El tema del racismo da mucho juego en las películas, pues allí se evidencia el trato vejatorio que se ha dado en la historia ( por desgracia todavía quedan flecos de odio) contra la raza afroamericana. Ocurre que cuando un tema está demasiado cargado porque da la casualidad de estrenarse varias cintas con la misma temática, entonces se puede hacer un poco cansino. Así por ejemplo, “Figuras ocultas” de Theodore Melfi donde el esfuerzo de esas mujeres que controlan el tiempo espacial siempre se deben esforzar el doble o más si quieren conseguir lo mismo que los blancos, “Moonligh”( mejor película en los Oscar 2017) de Barry Jenkins donde la sociedad te empujaba a ser un drogadicto por muy buenazo que seas en la infancia o tu adolescencia, estás condenado a la miseria de la droga, “Fences” de Denzel Washington también se vislumbra esa amargura de tener que aguantar las discriminaciones del personal por culpa del color de la piel ( todas ellas en pugna por la estatuilla del Òscar a mejor película del 2017). Otras que se quedaron fuera de la pugna como “Loving” de Jeff Nichols donde un matrimonio interracial no se puede casar según las leyes de ese estado de Virginia y en caso de que lo hagan en otro pueden ir a la cárcel en cuanto vuelvan a casa, o la cinta "El nacimiento de una nación" de Nate Parker donde la esclavitud, la tortura y la fuerza por arrancarse las cadenas de encima están latentes. La película que nos toca comentar aquí, Fences, es poco menos que un monólogo Denzel ( director y protagonista nominado al Óscar) con su familia y un repaso de su vida junto con las condiciones penosas que afronta la vida. Todo ello casi en forma de teatro que no va más allá que del patio de su casa que es donde se desarrolla casi toda la acción. Las disputas familiares y el repaso de una vida amarga por su condición racial son los temas centrales de la trama.
La película tiene pinta de ser un rollazo porque en un espacio tan reducido pasar más de dos horas parece harto difícil, sin embargo, con una interpretación poderosa y unos contenidos cargados hasta los topes de densidad realista mantienen el punto de interés alto. Y realmente consigue el objetivo: que no decaiga la atención de lo que vemos, porque los temas que toca nos dan de lleno en el blanco en muchas ocasiones. Esas disputas agrias de resentimiento que se dan entre padres e hijos siempre están presentes. Autoritarismo del primero siempre entendido por la necesidad de una responsabilidad de mantener a la familia con su sueldo, en cambio, el hijo no aprecia nada de esto, pues sabe que dispone de techo y comida con solo abrir la puerta de casa. Las prioridades de la vida tan diferentes para uno como para el otro: mientras que el hijo quiere una televisión ( estamos a mediados del siglo pasado), el padre pretende solucionar los defectos del tejado porque qué harás cuando caiga el peso del agua encima del aparto.
Por otra parte, está siempre latente el aspecto marginal de la raza. Así, por ejemplo, el protagonista es basurero y los de su raza nunca conducirán el camión sino que les tocará recoger la basura; o ,en otro caso, que los blancos estén mejor considerados en el bar de la esquina que ellos mismos que les colocan el plato lleno de carne y a ellos solo patatas y zanahoria. Los decibelios de crispación suben cuando Troy, el protagonista, comenta que va a tener un hijo, pero no de su mujer, aquí es donde se llega a lo más álgido del drama.
En fin, una cinta para reflexionar sobre aspectos de la vida que no se alejan mucho de la realidad actual y con una interpretación de Denzel prodigiosa.