Me gustó, y eso que parte de elementos muy conocidos. Familia que llega a una casa nueva, niño que empieza a escuchar cosas, pasado oscuro, golpes de sonido, sombras, expertos paranormales y esa maquinaria de terror doméstico que hemos visto muchas veces. Pero aquí, a diferencia de otras películas españolas recientes que me han decepcionado mucho, sentí que la historia sí tenía pulso, atmósfera y una mala leche suficiente para mantenerme dentro.
No me parece una película especialmente original, y tampoco creo que invente nada dentro del género. De hecho, juega con clichés muy reconocibles: la casa aislada, la presencia que parece comunicarse, los adultos que primero no quieren entender lo que ocurre, el investigador que llega cuando todo se ha torcido, la mezcla de trauma familiar y amenaza sobrenatural. Pero una película de terror no siempre necesita inventar la rueda. A veces basta con usar bien las herramientas, crear tensión y hacer que los sustos tengan algo de peso. Y aquí, en general, eso me funcionó.
Lo mejor es la atmósfera. La casa tiene presencia, los espacios están bien aprovechados y la película sabe construir una sensación de amenaza bastante constante. No todo depende del sobresalto fácil, aunque los tiene, sino de una incomodidad que va creciendo. Hay pasillos, habitaciones, sonidos y silencios que ayudan a que uno sienta que algo no encaja. Me gusta cuando el terror no solo enseña cosas, sino que consigue que mires la pantalla esperando que aparezca algo aunque todavía no haya aparecido.
También me funcionó el arranque familiar. Rodolfo Sancho y Belén Fabra transmiten bien esa mezcla de desgaste, preocupación y desconcierto de unos padres que entran en una situación que se les escapa. La película acierta al empezar desde algo reconocible: una mudanza, una nueva vida, un niño sensible, una casa con demasiados rincones y una tensión familiar que se va contaminando por lo inexplicable. Esa parte ayuda a que el horror no sea solo decoración, sino una grieta que se abre dentro de la familia.
El niño es clave, porque en este tipo de historias todo puede hundirse si no crees mínimamente su miedo. Aquí me pareció que la película utiliza bien su fragilidad. Las voces no son simplemente un truco de guion; funcionan como una invasión íntima, como algo que entra donde los adultos no llegan. Hay algo muy efectivo en esa idea de que el peligro no empieza con una aparición espectacular, sino con un sonido que nadie debería escuchar.
Me gustó también la llegada de Ramón Barea y Ana Fernández, porque aportan ese aire de investigadores paranormales a la española que podía haber quedado ridículo y, sin embargo, tiene bastante encanto. Es verdad que recuerda mucho al modelo de matrimonio Warren y a cierto terror de casas encantadas ya muy codificado, pero la película lo lleva con convicción. No se burla de ellos ni los convierte en caricaturas: los usa para abrir la historia y darle un punto de investigación, rito y enfrentamiento con lo oculto.
La parte más dura funciona mejor de lo que esperaba. Hay violencia, hay tristeza y hay una sustancia bastante desagradable detrás del misterio. No es solo una casa que hace ruidos: hay dolor, pérdida y algo podrido en el pasado. Esa dimensión más desgarradora le da más fuerza que a otros productos de sustos sin alma. Cuando la película conecta lo sobrenatural con una herida humana, gana intensidad y deja de ser solo un catálogo de efectos.
Eso no significa que sea redonda. A veces se nota demasiado el deseo de gustar al público de terror más amplio, y por eso no siempre evita el cliché. Hay momentos en los que el sonido aprieta demasiado, otros en los que la aparición está preparada de forma muy evidente, y alguna explicación podría estar mejor medida. También entiendo a quienes la ven algo caótica o demasiado dependiente de referencias. Tiene personalidad, pero no tanta como para escapar del todo de sus modelos.
Aun así, comparada con otros intentos de terror español reciente, me pareció bastante más eficaz. Tiene oficio, tiene ritmo y tiene una puesta en escena que entiende el género. No me dio la sensación de estar viendo un producto vacío que solo repite fórmulas; aquí hay ganas de asustar, de entretener y de construir un relato con cierto dolor detrás. Quizá no llegue a ser memorable, pero sí se deja querer y se ve con interés.
Al final, me queda como una película de terror española notablemente disfrutable. Convencional, sí, pero bien hecha; llena de recursos conocidos, pero usada con más fuerza de lo habitual; imperfecta, pero bastante efectiva. Me gustó porque me metió en su casa, me hizo escuchar sus ruidos y me dejó la sensación de que, dentro de un género lleno de imitaciones, al menos aquí había atmósfera, tensión y una historia con algo de corazón oscuro.