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Esta película nos presenta una trama demasiado simple, aunque tiene momentos muy divertidos y épicos.
Es una copia de la película de los 80s The Lost Boys. Entretiene pero se le podría haber ocurrido una idea original.
La metáfora es tan evidente desde el principio que apenas deja espacio para descubrir nada. Vampiros que llegan a un barrio popular y amenazan con apropiarse de él: la relación con la gentrificación está servida en bandeja. Vampiros contra el Bronx quiere convertir esa idea en una aventura juvenil de terror y comedia, pero a mí me ha parecido demasiado simple, demasiado infantil y demasiado previsible.
La película está muy centrada en la identidad del Bronx y en una comunidad afroamericana y latina que observa cómo su entorno cambia con la llegada de nuevos intereses económicos. Esa perspectiva tiene sentido y proporciona al proyecto una personalidad local que podría haber dado muchísimo juego. El problema no es el mensaje, sino la manera tan elemental de desarrollarlo. Casi todo está subrayado antes de que el espectador pueda extraer sus propias conclusiones.
Oz Rodriguez apuesta claramente por los códigos de la aventura adolescente: amistad, barrio, bromas, jóvenes que entienden lo que sucede antes que los adultos y una amenaza que obliga al grupo a mantenerse unido. Esa fórmula puede funcionar perfectamente, pero necesita humor, personajes muy carismáticos o auténtica tensión. En mi caso, ninguna de esas tres cosas terminó de aparecer con suficiente fuerza.
Los vampiros son uno de los principales problemas. Utilizar una figura tan clásica permite jugar con décadas de mitología y reinventarla, pero aquí me parecieron bastante genéricos. Cumplen su función como representación de quienes llegan desde fuera para absorber la vida del barrio, aunque como criaturas de terror transmiten muy poco. La alegoría pesa más que los propios monstruos.
El humor tampoco me entró. La película mantiene una ligereza constante que parece pensada para un público bastante joven y que rebaja casi cualquier posibilidad de miedo. Cuando una situación podría inquietar, rápidamente aparece una broma, una reacción exagerada o un cambio de tono. Al final no consigue funcionar como terror y tampoco me hizo suficiente gracia para sostenerse como comedia.
Eso explica probablemente mi sensación de estar viendo algo demasiado infantil. No necesariamente porque los protagonistas sean jóvenes, sino porque la película simplifica continuamente los conflictos, las relaciones y hasta la amenaza. Todo resulta muy accesible, muy fácil de identificar y muy poco inquietante.
Lo mejor está en la dimensión comunitaria. El barrio no aparece únicamente como un lugar problemático, sino como un espacio con identidad, comercios, familias, amistades y vínculos que merece la pena conservar. Ahí sí hay cierta calidez. Se entiende perfectamente por qué estos personajes sienten que defender su entorno significa también defender una parte de sí mismos.
La equivalencia entre vampirismo y gentrificación también es una idea simpática sobre el papel. Unos llegan, absorben el valor de un lugar y progresivamente desplazan a quienes estaban allí antes. Como imagen funciona. El problema es que la película insiste tanto en que entendamos la metáfora que termina quitándole mordiente. No hay demasiada ambigüedad ni profundidad detrás de ella.
Los jóvenes protagonistas tienen energía y simpatía, aunque están definidos mediante trazos bastante básicos. Se comprende rápidamente quién es cada uno, qué función ocupa en el grupo y qué comportamiento podemos esperar. Eso permite que la historia avance con rapidez, pero contribuye a que todo resulte todavía más previsible.
Y ahí está otro problema importante: casi nada sorprende. La estructura de aventura juvenil, la amenaza vampírica y el discurso social avanzan por caminos demasiado conocidos. No encontré una escena, una criatura, un gag o una decisión narrativa que realmente consiguiera sacarme de esa sensación de estar viendo una película construida a partir de piezas muy familiares.
Entiendo que pueda funcionar mejor con un público adolescente, especialmente como puerta de entrada ligera al género fantástico y al cine de vampiros. Pero esa intención no hace que el resultado me parezca más interesante. Una película puede dirigirse a espectadores jóvenes sin tener que ser tan básica en sus mecanismos.
