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Vista The Smashing Machine y sinceramente puedo decir que es todo un peliculon de principio a fin, es extraordinario, impresionante y emotiva con una de las mejores interpretaciones del año. Benny Safdie nos ha contado la historia de uno de los mejores luchadores del mundo, Mark Kerr, la historia de su ascenso hasta su caída y de una forma muy bien contada aunque admito que tiene algunos fallos. La dirección es magnífica captando momentos impactantes y inolvidables, el guion es increíble aunque a veces es flojo, el ritmo se hace apresurado a veces, faltaba bastante cosas importantes que contar, las escenas de lucha son de lo más realista y de las mejores cosas de la película, Dwayne Johnson nos da la mejor actuación de toda su carrera, es
M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-A y Emily Blunt es toda una fuerza de la naturaleza y la química entre ellos es fenomenal, se merecen como mínimo la nominación.
En resumen The Smashing Machine es puramente extraordinaria con un Dwayne descomunal, vale muchísimo pero muchísimo la pena verla.
La amo infinita pero infinitamente❤️
M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-A y Emily Blunt es toda una fuerza de la naturaleza y la química entre ellos es fenomenal, se merecen como mínimo la nominación.
En resumen The Smashing Machine es puramente extraordinaria con un Dwayne descomunal, vale muchísimo pero muchísimo la pena verla.
La amo infinita pero infinitamente❤️
Me interesó más por Mark Kerr y por Dwayne Johnson que por la película en sí. Lo primero que llama la atención es evidente: Johnson está irreconocible. No solo por la caracterización, el pelo o el rostro, sino porque por momentos consigue borrar bastante bien la imagen de “The Rock”. Aquí no está haciendo de estrella invencible, sino de un hombre enorme por fuera y bastante hundido por dentro.
La película acierta cuando se queda cerca de esa contradicción. Mark Kerr puede parecer una máquina de destrozar rivales, pero fuera del ring transmite cansancio, dependencia, inseguridad y una fragilidad que no encaja con el cuerpo que vemos. Ahí es donde más funciona: cuando muestra a un tipo construido para aguantar golpes que no sabe muy bien qué hacer con los golpes que vienen de dentro.
Johnson está, seguramente, en el papel más serio y más trabajado de su carrera. Me sorprendió para bien. Hay una contención rara en él, una forma de mirar que intenta no vender heroicidad. Lo mejor de su trabajo está en los momentos en los que parece perdido, apagado, como si el campeón no supiera dónde dejar todo lo que le duele.
La relación con Dawn me resultó agotadora. Ella me pareció insoportable durante buena parte de la película, aunque entiendo que la intención no sea presentarla como “la mala” sin más. Emily Blunt está bien, pero la dinámica entre ellos es tan tóxica, repetitiva y áspera que por momentos cansa. En casa no hay descanso para Mark: hay otra pelea, otra presión, otro sitio donde tampoco sabe respirar.
Ahí la película sí consigue algo incómodo: el ring casi parece más sencillo que la vida privada. En el combate hay reglas, dolor físico y un resultado. En la relación hay dependencia, reproches, adicción, miedo, ego y dos personas haciéndose daño sin saber salir del círculo. La idea está ahí y tiene fuerza.
Mi gran problema es la forma. Esa estética de documental barato de los noventa, con grano, cámara sucia y luz feísta, me tiró bastante para atrás. Entiendo lo que busca Benny Safdie: autenticidad, época, aspereza, sensación de estar pegado a un mundo deportivo aún poco pulido. Pero una cosa es parecer real y otra parecer cutre. A mí muchas veces me pasó lo segundo.
Esa elección visual hace que la película parezca más pobre de lo que probablemente es. Hay momentos en los que Johnson está haciendo un trabajo muy serio, y la imagen parece empeñada en quitarle valor cinematográfico. No siempre sentí crudeza; a veces sentí feísmo impostado. Como si la película estuviera demasiado preocupada por parecer un documental VHS de la época y no tanto por encontrar una belleza propia.
La música tampoco me convenció. Tiene ese aire de pegote noventero, de banda sonora puesta para fabricar época más que para expresar algo verdadero. No me llegaba al dolor interior de Kerr. Por eso pensaba todo el rato en lo bien que le habría sentado algo como “Nutshell”, de Alice in Chains: tristeza seca, derrota íntima, cansancio y derrumbe por dentro. Una escena silenciosa con Mark solo y esa canción habría sido bestial.
