El amor desde sus puntos más cuestionables.
'Amores perros>' llega a mí precedida de algunas recomendaciones, así que empiezo con altas expectativas. Durante su desarrollo me remite modelos narrativos que luego se verían en otras obras como 'Pulp Fiction', y no por afinidad temática, sino por el juego de relatos que avanzan en paralelo y terminan confluyendo en un mismo punto. Incluso, percibo cierta previa a lo que posteriormente sería 'Saw'.
La película articula varias historias que dialogan entre sí desde distintos ángulos, abordando los mismos grandes temas con matices diferentes. El amor, la traición, el peso de la conciencia, la culpa, el karma. Emociones llevadas al límite: la venganza, el dolor, la euforia, el atrevimiento. Todo aparece expuesto, con una intensidad que no busca agradar, sino sacudir. Ese riesgo se sostiene gracias a un guion muy medido y a una dirección sorprendentemente firme, capaz de ordenar el caos sin domesticarlo. Guillermo Arriaga e Iñárritu demuestran lo que valen, que no es poco.
Dividida en tres grandes bloques, hay una clara desigualdad en su impacto. El primero me resulta el más estimulante: agresivo, incómodo y también el que más disfruto. A partir del segundo segmento, todo entra en una zona más monótona; no llega a perderme del todo, ni mucho menos a aburrirme, pero sí noto cómo mi implicación emocional se va diluyendo. Aun así, el conjunto mantiene el pulso y nunca se desploma.
El reparto juega un papel fundamental en esa credibilidad constante. Gael García destaca con una presencia magnética, exquisitamente natural. Ha nacido para ser actor. Francamente, la película me atrapa inicialmente gracias a él; es con quien más conecto. Pero es Goya Toledo quien termina sorprendiendo. De entrada, su interpretación me resulta forzada; sin embargo, a medida que el personaje se despliega, esa incomodidad se transforma en rechazo consciente. Lograr que termine odiando al personaje es la prueba de una interpretación poderosa, muy física, casi desquiciante. El resto del elenco cumple solventemente, aunque sin dejar una huella especialmente marcada.
Si hay un elemento que eleva la experiencia por encima de todo, es la banda sonora. La mezcla de estilos musicales no solo acompaña las imágenes, sino que las atraviesa, conecta las historias y me hace sentir parte de esa realidad áspera. Pocas veces he sentido una música tan integrada en la narración, tan esencial para definir su identidad.
No es la mejor película que he visto en mi vida, pero sí una obra profundamente recomendable, intensa, irregular y honesta, que permanece en la memoria incluso días después de verla. Dos horas y media perfectamente invertidas, no se hace para nada larga.