Me gustó bastante, sobre todo porque es de esas películas oscuras que te van metiendo en un mundo sucio, enfermo y lleno de mala gente, pero sin perder del todo el hilo emocional. No es una película cómoda, ni amable, ni especialmente ligera: es un melodrama gótico de violencia, religión, culpa y supervivencia, con personajes que parecen condenados antes incluso de tomar sus propias decisiones. Y aun así, me atrapó.
Lo que más me interesó fue la historia de Arvin. Dentro de un relato lleno de fanáticos, depredadores, falsos santos, policías corruptos y familias rotas, él funciona como alguien que intenta sobrevivir a un mundo que parece empeñado en pudrir todo lo que toca. Me importó su rabia, su dolor y su manera de cargar con una herencia de violencia que no ha elegido, pero que termina marcando cada paso que da.
Tom Holland me sorprendió para bien. Venía muy asociado a otro tipo de personaje, más juvenil y luminoso, y aquí sostiene un registro mucho más seco, contenido y dolorido. No necesita exagerar para que entiendas el cabreo de Arvin ni esa sensación de chico que ha aprendido demasiado pronto que la bondad, en un lugar así, puede ser una forma de quedar indefenso. Su interpretación me parece una de las razones por las que la película funciona.
También me gustó Robert Pattinson, aunque juega en un tono mucho más retorcido. Su predicador es repulsivo, afectado, manipulador, una de esas figuras religiosas que usan la fe como disfraz de la perversión y del abuso. La película es muy clara en su mirada contra el fanatismo religioso, pero no desde una tesis fría, sino mostrando cómo ciertas palabras sagradas pueden convertirse en coartada para la crueldad, el deseo, el poder y la impunidad.
La atmósfera me parece muy potente. Todo tiene un aire de América profunda podrida, de pueblos pequeños donde la violencia se hereda, la pobreza aprieta y la religión está mezclada con miedo, culpa y superstición. Hay iglesias, carreteras, bares, casas humildes, bosques y habitaciones donde siempre parece que algo malo puede pasar. La película no busca belleza limpia, sino una belleza áspera, casi pegajosa, que va muy bien con lo que cuenta.
Es verdad que es excesiva. Hay muchos personajes, muchas desgracias, muchas muertes y mucha sordidez acumulada. En algunos momentos se nota que quiere meter demasiada novela dentro de una sola película, y eso hace que ciertas tramas parezcan más apuntadas que desarrolladas. A ratos el desfile de miserias puede rozar lo cargante, como si cada nuevo personaje tuviera que traer debajo del brazo su propia condena.
Pero, pese a esos excesos, a mí me resultó magnética. La película tiene algo de folletín oscuro, de tragedia rural, de cuento moral envenenado. Puede ser truculenta, sí, pero no la sentí vacía. Me interesaba ver cómo esas vidas iban cruzándose, cómo el mal pasaba de unos a otros y cómo Arvin intentaba encontrar una salida en medio de una cadena de violencia que parecía no terminar nunca.
El reparto ayuda muchísimo. Bill Skarsgård, Riley Keough, Jason Clarke, Sebastian Stan, Eliza Scanlen, Harry Melling y los demás van llenando ese universo de criaturas dañadas, culpables o directamente monstruosas. No todos tienen el mismo espacio ni la misma profundidad, pero casi todos aportan algo a esa sensación de mundo torcido. Es una película muy de ambientes y presencias, más que de personajes completamente equilibrados.
También me parece interesante que no convierta la violencia en simple espectáculo heroico. Hay golpes, disparos y momentos muy duros, pero lo que queda no es una sensación de aventura, sino de cansancio moral. La violencia aquí es una mancha que pasa de padres a hijos, de creyentes a víctimas, de abusadores a supervivientes. Arvin puede defenderse, pero eso no significa que salga limpio de lo que vive.
No creo que sea perfecta. Tiene problemas de equilibrio, una voz narrativa quizá demasiado presente y cierta tendencia a subrayar lo oscuro hasta que todo parece condenado desde el minuto uno. Algunas subtramas podrían respirar más y otras quizá sobran. Pero sus defectos no me sacaron. Al contrario: acepté ese tono denso, fatalista y algo exagerado porque encaja con el tipo de historia que quiere contar.
Al final, me queda como una película muy notable, turbia, intensa y bastante absorbente. Me gustó porque me implicó, porque me cabreó con muchos de sus personajes y porque seguí con interés la supervivencia de Arvin en medio de tanto fanatismo, violencia y miseria moral. No es una obra redonda, pero sí una historia poderosa, con grandes interpretaciones y una atmósfera de pecado, polvo y sangre que cuesta quitarse de encima.