La película parece querer huir del biopic deportivo convencional, y eso tiene valor. No busca la épica fácil, ni la gran remontada, ni el combate filmado como triunfo glorioso. Su camino es más apagado, más anti-Rocky, más centrado en el desgaste. Pero a veces, intentando evitar los clichés, se queda sin una emoción suficientemente fuerte. No todo lo seco es profundo; a veces solo es distante.
La derrota ante Fujita funciona como final narrativo porque desmonta al invencible. No es solo perder una pelea: es perder una identidad. Si te han construido como una máquina, el día que la máquina falla ya no sabes qué queda debajo. Ese tramo tiene sentido, aunque la película no siempre me llevó hasta ahí con toda la fuerza que podía haber tenido.
Lo que sí me gustó mucho fue el cierre con el verdadero Mark Kerr haciendo la compra. Me parece una imagen sencilla y muy bonita, porque rompe con toda la mitología anterior. Después de verlo como campeón, adicto, cuerpo enorme, icono de un deporte brutal y hombre perdido, terminar con él en una situación cotidiana lo devuelve a algo más humano: la vida sigue, incluso después de que el mito se haya roto.
Al final, me queda como una película interesante, irregular y más valiosa por su protagonista que por su forma. Dwayne Johnson sorprende de verdad y Mark Kerr es un personaje con mucho peso, pero la estética de falso documental barato y la música me alejaron bastante. Me interesó el hombre más que el estilo. Tiene momentos potentes, un final humano y una interpretación que merece respeto, pero no me parece una obra redonda.
La película acierta cuando se queda cerca de esa contradicción. Mark Kerr puede parecer una máquina de destrozar rivales, pero fuera del ring transmite cansancio, dependencia, inseguridad y una fragilidad que no encaja con el cuerpo que vemos. Ahí es donde más funciona: cuando muestra a un tipo construido para aguantar golpes que no sabe muy bien qué hacer con los golpes que vienen de dentro.
Johnson está, seguramente, en el papel más serio y más trabajado de su carrera. Me sorprendió para bien. Hay una contención rara en él, una forma de mirar que intenta no vender heroicidad. Lo mejor de su trabajo está en los momentos en los que parece perdido, apagado, como si el campeón no supiera dónde dejar todo lo que le duele.
La relación con Dawn me resultó agotadora. Ella me pareció insoportable durante buena parte de la película, aunque entiendo que la intención no sea presentarla como “la mala” sin más. Emily Blunt está bien, pero la dinámica entre ellos es tan tóxica, repetitiva y áspera que por momentos cansa. En casa no hay descanso para Mark: hay otra pelea, otra presión, otro sitio donde tampoco sabe respirar.
Ahí la película sí consigue algo incómodo: el ring casi parece más sencillo que la vida privada. En el combate hay reglas, dolor físico y un resultado. En la relación hay dependencia, reproches, adicción, miedo, ego y dos personas haciéndose daño sin saber salir del círculo. La idea está ahí y tiene fuerza.
Mi gran problema es la forma. Esa estética de documental barato de los noventa, con grano, cámara sucia y luz feísta, me tiró bastante para atrás. Entiendo lo que busca Benny Safdie: autenticidad, época, aspereza, sensación de estar pegado a un mundo deportivo aún poco pulido. Pero una cosa es parecer real y otra parecer cutre. A mí muchas veces me pasó lo segundo.
Esa elección visual hace que la película parezca más pobre de lo que probablemente es. Hay momentos en los que Johnson está haciendo un trabajo muy serio, y la imagen parece empeñada en quitarle valor cinematográfico. No siempre sentí crudeza; a veces sentí feísmo impostado. Como si la película estuviera demasiado preocupada por parecer un documental VHS de la época y no tanto por encontrar una belleza propia.
La música tampoco me convenció. Tiene ese aire de pegote noventero, de banda sonora puesta para fabricar época más que para expresar algo verdadero. No me llegaba al dolor interior de Kerr. Por eso pensaba todo el rato en lo bien que le habría sentado algo como “Nutshell”, de Alice in Chains: tristeza seca, derrota íntima, cansancio y derrumbe por dentro. Una escena silenciosa con Mark solo y esa canción habría sido bestial.
La película parece querer huir del biopic deportivo convencional, y eso tiene valor. No busca la épica fácil, ni la gran remontada, ni el combate filmado como triunfo glorioso. Su camino es más apagado, más anti-Rocky, más centrado en el desgaste. Pero a veces, intentando evitar los clichés, se queda sin una emoción suficientemente fuerte. No todo lo seco es profundo; a veces solo es distante.
La derrota ante Fujita funciona como final narrativo porque desmonta al invencible. No es solo perder una pelea: es perder una identidad. Si te han construido como una máquina, el día que la máquina falla ya no sabes qué queda debajo. Ese tramo tiene sentido, aunque la película no siempre me llevó hasta ahí con toda la fuerza que podía haber tenido.
