Desde una perspectiva crítica, To the Bone resulta una película profundamente cuestionable en su forma de abordar los trastornos de la conducta alimentaria. Lejos de explicar las causas reales que llevan a una persona a obsesionarse con su cuerpo, su peso o su estado físico, la obra termina ofreciendo una representación superficial que, en determinados aspectos, puede incluso resultar contraproducente. En lugar de desmontar la enfermedad, la narrativa corre el riesgo de reforzarla al mostrar conductas y “estrategias” que pueden ser interpretadas como nuevos métodos para adelgazar.
La película no logra reflejar adecuadamente la dismorfia corporal que caracteriza a este tipo de trastornos, ni transmite con claridad un mensaje coherente o responsable. Resulta difícil identificar qué pretende comunicar: si una advertencia, una reflexión o una simple dramatización. Cuando una obra cinematográfica se centra en un trastorno mental, debería mostrarlo con fidelidad, exponiendo la crudeza de la realidad, la complejidad del sufrimiento psicológico y la enorme dificultad que supone convivir con la enfermedad incluso cuando se cuenta con apoyo profesional.
En este sentido, la representación del tratamiento clínico dista considerablemente de la realidad. En los entornos hospitalarios, el control es estricto: se supervisa la ingesta completa de los alimentos, se prohíbe cualquier tipo de ejercicio físico y se evita la interacción entre pacientes que pueda derivar en conductas de retroalimentación o negociación dañina. Estos aspectos fundamentales quedan diluidos o ausentes en la película, lo que contribuye a una visión distorsionada del proceso terapéutico.
Desde la experiencia personal de haber padecido bulimia, la película tampoco consigue transmitir la magnitud del daño físico y psicológico asociado a este trastorno. La bulimia no se reduce únicamente al acto de vomitar: implica el deterioro progresivo del cuerpo, como la destrucción del esmalte dental hasta la pudrición de los dientes, la aparición de hematomas e inflamación en el rostro, lesiones severas en la garganta y el esófago, e incluso consecuencias irreversibles que pueden obligar a una persona a alimentarse mediante una sonda de por vida. Este nivel de gravedad, que forma parte de la realidad de muchas personas afectadas, queda completamente invisibilizado.
Asimismo, la película no aborda la culpa constante tras la ingesta de alimentos, los episodios de atracones ni el papel nocivo que desempeñan ciertos espacios —especialmente en redes sociales— donde la enfermedad se refuerza, se normaliza y se perpetúa. Aunque es cierto que la obra no está ambientada en el contexto digital actual, ello no justifica la omisión de estos elementos esenciales para comprender el trastorno en toda su dimensión.
En última instancia, To the Bone reduce una enfermedad compleja y multifactorial a una premisa excesivamente simplista: “si no comes, mueres”, como si esa afirmación, por sí sola, pudiera generar un cambio real en quienes la padecen. Lejos de ofrecer comprensión, prevención o esperanza, la película corre el riesgo de dejar un mensaje implícito y perjudicial: la sensación persistente de que siempre se debería pesar menos.