Renfield tiene una idea bastante divertida: actualizar el mito de Drácula desde el punto de vista de su ayudante, convertir la relación entre amo y sirviente en una especie de dependencia tóxica y envolverlo todo en comedia, acción y mucha sangre. No es una gran película, ni pretende serlo, pero tiene suficiente descaro como para resultar entretenida.
La película funciona mejor cuando acepta su propia tontería. Hay chistes que entran, escenas de violencia exagerada que tienen gracia por lo desmedidas que son y un tono moderno que intenta jugar con el mito vampírico sin ponerse solemne. Es una versión gamberra de Drácula, más interesada en el golpe de efecto, el chorro de sangre y la broma rápida que en construir una historia realmente sólida.
Nicolas Cage está, como siempre en este tipo de papeles, completamente pasado de vueltas. Pero aquí eso no es exactamente un defecto. Su Drácula es exagerado, teatral, absurdo, casi una caricatura consciente de sí misma, y por eso cada vez que aparece la película gana energía. Nicholas Hoult también funciona bien como contrapunto, con ese aire de pobre hombre atrapado en una relación imposible de la que no sabe salir.
El problema es que Renfield no siempre sabe qué película quiere ser. A veces parece una comedia de terror muy fresca; otras, una película de acción bastante genérica; y en algunos momentos se nota que la premisa daba para algo más afilado. La parte de la codependencia tiene gracia, pero no se desarrolla con demasiada profundidad, y varias subtramas parecen estar ahí para rellenar más que para mejorar el conjunto.
Aun así, se puede ver perfectamente. Es corta, tiene ritmo, algo de mala leche, sangre a chorros y algunos momentos bastante graciosos. No es la gran reinvención moderna de Drácula, ni una comedia memorable, pero sí una película simpática para pasar el rato. Cage le da vida, el gore le da personalidad y, aunque el guion no siempre esté a la altura, el conjunto resulta lo bastante divertido como para no arrepentirse.