Me resultó entretenida, aunque entiendo perfectamente que haya sido tan vapuleada. No me pareció una gran película ni una adaptación especialmente sólida, pero tampoco la viví como ese desastre absoluto que describen muchas críticas. Tiene problemas evidentes de ritmo, de estructura y de emoción, sí, pero también tiene una historia suficientemente atractiva, un reparto potente y una envoltura visual tan cuidada que, al menos a mí, me mantuvo dentro.
La premisa me parece muy buena: un chico marcado por una tragedia, un cuadro que queda unido a ese trauma, una vida partida desde la infancia y una sensación constante de culpa, pérdida y desarraigo. Sobre el papel, ahí hay material para una película enorme. El problema es que la película quiere abarcar tanto de la novela que a veces parece ir dando saltos entre momentos importantes sin conseguir que todos respiren igual. Se nota demasiado la compresión.
Aun así, me interesó el viaje de Theo. Ese niño que sobrevive a algo terrible y arrastra durante años una mezcla de dolor, secreto y fascinación por una obra de arte tiene algo poderoso. La película funciona mejor cuando se centra en esa herida: en cómo una pérdida puede congelar una parte de la vida, en cómo un objeto puede convertirse en refugio y condena, y en cómo alguien puede crecer sin terminar nunca de salir de aquel instante que lo rompió.
Visualmente es preciosa. Ahí creo que incluso quienes la detestan tienen que reconocer que hay una elegancia clara. La fotografía de Roger Deakins, los interiores, los colores, los museos, las casas, los desiertos y los espacios más fríos o más decadentes le dan un acabado muy atractivo. A veces la película parece más segura como superficie que como drama, pero esa superficie ayuda mucho a verla. Es una película bonita, incluso cuando lo que cuenta es triste.
El reparto también suma. Ansel Elgort puede resultar algo plano en algunos momentos, pero no me molestó tanto como a otros. Oakes Fegley, en la parte infantil, me parece más convincente, porque transmite mejor la confusión y el golpe inicial. Nicole Kidman aporta una elegancia distante que encaja muy bien con su personaje, y Jeffrey Wright da humanidad y calma a una parte de la historia que agradecí bastante. También está ese Boris que introduce una energía más caótica y juvenil.
Lo que falla es que la emoción no siempre llega con la fuerza que debería. La película habla de duelo, trauma, arte, culpa, amor, amistad, adicción y destino, pero no siempre consigue que todo eso pese. Hay escenas que deberían romperte un poco y se quedan en algo correcto, bien iluminado y bien vestido, pero emocionalmente algo lejos. No es que no haya sentimiento, es que muchas veces está amortiguado por una narración demasiado solemne y fragmentada.
Entiendo la crítica de que parece una adaptación demasiado respetuosa y a la vez insuficiente. Quiere meter mucho, quizá demasiado, y por eso algunas relaciones no terminan de cuajar. El vínculo con el cuadro, que debería ser el corazón simbólico de todo, a veces se siente más explicado que vivido. La película te dice que ese objeto importa muchísimo, y lo entiendes, pero no siempre lo sientes con la intensidad necesaria.
Sin embargo, no la despreciaría. Hay películas fallidas que aburren o irritan, y esta a mí no me produjo eso. Me pareció irregular, sí, pero también elegante, melancólica y bastante fácil de seguir. Tiene algo de folletín dramático de lujo, de historia de vidas dañadas por un accidente inicial, de melodrama literario que no termina de volar pero que se deja ver con interés. Quizá no emociona como debería, pero tampoco me dejó fuera.
Me gustó especialmente la idea de cómo el arte puede quedar pegado a un recuerdo traumático. El cuadro no es solo un objeto valioso, sino una especie de resto material de una vida destruida. Esa conexión entre belleza y culpa, entre conservación y robo, entre memoria y obsesión, me parece lo más interesante de la película, aunque no siempre esté desarrollado con toda la fuerza posible.
Al final, me queda como una película entretenida, bonita y claramente imperfecta. No es el gran drama que seguramente pretendía ser, ni parece capaz de trasladar toda la profundidad de la novela, pero tiene suficientes elementos para que no me arrepienta de haberla visto: una historia atractiva, una fotografía magnífica, buenos actores y una tristeza elegante que, aunque a veces se quede en la superficie, le da cierta personalidad. Fallida, sí; inútil, no.