Es una de esas películas que parecen venir de un lugar ajeno a nuestra realidad, el tipo de obra que solo alguien como Yorgos Lanthimos podría imaginar. Desde el principio, el protagonista está tan convencido de no ser quien todos creen que es, que su seguridad termina contagiándote. Su interpretación es tan precisa y tan intensa que, sin darte cuenta, empiezas a ponerte de su lado. Lo justificas. Lo proteges en tu mente. Llegas a desconfiar más del mundo que lo rodea que de él mismo, como si sus dudas fueran más honestas que cualquier evidencia externa.
Y entonces llega el final, y todo se quiebra. Lanthimos no se queda en el típico “fundido a negro” que muchos otros elegirían después de un giro tan devastador. Él decide empujar la historia un paso más allá. En vez de simplemente mostrar la verdad, la amplía, la vuelve imposible de ignorar. La secuencia final es un golpe directo: un montaje inquietante, casi hipnótico, que recorre distintos rincones del mundo—hospitales, aulas, casas, espacios cotidianos—donde vemos cuerpos inmóviles, silenciosos, como si el planeta entero hubiera sido suspendido en un instante final. La humanidad entera desaparece, y lo vemos sin adornos, sin melodrama, solo con una frialdad poética que estremece.
Es una conclusión que no solo cierra la trama; le da un sentido más amplio a todo lo que vino antes. Esa última mirada global hace que la película complete un círculo extraño: comienza siendo íntima, casi mínima, y termina abriéndose hacia algo enorme, abrumador, universal. Cuando aparecen los créditos, no sientes un final, sino una especie de eco que se queda dando vueltas en tu cabeza. Es el tipo de cierre que no se olvida, que te obliga a repensar todo lo que viste y a preguntarte qué tanto entendiste realmente.
Lanthimos entrega aquí uno de esos finales que dejan una marca, no solo por lo que muestra, sino por cómo te hace sentir mientras lo hace: pequeño, desconcertado y, al mismo tiempo, completamente atrapado por su visión.