Me funcionó porque continúa exactamente donde tenía que continuar: en el mismo terreno absurdo, juvenil, sangriento y desvergonzado de la primera. No intenta reinventar nada ni volverse más seria. Asume que aquello era una tontería con gracia y decide ser otra tontería, todavía más exagerada, más ruidosa y más estúpida. Y aunque eso hace que sea peor película, también permite que conserve parte del encanto. Me reí, la vi con gusto y agradecí que no traicionara el espíritu de la anterior.
La premisa ya no tiene la sorpresa de la primera parte. Eso se nota mucho. Antes el descubrimiento de lo que escondía la niñera tenía gracia, peligro y un punto de fantasía adolescente rota. Ahora ya sabemos en qué mundo estamos, conocemos el tipo de humor, el tipo de sangre, el tipo de locura y el tipo de reglas. Por eso la película decide subir el volumen: más muertes, más chistes, más colores, más persecuciones, más estupidez consciente. A veces funciona y a veces parece que está gritando para compensar que ya no puede sorprender tanto.
Lo mejor es que mantiene esa energía de cómic macarra y de slasher pop que me gustó en la primera. Todo va deprisa, todo está lleno de gestos, rótulos, música, golpes visuales y humor negro. Hay algo muy adolescente en su manera de entender el terror: no como amenaza seria, sino como un parque de atracciones con sangre, deseo, vergüenza, trauma escolar y ganas de liarla. Si entras en esa frecuencia, la película se deja disfrutar. Si no entras, entiendo perfectamente que parezca insoportable.
Cole vuelve a funcionar como centro de la historia. Me gusta que siga siendo ese chaval marcado por una noche imposible y al que nadie termina de creer. La película usa bien la idea de que sobrevivir a una pesadilla no significa quedar libre de ella. Ahora no solo tiene que escapar de los asesinos, sino también de la etiqueta de rarito, de víctima histérica, de niño que no supera lo que pasó. Esa parte de continuación emocional me parece más interesante de lo que la propia película parece querer admitir.
También me gusta que los villanos regresen con esa alegría de caricatura sangrienta. No son profundos, ni falta que hace. Funcionan como fantasmas gamberros de la adolescencia, como una pandilla de pesadilla que vuelve para repetir la fiesta. Cada uno trae su chiste, su muerte, su exceso y su momento de lucimiento. La película sabe que está jugando con muñecos rotos y no pretende otra cosa. En ese sentido, conserva bien la lógica absurda de la saga.
Pero la ausencia de Samara Weaving pesa muchísimo. En la primera, ella era el imán, la mezcla perfecta de encanto, peligro, sensualidad, humor y amenaza. Aquí se nota el hueco. La película intenta llenarlo con más personajes, más ruido y más giros, pero no es lo mismo. Faltan su presencia y ese carisma que hacía que la locura tuviera centro. Sin ella durante gran parte del metraje, todo se vuelve más disperso y menos magnético.
El guion es más flojo y más atropellado. A veces parece que la película confunde velocidad con gracia, y acumulación con imaginación. Hay chistes que entran bien, otros que caen muertos, y escenas que se alargan más de la cuenta. La primera ya era una barbaridad, pero tenía una limpieza de concepto mayor: niño, niñera, culto satánico, noche de supervivencia. Esta añade más capas, más explicaciones y más personajes, y no siempre gana con ello.
Aun así, prefiero su descaro a la apatía de tantas secuelas hechas por compromiso. Aquí al menos hay ganas de divertir, de mancharlo todo, de ser ridícula sin pedir perdón. Me parece peor que la primera, sí, pero no una caída mortal. Sigue teniendo ritmo, momentos graciosos, muertes tontas, una estética chillona que encaja con su mundo y esa sensación de película de sofá que no quiere prestigio, sino que aceptes su idiotez y te rías con ella.
Lo que menos me convence es que todo parece menos fresco. La sorpresa se ha gastado y algunos recursos se repiten con menos impacto. Además, cuando intenta ordenar la mitología o dar más explicación a lo que antes funcionaba por puro disparate, pierde parte de su gracia. Este universo funciona mejor cuando corre, grita, sangra y bromea que cuando intenta justificar demasiado sus reglas. La tontería era más bonita cuando parecía espontánea.
Al final, me queda como una secuela inferior pero disfrutable. Más tonta, más excesiva y más irregular, pero fiel al espíritu de la primera. No tiene el mismo carisma, no tiene la misma sorpresa y acusa mucho la falta de su gran figura femenina, pero sigue siendo una gamberrada simpática para quien disfrutó la anterior. No la defendería con la misma fuerza, pero sí como una continuación coherente: una fiesta sangrienta que llega tarde, hace más ruido del necesario y aun así consigue arrancar unas cuantas risas.