Me gustó, aunque no la veo como una película perfecta. Tiene algo que entra muy bien si te apetece terror de culto, islas perdidas, fanatismo religioso, sangre, barro y secretos podridos. No es una de esas películas que vayan directas al susto fácil, sino más bien una historia de ambiente enrarecido que va cocinando poco a poco la sensación de que todo en esa comunidad está mal, muy mal, aunque al principio nadie quiera explicarlo del todo.
La premisa funciona porque tiene fuerza clásica: un hombre llega a una isla aislada para rescatar a su hermana, secuestrada por una secta religiosa que ha construido allí su propio mundo. Ya solo con eso la película conecta con ese terror folk de comunidades cerradas, líderes iluminados, normas extrañas y rituales que parecen nacer de una mezcla de fe, miedo y hambre. Me gustó ese aire de pesadilla rural, de lugar separado del resto del mundo donde la razón no tiene demasiado sitio.
Dan Stevens sostiene bien el viaje. Su personaje llega como un tipo roto, nervioso, lleno de secretos y dispuesto a meterse en una boca de lobo. No es el héroe más carismático del mundo, pero sí funciona como mirada externa, como alguien que va descubriendo con nosotros la lógica enferma de la isla. Tiene presencia física, aguanta bien la tensión y transmite esa mezcla de desesperación y violencia contenida que la historia necesita.
Michael Sheen también me gustó mucho. Su líder religioso no es simplemente un villano de opereta, sino alguien que parece convencido de haber levantado una comunidad salvadora mientras todo se le pudre alrededor. Ahí la película acierta: muestra cómo una utopía religiosa puede convertirse en cárcel, cómo la fe se mezcla con el poder y cómo los supuestos elegidos acaban justificando cualquier barbaridad en nombre de una promesa colectiva.
La atmósfera es de lo mejor. La isla, las casas, la tierra, los cuerpos sucios, los interiores iluminados con velas y esa sensación permanente de humedad y amenaza crean un mundo muy reconocible y muy incómodo. No siempre da miedo en sentido puro, pero sí genera malestar. Es una película que huele a madera mojada, sangre vieja, encierro y superstición. Ese trabajo de ambiente la sostiene incluso cuando la trama se vuelve más irregular.
También se nota la mano de Gareth Evans en la violencia. No es una película de acción como The Raid, ni falta que hace, pero cuando estalla la brutalidad se siente física, dolorosa y bastante salvaje. Hay momentos realmente desagradables, de esos que te hacen apartar un poco la mirada. La violencia no siempre es elegante, pero sí tiene impacto. Y en una historia sobre fanatismo, sacrificio y control del cuerpo, esa crudeza encaja bastante bien.
Ahora bien, el conjunto se enreda más de la cuenta. La película empieza con una idea muy clara y muy potente, pero poco a poco va acumulando secta, misterio familiar, mitología sobrenatural, castigos, traiciones, monstruos, ritos y subtramas hasta que el relato pierde algo de limpieza. Hay momentos en los que parece que quiere ser varias películas a la vez, y no todas tienen la misma fuerza. Esa ambición le da personalidad, pero también la vuelve algo descompensada.
Me interesó más cuando se mantiene cerca del misterio de la comunidad que cuando explica demasiado su mitología. El terror de los fanáticos, de los sermones, de las normas absurdas y de la obediencia ciega me parece más potente que algunas derivaciones sobrenaturales. La película funciona muy bien cuando deja que la isla parezca un organismo enfermo; pierde algo cuando necesita ordenar todas sus piezas y dar respuestas.
También es algo larga. No me aburrí, pero sí sentí que podía haber sido más afilada con menos metraje. Hay tramos que respiran bien y otros que se estiran demasiado. El ritmo de cocción lenta le favorece al principio, porque ayuda a crear misterio, pero hacia el final tanta acumulación de sangre, fuego y revelaciones hace que pierda parte de la tensión inicial.
Aun así, la vi con interés. Tiene personalidad, imágenes potentes, una ambientación muy trabajada y ese gusto por llevar las cosas bastante lejos que se agradece. No es un folk horror fino o perfecto, pero sí uno con cuerpo, suciedad y una energía rara. Incluso cuando se pasa de rosca, se nota que hay una visión detrás, una voluntad de construir un mundo propio y no limitarse a copiar una fórmula de terror para plataforma.
Al final, me queda como una película notable, irregular pero muy disfrutable si entras en su tono. Me gustó por su atmósfera, por su secta enfermiza, por su violencia salvaje y por esa mezcla de religión, tierra, sangre y locura que va creciendo hasta volverse casi alucinada. Le sobran minutos y le faltaría algo más de precisión, pero tiene suficientes imágenes, tensión y mala baba como para dejar huella.