Me dejó una sensación bastante dividida. La historia real de Francesc Boix es potentísima: un republicano español deportado a Mauthausen, obligado a moverse dentro del horror nazi y capaz de conservar pruebas fotográficas de un valor enorme. Solo eso merece respeto. El problema es que una cosa es la importancia de la historia y otra que la película esté a su altura. Y a mí me pasó más lo primero que lo segundo.
No me entró como otras películas sobre el Holocausto, la deportación o la supervivencia en campos de concentración. El tema impresiona, claro, pero la película no consiguió meterme dentro con la fuerza que debería. Entiendes la gravedad, ves el horror, sabes que lo que cuenta importa, pero muchas veces lo vives desde cierta distancia. Me pareció una película digna, pero demasiado novelesca, demasiado construida como thriller histórico correcto, sin la punzada devastadora que este material podía tener.
Mario Casas me sorprendió algo más de lo esperado, sobre todo porque aquí no usa tanto esa voz apagada y cerrada que tantas veces me saca de sus películas. Hay un esfuerzo por cambiar el registro, por hablar de otra manera y por acercarse a Francesc Boix con más claridad. Eso lo agradecí. No diría que desaparece dentro del personaje, porque en bastantes momentos sigo viendo a Mario Casas, pero al menos no me molestó tanto como temía.
Eso sí, físicamente me costó creérmelo. Sé que adelgazó para el papel y que Boix no estaba exactamente en la misma situación que otros prisioneros destinados a trabajos más brutales, pero aun así hay algo en su cuerpo que chirría dentro de un campo como Mauthausen. Sigue teniendo una presencia demasiado fuerte, demasiado atlética, demasiado de actor principal que ha reducido peso sin perder del todo la estructura. Y en una historia así, eso afecta a la inmersión.
La película también tiene un problema con algunos secundarios. Alain Hernández aporta humanidad en varias escenas, pero otros personajes quedan bastante planos. Macarena Gómez, por ejemplo, me sacó bastante. En comedia puedo comprarle esa energía más marcada, pero aquí, en un drama histórico de este tipo, su presencia me resultó demasiado reconocible y algo afectada. No terminé de ver al personaje; veía a la actriz actuando.
Lo mejor está en la idea de las fotografías. Ahí sí hay un núcleo muy poderoso: la imagen como prueba, como memoria, como resistencia frente a quienes quieren borrar sus crímenes. Que Boix y otros presos arriesgaran la vida para conservar esos negativos tiene una fuerza enorme, y la película acierta cuando se centra en esa dimensión.
También hay momentos con cierta tensión. La vida dentro del campo, los movimientos clandestinos, la necesidad de esconder pruebas, la vigilancia constante y la sensación de que cualquier gesto puede costar la vida funcionan. La escena de degradación extrema de un prisionero tiene fuerza porque no necesita adornarse demasiado: basta con mostrar el hambre, el miedo y la deshumanización.
Pero el conjunto se queda corto. La dirección es correcta, la ambientación tiene mérito y se nota la intención de hacer una película seria, pero todo parece demasiado ordenado, demasiado fácil de seguir, casi demasiado “peliculeado”. En vez de sentir que estás atrapado en un infierno, muchas veces parece una recreación competente de una historia tremenda.
Además, al lado de obras como La lista de Schindler o El pianista, las limitaciones se notan mucho más. No porque todas las películas sobre este tema tengan que compararse con esos gigantes, sino porque esas obras consiguen convertir el contexto histórico en experiencia física, emocional y moral. Aquí el contexto pesa por sí mismo, pero los personajes no siempre tienen el relieve necesario.
Tampoco me convenció del todo el tramo de thriller. Cuando la película se centra en esconder negativos, burlar a los nazis y sostener la tensión de la misión, funciona mejor; pero cuando se acerca a la confrontación directa, pierde gravedad y se vuelve más convencional. Entiendo la necesidad de darle forma dramática, pero a veces parece que la historia real queda encajada en moldes demasiado reconocibles.
Aun así, no la despreciaría. Tiene una historia que merece ser contada, una base histórica muy poderosa y momentos que transmiten desasosiego. También agradezco que rescate la memoria de los republicanos españoles en Mauthausen, algo que no siempre ha tenido el espacio que debería en el cine popular. Esa parte, por sí sola, le da valor.
Al final, me queda como una película correcta, respetable, pero limitada. Me interesó más por lo que cuenta que por cómo lo cuenta. No me pareció un desastre, pero sí una oportunidad a medias: una historia extraordinaria convertida en un drama histórico demasiado convencional, con un Mario Casas más contenido de lo habitual pero no siempre convincente, y con una emoción que debería haber golpeado mucho más. Digna, sí; grande, no.