Me gustó bastante. Es larga, incómoda y a veces demasiado evidente, pero también divertida, cruel y llena de escenas que se quedan. Lo que más me interesó no fue solo que se ría de los ricos, sino cómo va cambiando el poder de manos y demuestra que casi cualquiera, cuando obtiene ventaja, aprende rápido a usarla.
La discusión inicial entre Carl y Yaya por el dinero está muy bien. Parece una pelea pequeña de pareja, pero habla de orgullo, roles de género, expectativas y poder. No discuten solo por una cuenta: discuten por lo que significa pagar y por cómo incluso una pareja moderna arrastra reglas viejas.
Ver a esos millonarios rodeados de lujo y pendientes de estupideces me hizo pensar que debe de ser bastante triste tenerlo todo y vivir como si nada bastara. El dinero no es malo por sí mismo; lo triste es convertirlo en ostentación, capricho y desconexión. Lo suyo parece una existencia vacía envuelta en champán.
La parte del yate es la más bestia y directa. La mujer que dice que las velas están sucias en un barco a motor resume la estupidez del privilegio. Lo de limpiar cristales bajo la lluvia también es buenísimo: una tarea absurda para mantener una apariencia absurda. Östlund no necesita sutileza; le basta con poner a los personajes haciendo el ridículo mientras todo se descontrola.
La tormenta y la cena son un festival escatológico, pero funciona porque convierte el lujo en algo grotesco. Los ricos vomitando, pidiendo champán incluso para potarlo y aferrados al protocolo mientras todo se va literalmente a la mierda son una imagen brutal de las apariencias. Es brocha gorda, sí, pero eficaz.
El enfrentamiento entre el ruso capitalista y el capitán marxista también tiene mucha gracia. Los dos sueltan consignas, citas e ideología mientras el barco se hunde alrededor. La película no quiere que uno gane intelectualmente, sino dejar en ridículo a dos hombres encantados de escucharse a sí mismos justo cuando la realidad ya les ha pasado por encima. Y cuando suena “New Noise” de Refused, la película se viene arriba: entra como una patada y rompe de golpe todo el ambiente de lujo y etiqueta.
La isla es lo mejor porque invierte las jerarquías. Abigail, que en el barco era la señora de los baños, pasa a ser la persona más importante porque sabe cazar, hacer fuego y cocinar. Y tiene razón: si consigue el pulpo y mantiene vivo al grupo, no tiene por qué repartirlo como si todos hubieran aportado lo mismo. El dinero deja de mandar; manda la utilidad real.
Ahí la película se vuelve más cabrona. No dice simplemente “ricos malos, pobres buenos”. Cuando Abigail tiene poder, también lo usa. Controla la comida, decide quién recibe más, negocia con Carl y se aferra a su nueva posición. El poder no convierte mágicamente a nadie en noble; muchas veces solo cambia quién puede imponer las reglas.
Lo de Carl acostándose con Abigail es incómodo y muy bueno. Antes su valor estaba en ser guapo y modelo; en la isla, su belleza sigue valiendo, pero como moneda de supervivencia. Ya no es glamour: es comida, refugio y protección. Yaya queda humillada y Abigail entiende perfectamente qué tiene entre manos.
También me gustó mucho el tema de la comida. Nadie la controla, especialmente los niñatos. Abigail pone reglas y aun así se comen las galletas, como si los recursos fueran infinitos. Esa falta de autocontrol retrata muy bien a quienes han vivido esperando que siempre haya más. En tierra sería una tontería; en una isla puede condenar al grupo.
La escena de la burra se hace eterna, pero justo por eso funciona. Todos hablan de sobrevivir, pero cuando toca matar un animal de verdad, todo es torpeza, incomodidad y patetismo. La civilización se les cae en cuanto tienen que hacer algo físico, sucio y necesario.
El final en el resort me pareció muy bueno. Abigail descubre que no están perdidos en el fin del mundo, sino al lado del lujo, y entra en pánico porque sabe que su poder va a desaparecer. Volvería a ser invisible. El cierre abierto funciona: basta con entender su miedo y la carrera desesperada de Carl entre la maleza, con “Marea (We’ve Lost Dancing)” empujando esa energía final.
No es perfecta. A veces es demasiado larga, demasiado obvia y demasiado encantada de su propia mala leche. Algunas metáforas son de brocha gorda, y entiendo a quien la vea como una sátira fácil sobre los ricos. Pero conmigo funcionó porque me hizo reír, me incomodó y me dejó pensando en cómo cambian las personas cuando cambia el reparto del poder.
Al final, me queda como una película muy disfrutable, ácida y bastante inteligente, aunque no siempre fina. Me gustó la discusión del dinero, el desastre del barco, el absurdo de las apariencias, Refused, Abigail tomando el mando, la comida como poder y ese final en el resort. Una sátira desigual, sí, pero con escenas potentes y una idea clara: cuando el mundo se da la vuelta, los privilegios no desaparecen; solo buscan nuevo dueño.