Michael Bay nunca engaña a nadie: si te sientas a ver una de sus películas, sabes lo que vas a encontrar. Explosiones, persecuciones imposibles, humor descarado y un montaje que no da tregua. Aquí lo lleva al extremo desde la primera secuencia, una persecución en Florencia que parece alargarse hasta el infinito y que ya marca el tono de lo que viene después.
La trama es poco más que una excusa para unir a seis personajes que actúan fuera del sistema, pero lo cierto es que la historia importa menos que el espectáculo. Bay se recrea en la violencia estilizada, en los planos imposibles y en esa estética de videoclip que tanto le gusta. El resultado puede cansar a ratos, pero también consigue que el ritmo no decaiga en ningún momento.
Ryan Reynolds es el ancla cómica de la función. Interpreta prácticamente una variación de sí mismo, con sus bromas rápidas y su actitud de antihéroe sarcástico. Puede que no todos sus chistes funcionen, pero encaja bien en este universo pasado de vueltas. El resto del equipo cumple sin destacar demasiado, aunque la dinámica de grupo le da algo de aire fresco a la trama.
No es una película para buscar coherencia ni profundidad. Su valor está en la energía desbordante y en lo excesivo de su propuesta. Es el Bay más desatado, para bien y para mal. Si entras en el juego, es fácil divertirse con sus ocurrencias visuales y con la escala de la acción, que solo podría costear una superproducción de Netflix.
En definitiva, una montaña rusa que entretiene mientras dura, aunque difícilmente deje huella una vez terminan los créditos. Quien busque puro escapismo lo encontrará; quien espere otra cosa, mejor que no se acerque.