La casa del pánico
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Jordirozsa
Jordirozsa

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3,0
Publicada el 27 de mayo de 2025
Imagina a dos viejos amigos reencontrándose tras años sin verse. Uno sigue soltero; el otro, casado. El soltero suspira: «¿Sabes qué es peor que no encontrar a la mujer de tus sueños? Esa sensación de vacío cuando abres la nevera y no hay nada». El casado se ríe: «Te entiendo, colega. En mi caso, es cuando veo la cama… y me doy cuenta de que tengo que ir a la nevera.»

The Disappointments Room (2016) ya nació con problemas. Las dificultades financieras de la productora lastraron desde el principio su campaña de marketing y la distribución, dejándola medio huérfana. El director . Caruso, más curtido en thrillers de acción como Disturbia o xXx: Reactivado, se notaba fuera de lugar, firmando una cinta con el ritmo de la melaza y un guion más plano que una tortilla francesa.

Aun así, no todo está perdido. El director de fotografía, Rogier Stoffers, dibuja una paleta visual que capta la esencia de la nueva casa de los Barrow: verdes frondosos para el bosque que rodea la propiedad, azules apagados para las escenas nocturnas y tonos cálidos que sugieren el pasado familiar. Su técnica de capas visuales refuerza, sin necesidad de palabras, los conflictos internos de Dana, la protagonista.

La banda sonora orquestal de Brian Tyler es el verdadero salvavidas del film. Sus motivos recurrentes hilvanan la narración y le añaden una carga emocional que a veces el guion no consigue sostener por sí solo.

El diseño de producción apunta a una estética victoriana, con los Barrow mudándose a una mansión decimonónica majestuosa. La casa, con su imponente escalera y ese ático que da mal yuyu, parecía ideal para lo que se venía… hasta que la arruinan con interiores demasiado pulcros y anacronismos inexplicables, como unos neones rojos en el comedor que te sacan del contexto de época y te meten en un bar de carretera.

Kate Beckinsale se adueña del escenario con una intensidad tal, que el resto del elenco orbita a su alrededor como lunas desganadas ante un sol cegador. Los secundarios apenas respiran: sus tramas apenas se esbozan antes de quedar amputadas. El marido, David, tan dulce como el sirope, pero con menos sangre que un brócoli cocido, se limita a ser el esposo apañado, mientras el pequeño Lucas flota por la historia como una luciérnaga perdida.

Entre los personajes secundarios, Gerald McRaney aporta peso y presencia, y Lucas Till —bendito sea su encanto sureño— inyecta algo de energía cruda en un ambiente demasiado encorsetado. Algunos roles tienen clara intención simbólica, pero su ejecución se queda a medias, como si el polvo del desván cubriera también sus significados.

Eso sí, hay algunos chispazos de estilo valiente. Destaca un breve tramo de «cross editing» que logra generar una auténtica tensión narrativa. Y, visualmente, se juega con metáforas poderosas: la casa como reflejo de la mente, el deterioro estructural como espejo de la ruina emocional, y los espejos rotos como símbolo de una identidad hecha trizas.

Aun así, cuesta quitarse de encima la sensación de que había una película mucho más atrevida y potente atrapada aquí dentro, como un fantasma encerrado en una habitación sin llave. Al intentar abarcar drama psicológico, duelo familiar y terror sobrenatural, acaba diluyendo cada uno de ellos, como un té helado que se ha quedado demasiado tiempo al sol.

Al final, The Disappointments Room hace honor a su nombre. No por su idea, que tenía potencial, sino por cómo se lleva a cabo. Es ese tipo de película que te deja tan insatisfecho que acabas abriendo tu propia nevera… y lo único que encuentras son sobras y un regustillo de decepción.
cine
Un visitante
1,5
Publicada el 11 de agosto de 2019
Uff, película catalogada como de terror pero que en ningún momento llega ha asustar ni incomodar, es más, proboca sueño. Sinceramente creo que ni para pasar el rato la recomendaría, si para perder el tiempo si se dispone de mucho.
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