparto cumple, incluso cuando el material no siempre acompaña. Los actores hacen lo que pueden con personajes que están más definidos por la idea que representan que por lo que realmente son. Eso limita mucho cualquier posibilidad de sorpresa o evolución, y acaba volviendo la experiencia algo monótona.
Al final, Fe de etarras se queda en una comedia que se entiende más que se disfruta. Es fácil reconocer lo que intenta hacer y por qué ha sido tan defendida por parte de la crítica, pero en mi caso la risa casi nunca llega. La idea es original y el contexto interesante, pero el humor, que debería ser el motor de todo, no termina de funcionar.