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Christian Martínez
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3,5
Publicada el 2 de septiembre de 2026
La fuerza expresiva de Chaplin.
No suelo ser una persona que se emocione con facilidad frente a la pantalla; busco siempre un cine que me parta por dentro, me descoloque y me haga enfrentar dilemas morales de doble filo. Aunque por desgracia, esta película tampoco logre eso, sí que contiene una de las mejores secuencias iniciales que he visto en el cine. Es soberbia la manera en que Chaplin --aquí como director, guionista y productor, pero casi ausente en el reparto-- se galardona como uno de los mayores exponentes de la luz expresionista, otorgando a la iluminación un carácter narrativo, psicológico y espacial memorable.
Un arranque que me evoca una atmósfera prácticamente gótica, algo totalmente inesperado al no contemplar la idea de una película oscura en la filmografía del director. La casa de la protagonista parece una cárcel impenetrable. Edna Purviance, en una interpretación deslumbrante, encarna a Marie St. Clair, una joven infeliz que necesita romper con sus ataduras. Para lograrlo, busca la ayuda de su amado Jean Millet (Carl Miller). Marie permanece encerrada en su habitación porque su padre (Clarence Geldart) ha echado la llave por fuera, pero esto no la frena y decide escapar por la ventana. Las tomas exteriores de la vivienda entonces poseen una fuerza expresiva admirable: la luz define las estructuras al tiempo que profundiza el oscuro presagio que aguarda a la pareja, dotando de una inmensa carga psicológica al entorno y convirtiendo la residencia en un recinto tenebroso.
Esta iluminación dialoga con los elementos figurativos en la casa de Jean. Cambiando muy ligeramente su clave a una un pelín más oscura o más clara, dependiendo de la relevancia del escenario. Por ejemplo, en la primera vez que estamos en su casa los rostros resaltan mucho más, para realzar la humanidad dramática de la escena; en la segunda vez que vamos, el espacio es tan importante como los propios personajes, por lo que está mínimamente más aclarado. Pero el punto álgido de la emoción llega cuando Marie decide partir sola. La luz que incide sobre ella proviene de los ventanales del tren al llegar. Es su última oportunidad para fugarse. La decisión de no mostrar explícitamente su ascenso al vagón es brillante, porque mostrar el medio de transporte habría acortado la distancia con respecto yo y ella. Y la gracia del momento está en dejarla partir en soledad.
El punto de quiebre ocurre conectado la siguiente secuencia: Marie reaparece refinada, elegante y con un secreto sutilmente guardado en su rostro. Deduzco mediante prejuicios sociales que no ha alcanzado esa posición por méritos propios, sino al amparo de Pierre (Adolphe Menjou), quien le proporciona joyas y privilegios de alta clase. Chaplin es agudo al cuestionar la riqueza, sugiriendo que muchos no la poseen por esfuerzo, sino a través de terceros. El glamour es a menudo superficial. De hecho, el director critica este entorno haciendo que Marie enfatice que no anhela únicamente una vida material, declarándose más humana al desear formar una familia y ser feliz.
La tesis de que el dinero no da la felicidad y que el secreto de esta reside en servir a otros me da rechazo profundo. El dinero permite llenar el frigorífico y dormir bajo un techo cálidamente en invierno; sostener lo contrario me produce un coraje agresivo Sin embargo, cada quien tiene su filosofía. Chaplin era un cineasta sublime, lo que no implica que deba coincidir siempre con sus ideas.
Hablando de personajes ricos, los secundarios pierden interés paulatinamente para mí. Los percibo como marionetas de guion diseñados para enfrentar conceptos: el amor puro, el materialismo, mentirosos y aprovechados, entre otras facetas de las asquerosidades sociales. Aunque en esto se basa la crítica social, Edna es la única a quien observo con respeto. Es la más digna y cercana a una buena moral. El inconveniente es que, a medida que la historia se diluye en los entramados entre personajes, pierde parte del carisma y la apetencia por mirar la pantalla, pero la actriz jamás disgusta.
De todas formas, aunque no me llegue a gustar del todo el arco de personajes, sí que destaco una de las escenas más raras y bizarras del cine del humorista: una mujer desnudándose de forma morbosa por un hombre, montando espectáculo para un público mixto que disfruta la vista. Me deja completamente anonadado. Me pilla tan de sorpresa como cuando vi por primera vez los ritos de 'Eyes Wide Shut' con la música de Jocelyn Pook, aunque es obvio que el impacto no es el mismo.
La película en el fondo me gusta. Tiene un inicio encantador, aunque sea oscuro y triste a más no poder y descarrile poco a poco al adentrarse en los embrollos sociológicos que el director busca denunciar, además de desembocar en unos últimos momentos bastante predecibles, por lo que me habría ahorrado algunas conversaciones e interacciones para ganar una dirección más precisa, pero la película funciona como una tesis sobre el dinero y el amor que puede ser interesante a cualquier. El problema es que no me parto la cabeza pensando, porque ante el dilema planteado, escojo ambas opciones: dinero y amor.