No voy a engañarme: me ha gustado. Y bastante. Mucho más que Tron: Legacy, que siempre me pareció un espectáculo visual impresionante pero emocionalmente frío. Aquí hay más nervio, más ritmo y, aunque la historia no sea profunda, al menos avanza con intención.
Visualmente es un festín. Luces de neón, persecuciones imposibles, arquitectura digital que parece diseñada para verse en pantalla grande. Hay algo hipnótico en ese universo que mezcla videojuego, mitología tecnológica y blockbuster puro. No todo encaja con precisión quirúrgica, pero cuando la película pisa el acelerador funciona.
¿Es una obra compleja? No. El guion simplifica demasiado algunas ideas y hay momentos en los que se nota que ciertas escenas nacieron del “esto sería increíble en IMAX” antes que de la lógica narrativa. Pero, sinceramente, no me molestó tanto como a otros. La película sabe que es un espectáculo y no se disfraza de otra cosa.
Jared Leto divide, eso está claro. Su personaje no siempre conecta emocionalmente y a veces resulta más concepto que persona. Aun así, el conjunto se sostiene gracias al ritmo y a una puesta en escena que abraza el exceso visual sin complejos.
Y luego está lo mejor de todo: la banda sonora de Nine Inch Nails. Trent Reznor y Atticus Ross convierten cada secuencia en algo más grande, más oscuro, más físico. Hay momentos en los que la música eleva escenas que, sobre el papel, serían simplemente correctas. Aquí no es acompañamiento: es motor.
No es una revolución de la ciencia ficción ni un clásico instantáneo. Pero como experiencia sensorial y como regreso más sólido al universo Tron, me parece un acierto. Sales con el pulso acelerado y con ganas de volver a escuchar el score. Y eso ya es mucho.