Spike Lee vuelve a hacer lo que mejor sabe: mezclar entretenimiento, discurso político y una mala leche muy consciente de sí misma. Infiltrado en el KKKlan es una película que entra fácil, incluso con una sonrisa, y poco a poco va tensando el tono hasta dejar claro que aquí no se viene solo a pasar el rato. Es cine incómodo a ratos, directo, y con una intención clarísima desde el primer minuto.
La historia engancha porque funciona como thriller, como comedia absurda y como sátira histórica al mismo tiempo. Hay situaciones que rozan lo surrealista, pero Lee juega precisamente con esa sensación para subrayar lo ridículo —y peligroso— de lo que está contando. El humor no suaviza el mensaje, lo hace más punzante. Te ríes… y casi al mismo tiempo te das cuenta de por qué no deberías hacerlo del todo.
John David Washington sostiene la película con carisma y presencia, y Adam Driver funciona muy bien como contrapunto. La química entre ambos es clave para que la propuesta no se caiga en el exceso de discurso. Spike Lee sabe cuándo apretar y cuándo dejar que los personajes respiren, aunque es cierto que en algunos momentos su voz como autor se impone más que la historia.
Visualmente y a nivel de ritmo, la película es muy eficaz. Tiene nervio, estilo y una energía que recuerda al Spike Lee más inspirado, sin renunciar a sus marcas habituales. Puede resultar irregular por momentos, pero nunca es plana ni indiferente. Siempre está pasando algo, ya sea en la trama o en lo que sugiere entre líneas.
El tramo final deja claro que esto no es solo una película de época ni una anécdota curiosa. Lee conecta pasado y presente sin sutilezas, de forma frontal, y ahí puede incomodar a algunos espectadores. Pero es coherente con todo lo que ha venido contando antes. Infiltrado en el KKKlan entretiene, provoca y obliga a mirar de frente una parte muy concreta —y muy vigente— de la historia.