Lo que sí me gustó mucho fue el cierre con el verdadero Mark Kerr haciendo la compra. Me parece una imagen sencilla y muy bonita, porque rompe con toda la mitología anterior. Después de verlo como campeón, adicto, cuerpo enorme, icono de un deporte brutal y hombre perdido, terminar con él en una situación cotidiana lo devuelve a algo más humano: la vida sigue, incluso después de que el mito se haya roto.
Al final, me queda como una película interesante, irregular y más valiosa por su protagonista que por su forma. Dwayne Johnson sorprende de verdad y Mark Kerr es un personaje con mucho peso, pero la estética de falso documental barato y la música me alejaron bastante. Me interesó el hombre más que el estilo. Tiene momentos potentes, un final humano y una interpretación que merece respeto, pero no me parece una obra redonda.
Acabo tan indiferente como al empezarla.
'The Smashing Machine' es, ante todo, un despliegue de virtuosismo técnico. Cada elemento parece cuidadosamente calibrado: el montaje destaca por su precisión y ritmo, el guion mantiene una estructura firme y bien articulada, y los diálogos se sienten naturales, medidos con un oído atento al tono y al momento. Es una de esas producciones que se disfrutan tanto por su acabado formal como por la sensación de equilibrio que transmite en cada plano.
Las interpretaciones son otro de sus grandes logros. Dwayne Johnson ofrece una actuación contenida y sorprendentemente introspectiva, alejándose del registro físico y carismático al que nos tiene acostumbrados. Emily Blunt, por su parte, aporta una presencia serena y emocionalmente matizada. Juntos proyectan una química indiscutible, tan potente que traspasa la pantalla incluso en los pasajes donde la naturaleza de su relación podría haber limitado esa conexión.
No todo, sin embargo, resulta igual de afinado. La banda sonora, aunque bien compuesta y coherente con la atmósfera del film, termina por imponerse demasiado. Su reiteración constante fatiga al oído, restándole espacio al silencio y a la respiración natural de las escenas.
En cuanto a la historia, no alcanza la profundidad emocional que su envoltorio promete. No es que carezca de interés, pero el relato no logra involucrar tanto como debería. Es fácil admirar la película por su ejecución, su ritmo y su acabado visual, pero cuesta implicarse con lo que cuenta. Uno acaba viéndola más por cómo está hecha que por lo que logra hacer sentir.
En definitiva, 'The Smashing Machine' es una obra impecable en su forma y en sus interpretaciones, un ejemplo de cine trabajado con rigor y estilo. Pero también una de esas películas que se respetan más de lo que se sienten: una experiencia brillante en lo técnico, algo más distante en lo humano.
'The Smashing Machine' es, ante todo, un despliegue de virtuosismo técnico. Cada elemento parece cuidadosamente calibrado: el montaje destaca por su precisión y ritmo, el guion mantiene una estructura firme y bien articulada, y los diálogos se sienten naturales, medidos con un oído atento al tono y al momento. Es una de esas producciones que se disfrutan tanto por su acabado formal como por la sensación de equilibrio que transmite en cada plano.
Las interpretaciones son otro de sus grandes logros. Dwayne Johnson ofrece una actuación contenida y sorprendentemente introspectiva, alejándose del registro físico y carismático al que nos tiene acostumbrados. Emily Blunt, por su parte, aporta una presencia serena y emocionalmente matizada. Juntos proyectan una química indiscutible, tan potente que traspasa la pantalla incluso en los pasajes donde la naturaleza de su relación podría haber limitado esa conexión.
No todo, sin embargo, resulta igual de afinado. La banda sonora, aunque bien compuesta y coherente con la atmósfera del film, termina por imponerse demasiado. Su reiteración constante fatiga al oído, restándole espacio al silencio y a la respiración natural de las escenas.
En cuanto a la historia, no alcanza la profundidad emocional que su envoltorio promete. No es que carezca de interés, pero el relato no logra involucrar tanto como debería. Es fácil admirar la película por su ejecución, su ritmo y su acabado visual, pero cuesta implicarse con lo que cuenta. Uno acaba viéndola más por cómo está hecha que por lo que logra hacer sentir.
En definitiva, 'The Smashing Machine' es una obra impecable en su forma y en sus interpretaciones, un ejemplo de cine trabajado con rigor y estilo. Pero también una de esas películas que se respetan más de lo que se sienten: una experiencia brillante en lo técnico, algo más distante en lo humano.
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