Repetir la fórmula no garantiza el mismo impacto.
'Reloaded' nace de una intención clara: retomar la esencia de una obra que marcó época y reformularla desde una posición más consciente de sí misma. La película continúa el relato iniciado en 1999 con un Keanu Reeves más seguro, más asentado en su papel y con una estética que, aunque aparentemente sencilla, está más definida y orientada a objetivos concretos. Incluso Hugo Weaving refuerza su calidad interpretativa, que ya de por sí era fuerte en la anterior, pero aquí deja claro que es clara nominación de Oscar. Todo parece indicar que el universo ha madurado. Sin embargo, algo en la mezcla no termina de cuajar.
El arranque es su punto más débil. La película abre en cierto punto con una secuencia de carácter sensorial, casi provocativo, que se apoya en cuerpos, música y una energía cercana a lo ritual. Una rave con gente a punto de tener sexo todos juntos, lo que es una idea loca, ¿verdad? Pues de eso mismo me dio la sensación al verla. La intención puede ser simbólica, incluso conceptual, pero el efecto es otro: rompe el tono, distrae y genera una primera impresión poco favorecedora. No es solo lo que muestra, sino lo innecesario que se siente.
El relato se vuelve a cada escena más ambicioso, pero también más opaco. 'Reloaded' complica su discurso respecto a la primera entrega, expandiendo ideas ya conocidas y volviendo sobre conceptos que antes funcionaban por su relativa sencillez. Algunas decisiones narrativas parecen insistir en repetir fórmulas, como si las hermanas Wachoswki dudaran entre avanzar o reafirmarse constantemente. El resultado es una historia más difícil de asimilar, no por profundidad ni abstracción, sino por exceso de capas.
La película se mueve por terrenos interesantes: la imprevisibilidad de las emociones, el egoísmo como motor humano, los ideales puestos a prueba y el peso de los sacrificios. No es una mala dirección conceptual, pero la ejecución no acompaña. Me da la sensación de que las ideas llegan antes que la ejecución, lo que termina disminuyendo el impacto que siento.
El uso de cámara lenta se vuelve reiterado, el CGI resulta más evidente de lo deseable y las escenas de acción, aunque agradables de ver, no logran desprenderse de una sensación artificial. Coreografías precisas, calculadas, frías. Aun así, hay momentos puntuales donde esta exageración encuentra sentido y logra destacar, ofreciendo una de las secuencias más memorables de toda la saga: Neo contra la multitud de Smiths.
No es una película fallida, pero sí una continuación que se me hace forzada, consciente de su legado y atrapada en él. No aburre pero tampoco me encanta. Es un intento medianamente bien hecho de la continuación de algo desde otro ángulo, sin conseguir el mismo peso ni la misma contundencia. Una secuela que quiere ser más grande, más compleja y más intensa, pero que en el proceso pierde parte de la magia que la hizo necesaria.