Rozando lo insulso.
'Mean Streets' no despierta en mí un entusiasmo inmediato. Hay algo en su planteamiento --en la historia y en buena parte por los personajes-- que me genera un gran desinterés inicial. No es rechazo frontal, pero sí una distancia que a priori me impide conectar. Y cuando el espectador no conecta con la película...
Harvey Keitel es una figura conocida y, curiosamente, cómoda. Ya me había dejado buenas impresiones en 'Who's That Knocking at My Door' y aquí encarna de nuevo, casi de forma literal, al mismo hombre: misma mirada hacia las mujeres, mismo peso católico, misma culpa. La Biblia sigue siendo la brújula moral. Vuelvo a disfrutar de su personaje. Es entretenido verlo debatirse entre fe, deseo y lealtad. Con Robert De Niro la cosa es ambigua inicialmente. No termina de encajarme. Es cuando empiezo a entender su personaje y reconocer sus trucos interpretativos, que la cosa cambia. No decepciona. Sabe liderar la escena, tensarla, cargarla de carisma. Es su personaje el que se convierte prácticamente en el centro gravitacional de la trama. El resto de personajes funcionan más como instrumentos para el desarrollo de la trama que como fines en sí mismos. Funcionan casi únicamente para el desarrollo entre Keitel y De Niro.
La historia roza lo insulso. Hay instantes en los que necesito recodarme de qué va la película para no sentir que solo veo imágenes encadenadas. El romance, el sexo y la violencia siguen siendo los pilares dramáticos de Scorsese. Las peleas son por honor, territorio y orgullo. Es un terreno mucho más masculino, más físico, más dominado por códigos no escritos entre hombres.
Es a partir de la mitad cuando verdaderamente todo hace clic. Las piezas me encajan más, observo un tono mucho más definido y mi interés. Unas últimas secuencias que me fascinan, que se quedan conmigo --o yo con ellas--. No mejora todo lo anterior, pero da mucho más sentido.