Una cadena de sucesos inusuales, visualmente encantadores, macabros, poéticos y profundamente simbólicos. Así podemos describir a primera vista esta historia de amor y de búsqueda de identidad narrada desde un punto de vista extraño.
¿Por qué veríamos una historia de una mano cortada que se mueve sola? No lo sé, pero sin ningún reproche puedo asegurar que esta es una de las decisiones creativas más brillantes que ha dado el cine de animación reciente.
Jérémy Clapin presume su extravagante imaginación al convertir el recorrido de una mano que se arrastra por la ciudad de París en una experiencia cargada de sentimentalismo y reflexión. Entre contratiempo y contratiempo nos impregnamos en una melancolía que conecta directamente con el vacío interior de Naoufel, el dueño de la mano y protagonista de la historia.
Este relato no es realmente de la mano, sino de Naoufel y todo aquello que le falta: un propósito. Mientras la mano insiste en volver a su cuerpo, Naoufel aprende a seguir adelante sin ella. El contraste es muy hermoso y devastador a la vez. La mano quiere reparar un daño irreversible, pero Naoufel, en cambio, en un final lleno de mucho significado, entiende que no todo lo roto necesita ser arreglado para poder vivir.
Naoufel prevalece pese al accidente de su mano, y decide (inconscientemente) no pegarse a ella. El encuentro que la trama nos promete en el primer acto por fin se da en ese gesto que encierra la tesis de la película: burlar al destino. Evitar todas las versiones posibles de una tragedia anunciada (desde una muerte con sus padres, pasando por un posible suicidio en el salto a la grúa y rozando la depresión, la vida sin sentido), así es como elige seguir su vida al margen de la incertidumbre.
Esta película tiene mucho y dentro de ese mucho no hay nada de ordinario. Su final no es complaciente y su narración no está armada a base de arcos de superación clásicos. Naoufel no se queda con la chica, no triunfa profesionalmente ni se le soluciona la vida. En medio de su melancolía nos lanza un mensaje lleno de madurez y se retira en silencio pero satisfecho.
Que Toy Story 4 haya ganado el Oscar por encima de esta obra es una de las pruebas más claras de por qué no conviene glorificar premios que rara vez se sustentan por una objetividad artística pura. Para nadie es un secreto que en muchas ocasiones pesan más los intereses industriales, el marketing y la maquinaria de las grandes productoras que el riesgo creativo y la verdadera autoría.