Lo mejor que tiene la película es que sabe exactamente qué producto quiere ser: un entretenimiento de atracos, con equipo variado, plan imposible, cámara acorazada, reloj en contra y una ciudad entera mirando hacia otro lado por culpa de la final del Mundial. Esa mezcla entre el Banco de España, el fútbol, el ruido de la calle y el robo milimetrado tenía mucho potencial. Y, durante bastantes momentos, funciona como lo que promete: una película ágil, vistosa, profesional y fácil de ver.
No me parece un desastre ni mucho menos. Jaume Balagueró demuestra oficio y sabe dar empaque a una historia que, en otras manos, podría haber quedado mucho más cutre. La producción luce, la puesta en escena es sólida y el uso de Madrid y del entorno del banco da cierta personalidad al conjunto. Se nota la intención de hacer una película española con vocación internacional, de esas que quieren jugar en la liga de los grandes robos cinematográficos, con ritmo, tecnología, suspense y un reparto reconocible. En ese sentido, se agradece la ambición.
El problema es que también se nota demasiado la fórmula. Todo está donde debe estar: el genio joven, la ladrona elegante, el experto cascarrabias, el hombre de recursos, el villano institucional, las pruebas de habilidad, los obstáculos imposibles y los giros medidos. Pero pocas cosas sorprenden de verdad. La película se mueve con profesionalidad, sí, pero casi siempre por caminos ya conocidos. Es uno de esos atracos que se ven con agrado mientras duran y que, al terminar, empiezan a evaporarse enseguida.
Freddie Highmore funciona bien como cerebro inesperado del plan. Tiene esa cara de chico brillante, educado y algo fuera de lugar que encaja con la idea de alguien capaz de resolver problemas que los demás ni siquiera saben formular. Àstrid Bergès-Frisbey aporta misterio y elegancia, aunque su personaje podría tener más fuerza propia. Liam Cunningham da oficio y presencia. José Coronado y Luis Tosar elevan cualquier escena con solo aparecer, porque tienen peso, voz y una autoridad que la película necesita. El reparto ayuda mucho a que el mecanismo no parezca tan vacío.
Lo que menos me convenció fue que los personajes están más diseñados como piezas del plan que como personas. Sabemos lo justo de ellos para que cumplan su función, pero no tanto como para que importen demasiado. En una película de robos eso puede aceptarse si el engranaje es realmente brillante, si cada truco maravilla o si la tensión crece hasta hacerte olvidar la falta de profundidad. Aquí el engranaje es correcto, incluso entretenido, pero no lo bastante ingenioso como para tapar del todo esa sensación de producto calculado.
El componente del Mundial es quizá lo más simpático. Usar la final de 2010, la multitud en las calles y el momento de euforia nacional como cortina de humo le da una gracia muy española a una película que, por momentos, parece empeñada en no parecer demasiado española. Esa contradicción me resulta curiosa. Quiere ser internacional, hablar en varios idiomas, parecerse a los modelos anglosajones del género, pero lo que más la distingue es precisamente lo local: el banco, la plaza, la final, la celebración, el recuerdo del gol, esa ciudad concentrada en una emoción colectiva.
También hay que reconocer que entretiene. Tiene ritmo, no se hunde, mantiene cierta tensión y dosifica bien las fases del plan. Las escenas dentro del banco tienen tensión suficiente, y el misterio de la cámara acorazada aporta un punto de desafío atractivo. No hace falta pedirle profundidad moral ni realismo absoluto a este tipo de cine. Uno acepta muchas trampas si la película juega con descaro y sabe divertirse. El problema es que aquí, aunque el entretenimiento está, falta algo de chispa, de personalidad, de verdadero placer en el engaño.
Me habría gustado que fuera más juguetona, más nerviosa, más sorprendente. Que los trucos tuvieran más imaginación, que el humor respirara mejor, que los personajes se ensuciaran un poco más. Todo está tan pulido que a veces parece una maqueta de atraco más que un atraco con vida. No molesta, no aburre demasiado, no se cae, pero tampoco deja esa sensación de haber visto una maquinaria irresistible. Cumple con las normas del género con mucha corrección y pocos riesgos, y ahí están a la vez su virtud y su límite.
Al final, me queda como un entretenimiento aceptable, incluso agradable, pero no especialmente memorable. Se ve bien, tiene medios, tiene actores, tiene una idea visual potente y aprovecha con gracia el contexto del Mundial. Pero también es bastante convencional, algo hueca y demasiado dependiente de fórmulas que ya hemos visto muchas veces. Una película de atracos correcta, profesional y más simpática que emocionante. Sirve para pasar un buen rato, pero no deja huella. Como robo, está bien ejecutado. Como película, le falta alma.