Un rojo romance musical. Cansino y estremecedor.
'Moulin Rouge' arranca como un fogonazo: un inicio incandescente que deja muy claro desde el primer momento cuál va a ser su verdadera columna vertebral -el montaje-. Un comienzo abrumador, sacudido, casi a gritos. Y, curiosamente, conforme el drama va tragándome, la película se asienta, respira un poco más, como si entendiese que no todo ha a de ser hiperestimulación.
No se puede hablar de esta película sin mencionar el rojo. Está por todas partes. Se entiende el simbolismo -amor, pasión, deseo-, pero su omnipresencia acaba produciendo fatiga visual. Hay un punto en el que deja de seducir y empieza a saturar. Los escenarios tienen su encanto: se sienten artificiales, más cercanos a la maquetación que a la realidad. Paradójicamente juega a su favor. El estilo gótico y teatral le da personalidad, aunque la reiteración de los mismos planos delate la falsedad.
La iluminación es uno de los elementos más cuidados. No pasa desapercibida y, lo más importante, acompaña bien cada emoción que quiere transmitir. Sirve, además, como alivio dentro de esa monocromía roja, matizando y dinamizando donde el color amenaza con volverse plano.
El musical es el mayor obstáculo a nivel personal. No soy el público objetivo del género. Las canciones, aunque muy buena selección que me sorprende y me gusta, acaban cansando. Es simple saturación emocional: más música, más estímulo, cuando a veces lo que necesito es el silencio. El romance sí funciona. Es un relato de amor bonito, atravesado por los celos, el deseo y el conflicto constante. Me resulta más atractiva la historia que el despliegue visual, pese a que sea tan llamativo como agotador. El amor funciona bien dentro de un contexto controlado por lo bohemio, cuya actitud es exagerada hasta el artificio. Claro que dentro del movimiento está justificado. Es una reivindicación artística expresada hasta los límites, y de decir, que muy bien hecho. Me deja claro cómo es la vida en búsqueda del arte por encima de la supervivencia, el amor como el motor de la vida, los sentimientos como los engranajes del mundo. No hay miedo a fracasar, sino al no amar o no ser amado.
Luhrmann tiene algo muy claro: sabe exactamente qué película quiere hacer, y vaya si lo deja claro. No se reprime, no se contiene, no deja espacios vacíos ni espacios a secas. Todo es exceso, una cosa tras otra, y ese ritmo frenético es, al mismo tiempo, su mayor virtud y su salvavidas: evita que el cansancio termine de interponerse del todo.
Las actuaciones no destacan ni desbordan nada. Creíbles, funcionales, del montón. No se les pide mucho más y tampoco lo ofrecen. Nicole Kidman se me hace repelente a momentos, más por la insistencia del tono que por el trabajo actoral en sí. Richard Roxburgh logra algo esencial: que su personaje caiga mal. Su interpretación es afilada y amenazante, eficaz y probablemente, la más transmisora del conjunto.
El clímax es, sin duda, lo más logrado. Actúa como una especie de trazo definitivo donde confluyen todas las emociones que el drama ha ido sembrando. Correcto, efectivo, aunque no termina de justificar del todo la osadía ni el agotamiento que supone el viaje completo.
No fascina, no disgusta. Tampoco es un desastre, ni mucho menos. Es una experiencia como cualquier otra película. La veo, me entretiene por momentos, aunque haya tardado dos o tres días en terminarla porque no hay suficiente interés, pero dar una oportunidad es esencial.