Carla Simón, una gran promesa del cine español.
'Verano 1993' es el tipo de cine que se construye desde la calma, desde la mirada, desde pequeños gestos que van acumulando significado con el paso del tiempo. Debo admitir que su inicio me resulta algo difícil de atravesar. No porque esté mal planteado, sino porque no despierta una curiosidad inmediata. Es más bien, una entrada silenciosa, tímida, que parece pedirme cierta predisposición a la contemplación y la calma. Durante los primeros minutos estoy esperando una buena razón para empezar a implicarme emocionalmente. Y le concedo esa oportunidad que muchas películas necesitan para desplegar su verdadera intención.
Poco a poco, empiezo a darme cuenta de su naturaleza. La historia se articula alrededor de una niña que ha perdido a sus padres y que, a pesar de su corta edad, es plenamente consciente de esa ausencia. Se explora el drama desde una forma directa y enfática, con silencios, gestos y comportamientos de la protagonista, Laia Artigas. Es un drama que no llora ni busca hacer llorar. Desde mi perspectiva, es más bien un relato de adaptación: el proceso por el cual una niña intenta reorganizar no solo su mundo, sino también el del resto, después de una pérdida demasiado grande para su edad.
Aparecen actitudes y escenarios que pueden ser incómodos. Momentos en los que la protagonista parece manipular situaciones, como parte de ese proceso de recuperación. Un punto interesante es que no solo se juzga a la niña, porque yo lo he hecho constantemente, sino también se juzgan las consecuencias emocionales de lo que ha vivido.
Se alternan momentos de ternura, de incomodidad y de una tristeza silenciosa que atraviesa la historia de forma constante. Inevitablemente pienso a veces: "pobre niña, todo lo que ha tenido que vivir para reaccionar así". Esa sensación de fragilidad emocional se convierte en el corazón latente del relato. Y gran parte de toda la intensidad, proviene de la sorprendente interpretación de Laia Artigas. Su trabajo sostiene prácticamente todo el drama. Lo más admirable es la capacidad que tiene de provocar emociones muy distintas a lo largo del trayecto. A veces se me hace exasperante, desagradable, especialmente con Anna (Paula Robles). Sin embargo, esas sensaciones funcionan perfectamente porque nacen de forma humana. Parece que la niña lo vive, no que lo interpreta.
Son interpretaciones que no quieren agradar, sino mostrar contradicciones y actitudes naturales que puede tener un niño con su forma de pensar y ver el mundo.
El entorno adulto, cómo no, juega un papel fundamental. Bruna Cusí y David Verdaguer construyen dos figuras parentales llenas de matices. Es profundamente reconfortante la presencia de la pareja: paciencia, cariño y fragilidad real ante la dificultad de criar una niña marcada por el duelo, pero no por el trauma visto de la forma más trágica. Sus personajes generan empatía de forma inmediata, y sostienen el delicado equilibrio emocional de la película.
Es la primera vez que veo algo dirigido por Carla Simón, y aunque sea su debut en el largometraje cinematográfico, ya he oído y leído sobre ella en alguna ocasión. Esta directora apuesta por una atmósfera que camina entre la calma y la desesperación contenida. Un cine de observación y sentimiento, de pequeños detalles, donde el ambiente y las emociones se construyen de manera progresiva. No hay grandiosos desarrollos dramáticos, sino una acumulación de momentos formando un retrato muy íntimo de la infancia y la pérdida. Tengo ganas de seguir viendo cosas suyas, que siga experimentando con estos temas, porque presenta un fuerte potencial dentro del panorama del cine español.
En términos generales, es una película que me ha gustado, pero durante buena parte del metraje mantuve una sensación de cierta distancia emocional. No es desinterés, pero sí una suave indiferencia que aparece cuando una película se contempla más desde la observación que desde la implicación total. Desconecto incluso ligeramente a veces, pero no me pierdo del todo. Tampoco quería.
Las últimas imágenes poseen una fuerza emocional inesperada. De repente, todo lo que la película ha mantenido en relativo silencio, se desata en ruido. Un ruido no en el mal sentido. En ese instante siento algo muy concreto: el corazón se me encoge por un instante. Una emoción contenida. Tampoco llego a llorar, pero sí contengo una lágrima.
Una de las mayores capacidades de 'Verano 1993', Carla Simón y su conjunto actoral, es el construir una emoción sincera sin necesidad de hacerla pretenciosa. Desde la distancia incluso, termina tocándome en el fondo.