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    Gente en sitios
    Críticas
    5,0
    Obra maestra
    Gente en sitios

    Fragmentos de España, circunvalaciones y rotondas, póngame un coñac por favor

    por Alejandro G.Calvo

    Para Juan Cavestany el mundo es un lugar entre ridículo y sublime, una comedia que, de tan desesperada, tiene tintes de película de terror. Por eso su Gente en sitios, más que un dislate after-Chanante, es un espejo convexo que nos devuelve nuestra propia imagen en una longitud de onda lo suficientemente distorsionada como para que confundamos nuestras debilidades con nuestros anhelos. En ella la desesperación existencial se expone como un continuo devenir de gags donde los límites de la realidad, literalmente, se desbordan;  cruel metáfora de un mundo que ha olvidado los mecanismos primarios de comunicación humana. En Gente en sitios los protagonistas andan desesperados por conectar, con alguien, con algo, con lo que sea; de ahí que sus respuestas sean extremas: cambiarse la cara, operarse las tetas, montar un restaurante mexicano, tanto monta, monta tanto. El mundo, por más posmoderno que sea, sigue aferrándose a los mismos códigos de conducta de la edad de piedra. O quizás peor, de ahí que muchos de los personajes que deambulan sin rumbo definido por las imágenes de la cinta hayan olvidado cómo se realizan actos tan básicos como beber, andar, dormir. Decía Luis Martínez que Gente en sitios no era una película, sino nosotros mismos deslocalizados. No se me ocurre mejor definición para este chiste agrio, aunque tremendamente divertido, donde la alta comedia se folla con destreza a la tragedia más vívida.



    Normal que la película de Cavestany sea la obra más revolucionaria de este 2013 –y aquí no pienso en nacionalidades; aunque la película sea 100% española, castiza en sus tipismos, fustigadora en sus tropos, ridícula en su retrato inmisericorde-, además de una puesta a punto de todas las inquietudes que el realizador ya había mostrado en su obra previa: El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo  (2004), Gente de mala calidad (2008), Dispongo de barcos (2010). Sin olvidarnos de El señor (2012), claro, puesto que ahí estaba el primer hombre deslocalizado (el germen que desembocaría en esta pandemia), solo (más que solitario), con un trabajo de mierda (más que rutinario) y lo suficientemente alienado como para tener que compartir sus penas (y unas pocas alegrías) con sus clicks de Playmobil como única compañía. Y es que en la obra de Cavestany se abrazan con fuerza asfixiante el surrealismo de Luis Buñuel, el cachondeo de Manuel Summers, el trampantojo pesadillesco de David Lynch y los huis-clos pos-humorísticos de Louis C.K. y Larry David. Lo dije en su día –con la fiebre desbocada tras ver por primera vez la película-: Gente en sitios podría ser, sin problema, El perro andaluz (1929) de nuestra era (aunque, pensándolo mejor, se acerca más a otra pieza clave buñueliana: La edad de oro (1930)). En ella habita esa voluntad de provocar una respuesta en el espectador que va mucho más allá de la mera experiencia estética.  Película impredecible, alucinada, esquizofrénica, violenta, delirante y desesperada (todo a la vez) que acaba tejiendo un paradigma casi poético sobre la necesidad, tan humana, de empatizar con “el otro”, de dar y recibir amor, tratando de buscar escollos a los que aferrarse en el cotidiano absurdo existencial.


    Nadie en el mundo debería dejar de ver esta prodigiosa película, prima hermana de la tristeza endémica de la obra de Daniel Clowes o de John Arne Sæterøy (Jason) –nadie duda que Gente en sitios sería también una excelente novela gráfica-, capaz de penetrar en nuestras mentes como un taladro envuelto en seda virgen. Ovación absoluta para Juan Cavestany que, como quién dice, con cuatro duros ha hecho una de esas películas a las que nadie le rendiría una adjetivación menor que la de obra maestra. Y a partir de aquí, ya sólo queda toda la vida por delante.

    A favor: Todo. Véanla. Vívanla. Bébansela. O hagan con ella lo que sus instintos primarios le demanden.


    En contra: Que algún despistado se la pierda (como ocurrió en el Festival de San Sebastián donde la marginaron en una sección paralela).

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