Vampiros contra el Bronx tiene buenas intenciones, energía y una idea social perfectamente reconocible, pero para mí ahí termina casi todo. El terror es demasiado suave, el humor no me hizo gracia, los vampiros tienen poca personalidad y el mensaje está explicado con demasiada insistencia. Una aventura juvenil inofensiva que quizá encuentre su público, pero que a mí me ha parecido una tontería bastante infantil, previsible y olvidable. No me ha gustado nada.
La película está muy centrada en la identidad del Bronx y en una comunidad afroamericana y latina que observa cómo su entorno cambia con la llegada de nuevos intereses económicos. Esa perspectiva tiene sentido y proporciona al proyecto una personalidad local que podría haber dado muchísimo juego. El problema no es el mensaje, sino la manera tan elemental de desarrollarlo. Casi todo está subrayado antes de que el espectador pueda extraer sus propias conclusiones.
Oz Rodriguez apuesta claramente por los códigos de la aventura adolescente: amistad, barrio, bromas, jóvenes que entienden lo que sucede antes que los adultos y una amenaza que obliga al grupo a mantenerse unido. Esa fórmula puede funcionar perfectamente, pero necesita humor, personajes muy carismáticos o auténtica tensión. En mi caso, ninguna de esas tres cosas terminó de aparecer con suficiente fuerza.
Los vampiros son uno de los principales problemas. Utilizar una figura tan clásica permite jugar con décadas de mitología y reinventarla, pero aquí me parecieron bastante genéricos. Cumplen su función como representación de quienes llegan desde fuera para absorber la vida del barrio, aunque como criaturas de terror transmiten muy poco. La alegoría pesa más que los propios monstruos.
El humor tampoco me entró. La película mantiene una ligereza constante que parece pensada para un público bastante joven y que rebaja casi cualquier posibilidad de miedo. Cuando una situación podría inquietar, rápidamente aparece una broma, una reacción exagerada o un cambio de tono. Al final no consigue funcionar como terror y tampoco me hizo suficiente gracia para sostenerse como comedia.
Eso explica probablemente mi sensación de estar viendo algo demasiado infantil. No necesariamente porque los protagonistas sean jóvenes, sino porque la película simplifica continuamente los conflictos, las relaciones y hasta la amenaza. Todo resulta muy accesible, muy fácil de identificar y muy poco inquietante.
Lo mejor está en la dimensión comunitaria. El barrio no aparece únicamente como un lugar problemático, sino como un espacio con identidad, comercios, familias, amistades y vínculos que merece la pena conservar. Ahí sí hay cierta calidez. Se entiende perfectamente por qué estos personajes sienten que defender su entorno significa también defender una parte de sí mismos.
La equivalencia entre vampirismo y gentrificación también es una idea simpática sobre el papel. Unos llegan, absorben el valor de un lugar y progresivamente desplazan a quienes estaban allí antes. Como imagen funciona. El problema es que la película insiste tanto en que entendamos la metáfora que termina quitándole mordiente. No hay demasiada ambigüedad ni profundidad detrás de ella.
Los jóvenes protagonistas tienen energía y simpatía, aunque están definidos mediante trazos bastante básicos. Se comprende rápidamente quién es cada uno, qué función ocupa en el grupo y qué comportamiento podemos esperar. Eso permite que la historia avance con rapidez, pero contribuye a que todo resulte todavía más previsible.
Y ahí está otro problema importante: casi nada sorprende. La estructura de aventura juvenil, la amenaza vampírica y el discurso social avanzan por caminos demasiado conocidos. No encontré una escena, una criatura, un gag o una decisión narrativa que realmente consiguiera sacarme de esa sensación de estar viendo una película construida a partir de piezas muy familiares.
Entiendo que pueda funcionar mejor con un público adolescente, especialmente como puerta de entrada ligera al género fantástico y al cine de vampiros. Pero esa intención no hace que el resultado me parezca más interesante. Una película puede dirigirse a espectadores jóvenes sin tener que ser tan básica en sus mecanismos.
Vampiros contra el Bronx tiene buenas intenciones, energía y una idea social perfectamente reconocible, pero para mí ahí termina casi todo. El terror es demasiado suave, el humor no me hizo gracia, los vampiros tienen poca personalidad y el mensaje está explicado con demasiada insistencia. Una aventura juvenil inofensiva que quizá encuentre su público, pero que a mí me ha parecido una tontería bastante infantil, previsible y olvidable. No me ha gustado nada.
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