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    Frío en julio
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    3,1
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    Lourdes L.
    Lourdes L.

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    3,0
    Publicada el 4 de enero de 2015
    De la torpeza instintiva no pretendida a la pretensión voluntaria buscada y querida.
    "No, yo soy tu padre" le revela Darth Vader a Luke Skywalker en su legendaria tentación hacia el lado oscuro pero, ¿y si quien está en el lado oscuro es el hijo?, ¿tendría la misma fuerza, contundencia y escalofrío un "yo soy tu padre y he venido a matarte"?, porque en esos términos se mueve una historia sencilla y modesta en sus inicios, intrascendente en un acto defensivo que nadie recrimina/a nadie importa o preocupa excepto al protagonista involuntario, un buen hombre/padre devoto que protege a su familia y que, en su inconsciente pero arduo deseo de saber, va subiendo el calor, la energía, el impacto y frenesí de una historia que bulle con mayor fuerza a cada minuto y movimiento que da, un primer paso de un sólo personaje común y ordinario, vacío en su feliz ignorancia al que se le añade un segundo letal y temeroso, de gran incógnita hasta llegar a un tercero resolutivo de encrucijadas que permitirá poner las cosas en su sitio por duras, esperpénticas y andrajosas que sean y, hacer lo que se ha de hacer, tan simple y complicado como esa sentencia escrita, tan fácil y peligroso como mirar y no participar o tomar cartas en el asunto y decidir la persona que serás a partir de entonces, un señuelo equivocado que resultó no ser el bobalicón taciturno previsto, un detectivo curtido con cuenta pendiente de por vida y, un mal padre en defensa del honor de su desaparecido hijo que se encuentra con la sorpresa de elegir entre la agonizante verdad a resolver o, la infructuosa mentira servida que a todos contenta excepto a la permitida víctima de turno.
    Pausada, lenta y accidental en su inicio, fría, punzante y letal en su evolución cuenta con un trío protagonista espléndido, muy bien avenido, un recuperado y aún vivo, como actor, Don Johnson, un Sam Shepard curtido e incisivo para capturar el motivo de toda la historia y, un Michael C. Hall atrayente y sugestivo como digno representante del ciudadano medio que resulta ser de gran pureza, alto coraje, valentía oculta y bravo corazón.
    Se necesita poco mareo, escasas vueltas de farolillo para atontar al personal cuando se cuenta con un guión firme y certero, seguro y convincente que alecciona en su camino a seguir con precisión e impacto y, cuyo destino a lo Tarantino es atravesarlo dejando de lado las tonterías y florituras de embellecimiento inocuo.
    Si Tom Hanks dio su vida por la de su hijo contra un Paul Newman añorado que, a pesar de su amor incondicional por quien era como un hijo para él, hizo lo que tenía que hacer, aquí no resulta menos explosivo, inquietante y martir dicha hazaña pues, el mal ha germinado en la descendencia y hay que extirparlo a la velocidad, ferocidad y efectividad que sólo un buen thriller, de acción concisa, golpes firmes y andadura gélida puede conseguir en plena ola de ardor de un asfixiante julio.
    De la serenidad conocida de un bienestar a salvo a la locura cuerda de justicia impuesta cuando ésta hace oídos sordos a su responsabilidad, frenesí consciente de llegar a Caín en actitud de sequedad, austeridad y compañeros efímeros que une la casualidad amarga y rompe el cumplimiento del compromiso adquirido para nunca más volver a ser el mismo.
    Jim Mickle consigue elaborar una cinta de tinte añejo, placer de eclipsada mirada y respiración en vilo de tiempos pasados que revive con la suficiente habilidad para no defraudar aunque, tampoco ocupa los primeros puestos de la parrilla pero, viendo el catálogo de filme a imagen y semejanza unos de otros, sosos y repetitivos, este aire tormentoso de cizaña indecoroso que infecta el ambiente es apetitoso y sabroso al captar tu atención con empeño y mantener intacto, con moderación, un interés que permite devorar la cinta con gusto, motivación y exigencia complaciente.
    Heladas temperaturas para un mes de calor insoportable que incendia conciencias y aniquila toda esencia virgen y pura con el resquemor del deber cumplido, de ser el cartero, sin piedad ni compasión y con osada tentativa, que reparte la misiva marcada que corresponde y merece el destinatario.
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